Cincuenta años del derrame de petróleo que inició la conciencia ecológica

Ana Milena Varón

Los Ángeles, 3 feb (EFE).- El derrame de más de tres millones de galones de petróleo crudo frente a las costas de Santa Bárbara, sur de California, hace cincuenta años supuso un punto de inflexión en las políticas ambientales y ecológicas de EE.UU., las mismas que ahora son revisadas por el presidente Trump.

Esta semana se cumplió el 50 aniversario de esta catástrofe industrial, en su momento el derrame de crudo más grande registrado en Estados Unidos y que supuso el germen para la celebración por el Día de la Tierra, y la fecha ha servido para que especialistas y activistas alerten sobre los peligros que conllevaría relajar los controles en las perforaciones.

“Fue un evento devastador y los efectos han persistido durante muchos años. El desarrollo petrolero continúa en esa región y las principales preocupaciones es que otro catastrófico derrame pueda volver a ocurrir”, señaló a Efe Phyllis Grifman, directora del Programa Sea Grant de la Universidad del Sur de California (USC).

El hecho se originó por una rotura ocurrida el 28 de enero de 1969 en la perforación que realizaba en el Canal de Santa Bárbara la compañía Unión Oil, que obtuvo una exención del Servicio Geológico de Estados Unidos para perforar sin cumplir requisitos federales mínimos de la época, a lo que se sumaron inadecuadas medidas de seguridad.

La presión ejercida por las labores de exploración, que se realizaba a seis millas de la costa de la ciudad de Santa Bárbara, literalmente rompió el fondo marino y lo quebró en cinco partes por donde el petróleo crudo salió sin control, a un ritmo estimado de casi 1.000 galones cada hora.

Día tras día, el crudo se extendía por el océano, en un desastre que dejó un significativo impacto en la vida marina del canal, un ecosistema de gran diversidad y en donde murieron miles de aves, así como delfines y focas, y cuyos cuerpos cubiertos de petróleo quedaron registrados en imágenes que dieron la vuelta al mundo.

Aunque el petróleo se pudo ver rápidamente en la superficie del mar no llegó a las playas de Santa Bárbara hasta varios días después, debido a que una serie de tormentas lograron contener el avance del crudo.

El desastre motivó la visita del entonces presidente estadounidense, el republicano Richard Nixon, quien poco después firmó la Ley de Política Ambiental Nacional, que entró en vigor en 1970, año en que el estado de California aprobó su Ley de Calidad Ambiental.

Para Kira Redmond, directora de la organización Santa Barbara Channelkeeper, la catástrofe se debió a “una falta de supervisión adecuada por parte de las agencias gubernamentales responsables” y por la ausencia de medidas de seguridad adecuadas a manos de la compañía petrolera.

Grifman estima que el derrame constituyó al mismo tiempo el momento en que nació la conciencia ambiental en todo el planeta.

Para esta experta, a partir del desastre se tomó conciencia de que los mecanismos de seguridad no son a prueba de fallas y de que la actividad industrial cerca de las costas en el mejor de los casos es difícil de gestionar y garantizar, lo que implica que la extracción de gas natural y petróleo requieren supervisión y gestión a todos los niveles.

En la actualidad, el derrame de Santa Bárbara ocupa el tercer lugar en una lista en la que es superada por la fuga de Exxon Valdez en Alaska, en 1989, y la de Deepwater Horizon, en el Golfo de México, en 2010, éste último el peor desastre en la historia de la industria petrolera.

Y si bien el derrame de Santa Bárbara dio pie a que grupos ecologistas iniciaran a partir de abril de 1970 la celebración por el Día de la Tierra, que comenzó en Estados Unidos y ahora se celebra en todo el planeta, ambientalistas como Redmond, aseguran que el panorama actual no es muy alentador.

La activista destaca que la Administración del actual presidente de EE.UU., Donald Trump, está proponiendo “imprudentemente reabrir extensiones masivas de aguas y tierras federales a nuevas y ampliadas perforaciones petroleras”.

La propuesta sería un “ataque frontal completo para destruir las leyes y agencias ambientales fundamentales de nuestra nación, las mismas que surgieron por el derrame de petróleo”, subraya la activista.

Por su parte Grifman alertó que las perforaciones adicionales no solo afectan al planeta con el aumento de las emisiones de dióxido de carbono, sino que los resultados de la extracción y el uso de carbono hasta el momento han causado daños irreversibles, como cambios en las temperaturas del océano y la acidificación del océano.

“Tengo una profunda preocupación de que si no reducimos nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, el planeta no podrá mantener un hábitat para la humanidad”, alertó Grifman. EFE