Corte de caña de azúcar, duro trabajo para migrantes guatemaltecos en México

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Isabel Reviejo

Huixtla (México), 3 may (EFE).- Bajo el sol, Marcos Morales se afana con el machete pocos minutos antes de la hora del almuerzo; como él, cientos de migrantes guatemaltecos trabajan en la zona cañera de Huixtla, en el sur de México, bajo duras condiciones laborales.

Los jornaleros se mueven entre la caña quemada en uno de los campos azucareros del estado de Chiapas, fronterizo con Guatemala.

La quema se realiza antes de trabajar en cada parcela por dos motivos: para espantar a las serpientes, que han llegado a ocasionar picaduras graves entre los trabajadores, y para facilitar el corte de la caña.

De por sí, es una labor dura que requiere jornadas intensas, que comienzan a las seis de la mañana y terminan a las seis de la tarde. “Y todos los domingos se trabaja; aquí no hay descanso”, dice a Efe Marcos.

Comenta que a los cortadores se les paga a 22 pesos (1,16 dólares) el puño. Pero con esto no se refiere a la cantidad de caña que cabe en una mano, sino a lo que agarra el brazo del tractor que se encarga de depositar el producto en un camión.

La tonelada se paga a 40 pesos (2,11 dólares), y hay un encargado de apuntar lo que lleva cada uno de los trabajadores para pagarles lo que corresponda al final de la semana.

México es el tercer país de América en producción de azúcar, después de Estados Unidos y Brasil. En el país hay cerca de 60 ingenios (fincas azucareras) activos, y la mitad están en el estado de Veracruz.

De acuerdo con estudios del Colegio de Postgraduados, la zafra (cosecha de la caña) da empleo anualmente a entre 60.000 y 80.000 cortadores, que se reparten en el país en el periodo de cosecha entre noviembre y junio.

Entre los jornaleros se ven algunos menores; algunos de los migrantes llevan a sus hijos consigo para conseguir un mayor volumen de trabajo.

“Los que tienen ayudantes” pueden llegar a unos 75 puños a la semana o más, pero los que trabajan “solitos” acumulan alrededor de 45, relata Marcos, para quien es su segundo año en Huixtla.

Manuel Pérez es uno de los veteranos de la zona. Lleva desde 1985 acudiendo al lugar a trabajar en las temporadas de cosecha, para las que los guatemaltecos consiguen un permiso de trabajo del Instituto Nacional de Migración (INM).

Asegura a Efe que ahora “la gente no quiere venir” a trabajar la caña, en comparación con la situación que se daba hace años, porque “el cambio está muy bajo”. Antes, lo que ganaban en pesos mexicanos se duplicaba al convertirlos en quetzales, la moneda de Guatemala, por lo que esta tarea estaba más demandada.

“En esa época estaba bueno, pero ya no ganamos nada” porque ahora ocurre todo lo contrario (un quetzal es algo más de dos pesos y medio) y “ya se vino abajo todo”.

No se puede decir que los jornaleros vengan a México para ganar “una gran cantidad de dinero”, sino el suficiente para mantenerse en “los gastos diarios”, apunta Felipe Domingo Paz, quien ejerce como uno de los cabos.

“Es un trabajo duro; no todos aguantan”, asevera antes de correr hacia el camión que traslada a los jornaleros a otro de los campos cuando acaban su trabajo.

Después de la jornada, los cortadores acuden a albergues. El tamaño de estos varía, pero pueden hospedar a cerca de 100 personas.

En uno de ellos, Victoria García prepara la comida con su bebé sujeto a la espalda. Querría haber empezado antes, pero la lluvia hizo que se inundara el pequeño patio en que cocina en su olla, colocada encima de unos leños.

Los cinco miembros de su familia están en el albergue. Mientras los dos hijos más pequeños se quedan con ella, los otros tres (dos niños, de doce y siete años, y una niña de nueve) acompañan a su padre y le ayudan en el trabajo.

Todos ellos duermen juntos en un cuarto del albergue, cubierto por un techo de lámina, en la sección destinada a las familias.

Las camas de los solteros, catres que se cubren con petates de palma y se rodean por mosquiteros, se reparten con poca distancia de por medio a lo largo de una gran habitación. A su lado, los jornaleros cuelgan la ropa mojada para que se seque.

Mientras su marido está cortando, Victoria realiza las tareas domésticas, hace la compra -aunque no puede adquirir un gran volumen de víveres, porque no hay refrigerador para conservarlos- y prepara las comidas.

Este es su tercer año en la zafra. Semanalmente, ganan unos 2.000 pesos (105,5 dólares). “Guardamos mil pesos, y mil para gastar”, explica.

“Allá en Guatemala no hay mucho; por eso estamos saliendo a trabajar aquí”, agrega Victoria, quien narra que la familia ha decidido quedarse en México: “Vamos para allá, a Guatemala, nada más a visitar a mi mamá”. EFE