DAGUERROTIPOS

Durangueños pulcros.- Escribió José Fernando Ramírez, en su obra publicada por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en 2002, páginas 408 y 409, que en el Durango del siglo XIX, había por lo menos cien baños, hasta cierto punto públicos y sumamente baratos, por lo que el pueblo de Durango en general era aseado.

Mauricio L. Sánchez.- Mucho debe el periodismo durangueño del siglo próximo pasado a Mauricio L. Sánchez, periodista probo y  director fundador de tres periódicos importantes, a saber: Revista Durangueña El Comercio, Telegramas y Diario de Durango,  este último que en los años cuarenta adquirió la Cadena García Valseca, para fundar El Sol de Durango.

 

Ladrón que roba a ladrón.- En octubre de 1920, Francisco Villa, ya pacificado en la hacienda de Canutillo que le regaló el gobierno obregonista, para su rendición, se dirigió al Gobierno del Estado, pidiendo protección a sus intereses, en virtud de que le habían robado una partida de veinticinco mulas, que venía dedicando a labores de labranza.

 

Asociación Durangueña de Periodistas.- En el mes de noviembre de 1920, en la casa de Mauricio L. Sánchez, director de la Revista Durangueña El Comercio, se fundó la Asociación Durangueña de Periodistas, con la participación de los principales articulistas de la época, quedando provisionalmente por un año la siguiente Mesa Directiva, que se iba a encargar de formular los estatutos y el reglamento de la naciente organización: Presidente Mauricio L. Sánchez, Vicepresidente Señorita Profesora Francisca Escárzaga, Secretario Miguel Galván Rivas, Subsecretaria Señorita Profesora Carmen Bayona, Tesorera Señorita Profesora María Vásquez Cervantes. Vocales: 1º. Profesor Hilario Téllez, 2º. Señorita Profesora Rosa Valenzuela, 3º. Jesús Celestín Pereira, 4º. Ignacio Ochoa.

 

“La Banda de El Gancho”.- Por marzo de 1920, en Torreón y Gómez Palacio hizo de las suyas la “Banda del Gancho” llamada así porque sus integrantes, para cometer sus numerosos robos, utilizaban una cuerda fina y fuerte, con dos o tres ganchos tipo anzuelo en el extremo de la cuerda que lanzaban por entre los enrejados a las ventanas abiertas de par en par por el calor característico de la región, para apoderarse de sombreros, colchas finas y de otros objetos que hubiera en los burós y las consolas, dándose el caso chusco que una vez pescaron a un señor que se encontraba dormido, creyendo que era un bulto de ropa, y como era de cierto peso, por más que jalaron y jalaron no lo pudieron mover, viéndose interrumpido el sueño por los inoportunos ladrones y por el personal médico que tuvo que extraerle los anzuelos.