“Cuentos de Semana Santa”, por Salvador de la Rosa

Se fue en Semana Santa

Como lo hacía todos los días por las noches, caminaba por las calles de la ciudad de Durango, sin rumbo fijo, no tenía un rumbo determinado, solamente caminaba como sí no lo estuviera haciendo.

Mientras que el mundo nocturno de la ciudad se desesperaba con el ruido de los camiones y los automóviles, las miles de gentes que caminaban por sus banquetas, las luces de neón de sus comercios.

Carlos Andrés pareciera que era indiferente a todo lo que lo rodeaba, él seguía caminando por las calles como lo hacía cada noche. Carlos Andrés atravesó las calles, miró indiferente a las personas que se agrupaban frente a los aparadores de los comercios, e hizo caso omiso de todo lo que comentaban, atropelló sin reparar en ello a todos los que se le atravesaban a su paso, recibiendo una carretada de malas palabras pero no le causó el menor disgusto.

Sus pasos continuaron con el acostumbrado ritmo de cada noche, sin variar ni un momento, el mismo recorrido en el mismo tiempo; parecía que todo lo tenía cronometrado, las mismas diez cuadras en tan solo 15 minutos exactos, ni un segundo de menos ni un segundo de más.

Hasta sus gestos eran idénticos a los del día anterior, su manera de mirar de reojo a los semáforos, a las luces que lanzaban los autos, tenía cronometrado el número de los respiros y el movimiento de los brazos.

Después de hacer el mismo recorrido volvió a su habitación; de alguna manera se le tenía que llamar a aquel cuartucho, con tan solo una ventana que daba hacia el patio de la vecindad y que muy pocas veces abría, se tendió sobre el catre que se encontraba revuelto tal y como lo dejó por la mañana, no le importó, a últimas fechas no le importaba nada, sacó de la bolsa del pantalón una cajetilla de cigarros y encendió uno, mientras sus ojos miraban fijamente al techo, su mente se encontraba en blanco, no pensaba en nada o tal vez había perdido también la capacidad para pensar.

No supo a qué horas se durmió, la luz del nuevo día empezó a entrar por la ventana, él continuaba tirado sobre la cama con la ropa que había usado el día anterior, pero todo eso le era completamente indiferente, el cuarto olía a tabaco y humedad.

Se levanto, más por necesidad que por ganas, fue hasta la pequeña mesa de madera en donde se encontraba una pequeña estufa de dos hornillas de gas y puso un baso con agua a hervir, se le antojaba desesperadamente un café, espero a que el agua se calentara y la depositó en una taza a la que agrego el café en grano, le pareció que estaba tomando cualquier cosa menos café.

Llenó un recipiente con agua y se mojó la cara y el pelo, se miró en el pequeño espejo que tenía colgado de la pared, sin darle mucha importancia a la imagen ajada que vio reflejarse en él; se lavo los dientes con un cepillo que tenía unas cuantas cuerdas y se sentó en el catre, apoyando sus manos en las rodillas y así de esta manera se quedó sin saber qué hacer, el viejo reloj que estaba sobre la mesa marcaba ya las once de la mañana.

De pronto una imagen se le vino a la mente, Rosalía, nuevamente volvió a hacerse la misma pregunta –“¿Por qué se fue?”– una y otra vez aquella pregunta le había taladrado la cabeza, -“¿Por qué lo dejo?”– si supuestamente eran tan felices, o al menos así lo consideraba él, se habían conocido desde que casi eran unos niños, juntos habían crecido y juntos habían conocido lo que era el amor, pero no cualquier amor, lo que significaba el primer amor.

Cuando lo consideraron conveniente, se fueron a vivir juntos, no hubo necesidad de pedir permiso, de contraer matrimonio, de comunicarlo a nadie, solamente se fueron a vivir a una vecindad, nada les preocupaba, ni nada les importaba, para ellos la vida estaba en segundo término, lo que realmente contaba era amarse y estar juntos.

Pero una tarde cuando él regresaba del trabajo, Rosalía ya no estaba, tampoco estaba su ropa ni sus cosas con las que se hermoseaba, se había llevado todo, no dejó ni siquiera los boletos del concierto de rock que habían comprado un mes antes y que habían planeado asistir juntos.

En esa ocasión se quedó también sentado en la vieja cama que durante meses les había servido para refrendar su amor, ahora nuevamente se encontraba en la misma situación inmóvil, sin poder realizar movimiento alguno. Después de un par de horas de mantenerse en esa posición, se levanto y salió del cuarto, no sin antes haber colocado el grueso candado sobre las argollas que tenía la maltratada puerta, salió hacia el patio de la vecindad y se encaminó a la calle, se dio cuenta que otra vez no tenía un rumbo en especial, ya en la calle el aire puro de la mañana lo golpeó haciéndole trastabillar más de una vez.

Tomó la calle Juárez, pensando en llegar cuanto antes a la Plaza de Armas y buscar una banca que a esa hora brindara una sombra en donde pudiera pasar un par de horas.

Encontró una buena sombra que se antojaba agradable y se sentó, no hizo nada por tratar de estirar sus arrugadas prendas, solo se acomodó la vieja corbata que siempre usaba moviendo el cuello de un lado a otro, como si tuviera frente a él un espejo.

Entonces nuevamente sintió aquella parálisis total del cuerpo, que le impedía moverse y volvió a caer en esa pesadez de no poder pensar en nada, era algo que le acontecía con más frecuencia en los últimos días.

Hasta que alguien sacudía con violencia su hombro izquierdo, al tiempo que lo llamaba:

  • ¡Señor! ¡señor! me escucha.

Fue entonces cuando volvió a la realidad, tenía frente a él a dos señoras vestidas de negro y con sendos escapularios que le colgaban del pecho, se trataba de dos mujeres de esas que llaman “beatas”, de inmediato un pensamiento se le vino a la mente -“estas vienen a pedir alguna ayuda, o a recriminarme mi actitud de estar perdiendo el tiempo sentado en esta banca”.

  • ¡Señor! disculpe la molestia, queremos pedirle algo.
  • Pos’ nomás que no sea dinero, porque no traigo ni el habla completa.
  • No, no señor, no se trata de dinero.
  • Bueno, pues en ese caso ustedes dirán para qué soy bueno.
  • Me imagino que sabe usted que estamos en Semana Santa, que hoy es martes santo, que dentro de tres días se celebrará el prendimiento de nuestro señor.
  • Pues no, no sé en realidad los días en que vivo.
  • Pues de esto es de lo que queremos hablarle.
  • Pues sigo sin entender.
  • Pues es muy simple, un joven parecido a usted, llamado Saturnino, se comprometió hace días a escenificar a Nuestro Señor Jesucristo, en los pasajes de la aprehensión, encuentro y calvario, se realizan los días jueves y viernes de cada Semana Santa en el templo de San Agustín, pero anteayer agarró la borrachera y todavía es tiempo que no se la corta, nos dicen que es de carrera larga y que cuando la agarra, dura hasta un mes.
  • Pero, ¿y eso qué tiene que ver conmigo?
  • Pues que lo hemos estado observando y usted da el tipo exacto que necesitamos para que personifique a Nuestro Señor Jesucristo.
  • No, señoras, me disculpan pero yo ni tengo tiempo, ni el humor de hacer esas cosas, además yo no soy muy creyente que digamos, tienen que buscar a otro que pueda realizar ese paquete, lo que es yo no puedo.
  • Estamos dispuestas a pagarle 300 pesos por cada uno de los tres días que dura la escenificación.

Cuando Carlos Andrés escuchó la palabra “dinero” la idea no le pareció tan mala, además de que esa cantidad le serviría para abonar algo de los seis meses que debía de renta en la vecindad y comprar algo de comida que desde hacía tiempo no probaba al menos una sopa caliente.

  • Además le daremos los alimentos y el vestuario que se necesita para que usted encarne el personaje de Nuestro Señor Jesucristo.

Más atractiva le parecía ahora la oferta, no era como para ponerse muy digno y rechazar algo que posiblemente le había caído del cielo.

  • Bueno, ¿y qué es lo que tengo que hacer?
  • Usted nomás presentarse, nosotras le diremos qué es lo que tiene que hacer, paso a paso, conforme se vayan presentando las fechas, por lo pronto mañana tiene que estar a las diez en el templo de San Agustín, con el padre Genaro, que es el responsable de montar la pasión y muerte de nuestro Salvador.

Las dos mujeres se retiraron llevando consigo la promesa de Carlos Andrés de presentarse al día siguiente para iniciar algo que jamás pensó pudiera realizar en su vida, no le entusiasmó, pero tampoco le disgustó, lo tomó como algo normal que lo ayudaría un poco a salir de la difícil situación moral y económica en que se encontraba, total –pensó- solo serán tres días y después todo volverá a la normalidad.

Al día siguiente como de costumbre perdió un par de horas sentado en el borde de la cama, tratando de acomodar sus ideas, lo más grave era que no podía pensar en nada, su mente estaba en blanco, cuando por fin logró ponerse en pie, se dio cuenta que estaba retrasado más de una hora, en el compromiso que había contraído para presentarse en el templo de San Agustín. Salió a la calle y lo primero que se le ocurrió fue olvidarse del asunto, total –dijo- “no será el primer trabajo que dejo antes de empezar”, pero alguna curiosidad muy marcada lo obligaba a presentarse y encaminó sus pasos hacia el templo de San Agustín.

Las mismas dos mujeres vestidas de negro que había visto el día anterior, lo esperaban a la entrada del templo, pero ahora se encontraban acompañadas por tres más con la misma vestimenta, una de ellas, la que visiblemente era la de más edad, le dijo:

  • Vaya hombre, pensamos que se había echado para atrás.
  • Pues ya ven que no, aquí me tienen para lo que se me indique.
  • Los demás actores ya se fueron, la mayoría ya no tenía que ensayar, han representado su papel otros años y ya se lo saben de memoria, pero como usted es nuevo, el padre Genaro le dará algunas instrucciones sobre la representación de mañana que es la aprehensión, en realidad será muy poco lo que tenga que hablar, mientras tanto nosotras le mediremos la ropa, que no necesitará mucho arreglo, porque parece hermano gemelo del borracho de Saturnino que de seguro ha de estar ahogado con el adelanto que le dimos, pero ya le pedimos al Señor que de esa borrachera no salga nunca.

Carlos Andrés fue llevado ante la presencia del padre Genaro, que se encontraba supervisando el lugar donde se montaría La Última Cena, cuando lo tuvo enfrente lo miró de arriba a bajo como si se tratará de un objeto que estaba a punto de comprar y haciendo un ligero movimiento con la cabeza les dijo a las mujeres que lo acompañaban:

  • Sí, sí da el ancho, con este completamos por fin el cuadro, y que pase lo que Dios quiera que pase, llévenlo con el padre Marcos para que lo instruya sobre su papel y que de una vez se vaya calando con la cruz, no resulte después que no puede con ella.

Después de unas instrucciones que le dio el padre Marcos, un sacerdote bastante joven, que llevaba el hábito de la orden de los padres San Agustinos, como todos los demás, le colocaron una enorme cruz de madera en los hombros, que a simple vista le pareció que pesaba una tonelada, pero ya cuando se encontró con ella en las manos se dio cuenta que era una cruz hueca y que en realidad su peso era mínimo.

  • Será necesario que esta noche duermas aquí -le dijo el padre Marcos- con una voz que le pareció muy pausada y tranquila, no podemos arriesgarnos a que se te olvide el compromiso, o que se te ocurra agarrar una guarapeta como sucedió con Saturnino.
  • Como usted diga, padre, aunque de antemano le digo que sé cumplir con mis compromisos y que en mi caso pueden estar seguros que se harán las cosas bien.

Por primera vez en su vida, sintió que estaba hablando con honestidad, lo que había dicho sintió que lo decía de corazón, esto lo atribuyo posiblemente al ambiente que se estaba viviendo en los traspatios del templo de San Agustín, en donde no menos de 70 personas trabajaban activamente para montar los distintos escenarios en donde los siguientes días se realizaría una vez más la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Esa noche durmió en un cuarto pequeño, pero limpio, con una cama confortable que en nada se parecía al catre que tenía en la vecindad, pero lo que más lo sorprendió fue la comida y la cena que le sirvieron en el comedor del templo, hacía mucho tiempo que no probaba comida caliente y sobre todo tan sabrosa que le pareció que era la verdadera gloria, o al menos lo que había escuchado de ella.

Al día siguiente por la mañana todo era actividad, desde muy temprana hora los gritos y los golpes del martillo sobre la madera lo habían despertado, una de las hermanas le indicó detrás de la puerta que el desayuno estaba listo, lo que lo sorprendió de nueva cuenta, puesto que hacía años que no desayunaba y menos tan temprano. Se calzó el par de zapatos viejos sin calcetines, la ropa no hubo necesidad de ponérsela, se había acostado con ella puesta como era su costumbre, se alisó con los dedos los pelos duros de la cabeza y cuando consideró que se encontraban en su lugar salio del cuarto, cuando caminaba por el pasillo se encontró con el padre Marcos que al verlo exclamó:

  • ¡Por Dios! Necesitas con urgencia un baño, cómo es posible que puedas andar de esta manera, que no te da vergüenza.

Por primera vez en su corta existencia sintió realmente vergüenza, había descuidado su aspecto personal al grado de dejar a un lado el jabón y agua, lo que el padre Marcos le decía era la pura verdad.

A las doce del día del miércoles se realizó la primera representación, le correspondió lavar los pies a doce apóstoles, consideró que había estado bien, siguiendo al pie de la letra todas las indicaciones que se le habían dado, después del baño que se había dado y del arreglo que le hicieron del pelo y la barba, su parecido con el Salvador del mundo era sorprendente, cuando le fue colocada la vestimenta algunas de las mujeres que se encontraban a su alrededor, dejaron escapar algunas lágrimas de emoción.

Su papel de Jesucristo lo estaba cumpliendo con bastante realismo. Llegó el jueves santo y todo estaba preparado para que esa mañana se escenificara el encuentro de la madre con su hijo, uno de los pasajes más significativos de la historia sobre la vida de Jesús, y que los padres del templo de San Agustín le habían dado una importancia muy especial desde hacía muchos años, por lo regular este encuentro se realizaba frente al atrio de Catedral y era presenciado por miles de católicos que desde muy temprano se daban cita en ese lugar.

Carlos Andrés en su papel de Jesús tenía que caminar un par de cuadras cargando la cruz y a su encuentro salía la Virgen María, que en determinado momento quedaban frente a frente, Ella se hincaba frente a Él y lo tomaba por las piernas, él la tomaba por la cara y le pedía que se levantara.

Cuando esto aconteció,  Carlos Andrés se dio cuenta que la mujer que escenificaba a la Virgen María era Rosalía.

Se quedo mudo, paralizado, por fin después de más de dos años había encontrado a la única mujer que había amado en toda su existencia y que en forma misteriosa había huido de su vida, Rosalía completamente indiferente a aquel encuentro empezó a interpretar su monólogo que le correspondía de aquella escena, no así Carlos Andrés que no podía hilvanar palabra alguna, fue necesario que el padre Marcos se acercara hasta él para recordarle su papel que estaba representando y el diálogo que tenía que decir, para él ese era el momento más angustiante, el momento en que todo su cuerpo, como el de un ser obsesivo, sufría los graduales estremecimientos del cambio.

Rosalía con la mirada le estaba ordenando que continuara, que cumpliera con su papel, esa mirada penetrante y fría que tantas veces vio cuando se encontraba molesta o distante. Por fin las palabras salieron de su garganta y la representación continuó.

Aquella noche mientras descansaba en el cuarto que se le había asignado en el templo de San Agustín, comprendió que no había más que pensar, la mirada de Rosalía lo había dicho todo, ella tenía una nueva vida que estaba viviendo.

El sábado por la noche todo había terminado, recibió su pago convenido y volvió a su rutina, a su razón de ser, en todo caso el único que sabía realizar, tal vez con precisión, caminar a través de las calles de la ciudad, después de nuevo al cuartucho, al catre, a mirar las tablas despintadas del techo y el humo de su cigarro elevándose por el pequeño cuarto.

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