Luces del anochecer
Por Salvador de la Rosa S.
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hoy | 10/Abril/2010


En el cruce que forman las calles de 20 de Noviembre y Victoria, frente al edificio que ocupa la Presidencia Municipal de Durango. Casimiro la había tomado desde hace días como su centro de acción.
Como era ya su costumbre a eso de las seis de la tarde, llegaba al crucero con la misma camiseta negra con manchas de pintura, el pantalón vaquero deslavado, que también tiene un número considerable de manchas de pintura y aceite.
Casimiro se siente un poco dueño de esa esquina, ha estado tantas tardes que la siente suya, no es como los demás cruceros de la ciudad, éste como que tiene algo especial. Dice para sus adentos.
Se coloca sobre el camellón de en medio, empieza a dar ligeros saltos sobre las puntas de los pies, agita los brazos como si fueran aspas de un molino, se pone las manos sobre la cintura y flexiona las rodillas, dobla las piernas como si estuviera haciendo gimnasia. Cuando termina de hacer sus ejercicios de calentamiento, se pasa las manos sobre la cabeza a manera de peine, se alisa el copete largo y oscuro que le cumbre por completo la frente, dejando al descubierto unos ojos negros de mirada limpia y brillante, lanza un escupitajo a un lado y con el trapo rojo lleno de grasa que guarda en el bolsillo trasero del pantalón, se limpia las manos, con esto da por terminada esa ceremonia que realiza todos los días antes de iniciar su trabajo.
Después coloca junto a una palmera que está sobre el camellón, una botella de vidrio que contiene gasolina y un palo con un trapo amarrado a uno de sus extremos que utiliza como tea.
Pone una rodilla sobre el piso y con disimulo voltea para todos lados a ver si alguien lo está viendo y con la mano derecha se persigna.
Vierte un poco de gasolina al trapo que está amarrado a un extremo del palo que sostiene en la mano derecha, mientras que con la otra saca un encendedor de la bolsa del pantalón y se dispone a prenderle fuego. Pero antes de hacerlo mira el semáforo que cuelga del brazo de un poste en la esquina, tiene que estar sincronizado con él, en su trabajo los segundos son fundamentales, tiene apenas unos cuantos para lanzar fuego por la boca y otros tantos para solicitar alguna moneda.
Este es el trabajo diario de Casimiro, que se realiza en esa esquina que forman dos de las principales calles de la ciudad de Durango, tiene que establecer un intercambio con todos los conductores de los vehículos que transitan por esas calles, un intercambio en donde no faltan los dichos, los albures, los guiños, las burlas, que en realidad forman un escudo contra la indiferencia de los automovilistas que pasan dejándole una mirada de asombro, de asco, de horror y muy raras veces también una moneda que resuena cascada sobre el pavimento.
Algunos de los amigos que conocen desde hace años a Casimiro, pasan en forma muy esporádica y lo saludan, le preguntan que: “cómo va el jale” y se retiran. Ninguno de ellos tiene la paciencia y la hombría de Casimiro para plantarse en una esquina y ganarse honradamente unas cuantas monedas, ellos prefieren mejor el robo en despoblado, el descontón a un estudiante que camina solitario para despojarlo de sus pertenencias.
Casimiro es pobre, posiblemente más pobre que sus amigos, sus necesidades en realidad son muchas, procede de una de las colonias más alejadas de la ciudad que algunos llaman “cartolandia” donde según se dice con mucha insistencia, no les gusta trabajar, porque según ellos “el trabajo se hizo pa’ los ricos” pero Casimiro no lo ve de esa manera, para él el trabajo es una bendición de Dios, es una manera de ayudar a la jefa pa’ salir adelante.
Pero en el fondo lo que realmente obliga a Casimiro a trabajar es Matilde, sobre todo cuando siente esa impotencia al verla pasar con los tipos esos, en sus coches, cómo llegan por ella, la suben y se pierden en las calles de la colonia.
En una ocasión que trató de hacerle ver su mal proceder, le contestó con una obscenidad, con una frase que lo hundió más en su miseria y lo hizo sentirse culpable de no tener mayor experiencia:
- “Y a ti, ¿Qué tanto te preocupa? Mocoso éste.
- “Es que no me gusta que andes metida con esos, que solamente te buscan para usarte”.
- ¡Ahora sí que me salió cola! Pos, ya no me mantengas chiquito, si no te gusta que ande por ahí pos, ponme mi casita, pero, tú con qué ojos divina tuerta.
Matilde es para Casimiro la única mujer que ha amado en su vida, no existe otra, jamás ha existido, sin embargo está tan lejana y a la vez tan cerca.
Desecha esos pensamientos y se dispone a realizar su trabajo, tiene que estar bien concentrado porque cualquier error que comete significa quemarse la cara, si no es que todo el cuerpo como le aconteció a otros camaradas, se pone en cuclillas junto a la palmera del camellón, saca la tea, la humedece con la gasolina que lleva en una botella, la enciende, juega con la estaca cambiándola de mano como si quisiera de esta manera hablarle en clave a la buena suerte para que todo salga bien.
Mira a la distancia atento a que los autos vengan en esa dirección y se detengan frente al semáforo en rojo, cuando los ve estacionados en dos filas, frente a él, toma un buche de gasolina, se lleva el trapo rojo a la barbilla y sopla con gran fuerza sobre la tea, produciendo la ilusión de que el fuego nace en su propia boca.
Ese acto lo convierte en la estrella de la noche, o la estrella de ese crucero, siente que todos lo miran, que todos se asombran ante la peligrosidad de la maniobra que realiza.
Las personas que viajan en los automóviles, a los que siempre atrapa la luz roja del semáforo, lo contemplan por el parabrisas, algunos con burla, otros con desesperación y los menos con admiración, muy pocos le regalan una moneda, otros se la arrojan al piso que cae cascada contra el pavimento. Casimiro se inclina a recogerlas haciendo caravanas y murmurando palabras entre dientes que sólo él entiende, pero que en realidad son maldiciones de impotencia contra todos aquellos que se burlan de su condición.
El sol ya se ha ocultado en la ciudad capital de Durango, la noche empieza a tender su manto oscuro sobre las calles y avenidas, conforme avanzan las horas nocturnas, Casimiro repite una y otra vez su número de “tragafuego” conforme el semáforo de la esquina va cambiando de verde al rojo, la cortina de humo que levanta su número, es cada vez más espesa, forma una cortina que lo separa de la realidad, el estar llevando constantemente buches de gasolina a la boca, y estar inhalando el humo espeso que el fuego ha avivado con el combustible, lo liberan de su realidad, ya no escucha las burlas de los automovilistas, en ese momento uno de ellos le grita al pasar: “a poco te sientes muy ardiente buey”, pero él ya no escucha nada, siente que vuela sobre los carros.
Cuando se siente así, ya no es el mismo, se siente más despierto, más avispado, ya no es tan taciturno, hasta sus suertes se vuelven más complejas, y las lenguas de fuego que salen de su boca, son cada vez más largas, más cálidas y por lo tanto más mortales.
Conforme trascurre la noche, la afluencia de vehículos va disminuyendo, ya pasa de las once de la noche. Es entonces cuando Casimiro guarda su trapo rojo con que se limpia la boca, envuelve el par de antorchas y el frasco de vidrio que contiene la gasolina en una hoja de periódico, voltea para todos lados como temeroso de que lo vean, y a paso lento y vacilante emprende el retorno hacia la colonia de “cartolandia”. Le agrada caminar solitario con sus cosas bajo el brazo, porque eso le da oportunidad de repetir su actuación en cualquier crucero por el que estén transitando automóviles, lo mismo hace a las afueras de un cine o en la puerta de cualquier restaurante, donde haya gente, el caso es ganar algunas monedas más.
Le gusta caminar por la calle 5 de Febrero, subir por la avenida Universidad y llegar hasta las escaleras que conducen a la parroquia del Cerro de los Remedios, así desde el mirador del templo, contempla la ciudad y se imagina que es suya, que todas las luces que se ven abajo lo contemplan sólo a él, saca sus antorchas las enciende y se lleva la botella de vidrio que contiene gasolina y hecha un trago grande, después arroja una larga espiral de fuego, una y otra vez repite la misma acción hasta que queda exhausto, se acomoda a la puerta de la iglesia y se queda dormido.
Casimiro conoce muy bien el interior del templo de los Remedios, porque es su lugar predilecto para pasar allí las tardes, es en realidad el único templo al que había entrado en toda su vida, se pasa horas admirando los retablos, los candiles, algunas veces escucha hasta dos o tres misas, las que el padre celebre, al fin lo que le sobra es tiempo, su trabajo se puede considerar que es nocturno.
En una ocasión el padre Cayetano que sube todos los días a decir las mismas, le propuso que lo ayudara como sacristán, que se encargara de cuidar el templo y mantenerlo limpio, también le dijo que de las limosnas que se juntaran de allí le iba a dar una pequeña parte para sus gastos personales; pero a él la verdad no le cayó muy bien que digamos, la propuesta y le dijo que no le atraía mucho el convertirse en ratón de iglesia.
El frío de la noche le hace sentir la vaga sensación de que el tiempo ha transcurrido, pero también le hace sentir que a estas horas ya no encontrará a Matilde, caminando por las calles de la colonia, que de seguro algún fulano la levantó ya en su carro y se la llevó quién sabe dónde, esto lo impulsa a acurrucarse más en el lintel de la puerta del tempo cruzando sus manos sobre su pecho y a seguir soñando que él es el dueño de toda la ciudad.
En otras ocasiones a Casimiro le gusta hacer un alto en su camino en las alamedas junto al monumento de don Benito Juárez, él siempre dice que en ese lugar hasta los perros lo conocen.
Siempre ocupa la misma banca, donde con los brazos cruzados sobre el pecho, mira pasar los autos, a las parejas que pasan frente a él tomadas de la mano, pero también ve pasar a los “traperos” que en la jerga del barrio se les llama a los que “espulgan las banquetas” que avanzan con la vista clavada en el suelo con la esperanza de encontrarse una cartera repleta de billetes, o al menos un arete o un anillo de algún valor que les permita sobrevir ese día, son los que avanzan como si fueran una masa gris guiados sólo por el instinto de la supervivencia.
De pronto la vista se le nubla y empieza a pensar en Matilde, pero ahora se ve a sí mismo en su sueño, despreciándola, humillándola y exhibiéndola, se imagina que pasa frente a ella con una mujer muy hermosa tomada del brazo, una mujer muy bien formada, que atrae las miradas de todos pero sobre todo la de Matilde, que lo mira con asombro y a la vez con envidia, su sueño se convierte en una delicia por lo que se está imaginando.
En eso está, cuando ve subir la banqueta a una viejecita vencida por el tiempo y la edad, la cabeza le cuelga casi a la altura de las rodillas, lleva una joroba prolongada en la curva de su espalda, con grandes dificultades llega hasta donde se encuentra Casimiro, y se sienta junto a él, que de inmediato experimenta una franca incomodidad.
- ¿Hace friíto verdad muchacho?
Dice la anciana, mientras retira de su cabeza un roído rebozo jaspeado, dejando al descubierto un rostro áspero y agrietado.
- Pos, sí, y eso que en la tarde se sentía fuerte el calor.
- ¿Y tú? ¿Qué andas haciendo tan noche criatura del Señor?
- Pos, aquí nomás, pos acabo de trabajar, pos, nada.
- ¿Qué acaso eres velador? Para que andes tan tarde en la calle.
Le dice la anciana mientras lo recorre con la mirada.
- No pos, la verdad es que le hago a todo, ahorita soy tragafuego.
- ¿Y eso? ¿Qué no es muy peligroso?
- Pos, sí, eso que ni que, pero hágaselo entender a mi panza.
- Bueno, y sí tragas lumbre, ¿Por qué estás tan apagado?
Dice sonriendo la viejita un tanto maliciosa. Casimiro corresponde levantando los hombros y poniéndose de pie.
- Pos, pa’ dónde vas muchacho.
- A mi casa.
- Y ¿Dónde queda tu casa?
- Allá por “cartolandia”.
- Mira que casualidad yo también vivo por allá. ¿Puedo irme contigo? No es que le tenga miedo a los ladrones porque a mí ya que me pueden quitar, la cosa es que se me hace bien difícil atravesar las calles.
Casimiro medita, duda, teme que alguien lo vea con la anciana, pero al fin hallándola tan desvalida no tiene más remedio que aceptar, juntos avanzan lentamente, en cierto momento el muchacho se ríe de pensar como se verán juntos. Al fin llegan a la colonia, donde el habita y está a punto de preguntarle a la anciana hasta dónde va, cuando ve bajar a Matilde de un coche. La muchacha se le para enfrente y en son de burla le dice:
- ¡Vaya hasta que te encontraste una a tu medida!
Casimiro no dice nada, solamente recuerda en ese momento: “Y yo que pensaba pasar frente a ella con una muchacha muy guapa y grandota”.
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