Con el inicio de la Cuaresma y la llegada del Miércoles de Ceniza, las cocinas mexicanas cambian de aroma. No es solo una tradición religiosa: es un ritual cultural que se mantiene vivo generación tras generación.
En Durango y en gran parte del país, la mesa se llena de recetas que tienen historia, memoria y hasta identidad familiar.
Entre los platillos más representativos aparecen los chuales, preparados con maíz tierno y un toque dulce que recuerda las cocinas de antaño; el pipián, que suele acompañarse con tortitas de camarón y simboliza la mezcla de ingredientes prehispánicos y coloniales; y el clásico pescado, en todas sus versiones, desde empanizado hasta en caldo, como reflejo de la abstinencia de carne roja.
Los chiles rellenos, preparados sin carne o con queso, se convierten en uno de los favoritos por su versatilidad, mientras que la capirotada cierra la lista como el postre que más emociones despierta: pan, piloncillo, frutas y queso que evocan infancia y reuniones familiares.
Más allá del simbolismo religioso, estos platillos son también una fotografía social. Representan la permanencia de tradiciones en tiempos donde las costumbres cambian rápido, y muestran cómo la gastronomía sigue siendo uno de los vínculos más fuertes con la identidad colectiva.
Cada Cuaresma no solo se recuerda una práctica espiritual, también se revive una herencia culinaria que, año con año, confirma que la memoria también se cocina.
