“El cuento del domingo”, por Salvador de la Rosa

Lágrimas de mujer

cuentooLucrecia había terminado su jornada de ocho horas de trabajo como mesera en el restaurante “Café Madrid” que se localiza en el corredor Constitución de la zona centro de la ciudad de Durango, todos los días de la semana, durante todo el año, había cubierto el turno de la mañana que empezaba a las 7:00 horas y terminaba a las dos de la tarde.

Pero en realidad su hora de salida era a las 3 de la tarde, porque dentro de sus obligaciones estaba acomodar toda la loza que se había utilizado durante su turno y dejar barrido y trapeado el área de clientes y por último esperar que don Eduardo, el dueño, revisara minuciosamente su bolso de mano, como lo hacía con todas las empleadas a la hora de la salida.

Por lo que venía llegando a su casa como a las cuatro de la tarde, y eso si pasaba a tiempo el camión que debería tomar en la avenida 20 de Noviembre hasta la colonia “Gustavo Cortez” en el sur de la ciudad.

Durante el trayecto venía pensando que, por ser domingo, no haría absolutamente nada, se quitaría primeramente esos zapatos que tanto le molestaban y se tiraría en la cama hasta el día siguiente, sin saber nada de nada.

Se tiró en la cama con el único deseo de dormirse lo más pronto posible, pero de pronto sintió la gota en la cabeza, levantó la cara y vio una mancha café oscura en el cielo raso del techo del cuarto, es una supuración que se va formando hasta formar una gruesa gota que cae como plomada sobre su cabeza.

  • “Me lleva la madre de las muchachas, otra vez la gotera”.

En el momento en que una gruesa gota cae en su frente, grita con su voz ronca y deformada por los muchos cigarros que se fuma durante el día:

  • “Marina, Agripina, ¿por qué no me dijeron que ya estaba otra vez esa maldita gotera en el techo?

Solo aparece Agripina, la más chica de sus dos hijas, bajita, redonda, con el cabello mal peinado y los dientes tan salidos que deforman la línea de su perfil, se detiene en el quicio de la puerta y mira hacia el techo, se queda inmóvil, sin atreverse a comentar nada. Se trata de un problema que ya tiene meses que se presentó, desaparece por temporadas, pero cuando menos lo esperan ahí está otra vez la maldita gotera que dura hasta tres días y luego, como por arte de magia, ya no gotea más.

  • ¡Pero no te quedes ahí nomás parada como idiota! Ve por la cubeta, porque si no se va a pudrir el colchón, mientras voy a hablar con los que viven en el piso de arriba, para que vean que no son solo invenciones mías, como lo han dicho otras veces.

Agripina sale al pequeño patio y coge una cubeta que se encuentra en un rincón, la lleva corriendo al cuarto de su madre y la coloca bajo la gotera, los golpes del agua contra el fondo metálico producen un tamborileo que casi la adormece, la lleva a otros rumbos, otros espacios, otro mundo lejano.

Ya han sido otras noches, las que ha pasado en vela escuchando el ruido que produce la gota al caer a la cubeta, dentro de una oscuridad que se cuartea, como se cuartea el techo donde se desprende la gota de agua y forma una mancha café oscura alrededor de la grieta. Para hacer más conflictivo el asunto, se desata en esos momentos una fuerte lluvia envuelta en relámpagos con su luz fosforescente.

Marina la mayor, siempre callada y nerviosa, con el rosario en la mano como único refugio a sus miedos, en esa casa, que es la casa de la risa, o tal vez la casa de los espejos, en donde las tres han vivido solas por muchos años. Al siguiente relámpago que ilumina el cuarto por la única ventana que existe, aprieta las cuentas del rosario y empieza a rezar con los ojos cerrados, como no queriendo ver esa luz fosforescente que todo lo envuelve:

  • “Refugio de los afligidos; ten piedad de nosotros”. “Consuelo de los pecadores; ruega por nosotros”. “Salud de los enfermos; ruega por nosotros”.

Mientras tanto la tierra se estremecía con la furia tronante de un cielo que imponía silencio y establecía la complicidad del miedo entre las tres mujeres que habitaban aquella casa. Agripina es la primera en hablar:

  • “Mamá, siempre que llueve se va la luz, ¿a qué se debe?”.
  • Pos a qué ha de ser, a la mugre de corriente eléctrica que metió el dueño de la casa, con alambres usados y todo al troche moche, como esta toda la casa, ya ven esa maldita gotera aparece cuando le da la gana y el dueño ni se tibia.
  • Pos nomás viene a cobrar la renta cada vez que se vence, es lo único que le importa, no deberías de pagarle hasta que arregle todo.
  • ¡Uy, sí! ¿Cómo no? Hasta crees, si no le pagamos la renta nos pone de patitas en la calle a la hora que se le antoje.
  • Bueno, pues entonces hay que decirle que haga los arreglos que la casa requiere, para eso le pagamos la renta. ¿O no?
  • Olvídate, al jodido nadie le hace caso, nomás tratan de joderlo más. Y tú, ya déjate de tanto rezo, que con eso no se va a resolver nada, sí así fuera, yo ahorita sería monja.

Marina no responde nada, solo mira la luz que se desprende de la veladora que está encendida y se imagina que la pequeña llama es el manto sagrado de nuestro Señor Jesucristo, también le parece a veces que esa llama dibuja sombras sobre la pared que más que sombras son fantasmas negros que tratan de atraerla, se le presentan en forma de ciempiés, moscas y luciérnagas que caminan sobre el mudo.

 Un escalofrío le recorre el cuerpo cuando recuerda la voz de aquel hombre que venía hace algunos años a dormir en la cama de su mamá, algunas vecinas decían que era su papá, pero a ella no le importaba, ya casi ni recuerda cómo era, pero sí tiene grabada en la mente aquella voz que en una ocasión le dijo a su mamá:

  • Oye, esa niña no es normal, siempre la encuentro tirada en el suelo contemplando las estrellas, esta muchachita no es normal, en lugar de estar haciendo cosas de niñas, pierde el tiempo contemplando el cielo. Será bueno que la vigiles más, no vaya a resultar que está loca.

La madre en esa ocasión no le dijo nada, únicamente le pidió que tomara sus cosas y no volviera nunca más.

Lucrecia mira el pequeño reloj de pulsera que lleva en la mano y se da cuenta que ya pasa de las nueve.

  • ¡Ah, qué joder! Ya es renoche y ni siquiera me he acostado, mañana hay que levantarse temprano como todos los malditos días, para ir al trabajo.
  • Pero no te puedes acostar así amá, la gotera sigue cayendo, ya mero llena la cubeta y eso que traje la más grande.
  • Pos qué piensas, ¿qué voy a esperar a que se termine de caer esa maldita gotera? ¿Qué le digo al dueño del restaurante? ¿Que no fui a trabajar porque había una maldita gotera en mi cuarto y no me podía dormir?
  • Pos vente a dormir con nosotras al otro cuarto.
  • ¡No! Para estar escuchando a está rezar toda la noche, prefiero la gotera.

Ha dejado de llover, Lucrecia se acuesta con la cubeta a un lado de la almohada, escuchando el leve ruido que produce la gota al caer sobre el agua que se ha acumulado, este ruido la adormece y poco a poco cae en ese sueño donde como todas las noches se le presentan las imágenes de aquel mundo vivido y jamás olvidado, se desvanece por completo la lluvia y queda únicamente el eterno aroma de la humedad que entra por la única ventana que tiene la casa, y se queda dormida.

A la mañana siguiente, antes de irse a su trabajo, sube a la vivienda de arriba y toca en la puerta, después de unos momentos de espera aparece doña Leonor, a la que rápidamente le reclama de la famosa gotera que estuvo cayendo toda la noche.

  • “Por eso, Lucrecita, pero a mí qué tanto me reclama”, dice la mujer, que tiene muestras inobjetables de que se acaba de levantar de la cama, un tanto molesta por el reclamo que le hace Lucrecia.
  • No, no le reclamo, nomás le aviso, para que se lo diga al dueño de la casa, cuando venga, porque lo más seguro es que tiene alguna fuga que se filtra a nuestra casa, dígale que si pagamos puntualmente la renta, que por lo menos componga estos desperfectos.
  • Ta’ bueno, Lucrecita, pero no se enoje, ¿que yo tengo la culpa de que le caigan goteras?
  • Pos sí, en parte tiene la culpa, por no exigirle al dueño que le revise su tubería, hace más de cuatro meses que vine a decirle que en mi cuarto había goteras y no podíamos dormir.
  • Vinieron los albañiles, a usted le consta.
  • Sí, pero hicieron composturas como con las nalgas, nomás pa’ callarnos la boca, mi hija Agripina subió a la azotea y dice que todos los tubos están rotos, deberían empezar por cambiarlos.
  • Pos eso dígaselo al dueño.
  • Me canso que se lo digo cuando venga, y también le voy a decir que usted metió a sus parientes que vinieron del rancho, no quiero ofenderla, pero la verdad es que abusan, se acaban el agua del tinaco cuando se bañan y nos dejan sin nada a nosotras, no tiran la basura en el camión recolector, la dejan en el patio y nosotras tenemos que andar sacándola, utilizan una estufa de petróleo que deja impregnado todo el ambiente. Dígame usted, ¿qué necesidad tenemos nosotras de soportar todo esto?
  • Pos, cámbiese -esto último le dijo la mujer mientras le cerraba la puerta en la cara-.

Ya por la tarde, cuando Lucrecia salió de su trabajo, llegó a su casa con el mismo hastío de todos los días, lo único que deseaba en esos momentos era quitarse esos zapatos que tanto le molestaban y tirarse en la cama a dormir.

Cuando empezaba a caer en ese sueño de siesta de la tarde que tanto le gusta, una gruesa gota de agua cayó sobre su frente, iba a gritar a cualquiera de sus hijas que le llevaran la cubeta, pero ya no tuvo fuerzas para hacerlo, cerró los ojos y se quedó dormida, mientras la gota seguía cayendo sobre su cara.

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