“El Cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

El beso de la muerte

Como bien sabemos todos, hay momentos en la vida de los hombres en los que la barrera que separa la realidad de los sueños, lo normal de lo mágico, y por así decirlo, lo propio de lo ajeno, se desmorona en una sinfonía de sensaciones que con el tiempo terminan plasmándose en sus recuerdos como el color rojo sobre los cuadros que Él pintaba.

Surgen preguntas en nuestras mentes y mientras pensamos despiertos, con un lápiz entre los labios, las respuestas se escapan siempre, dejándonos solo la amarga impresión de haber intuido muchas soluciones.

Ustedes sabrán también que hay momentos muy especiales en los que el alma humana desea escapársele a la vida y quisiera correr con el instinto de un animalito tras la esfera incandescente que se oculta tras el horizonte; y que hay noches en las que la visión de un rayo de luna a través de una ventana abierta podría congelar nuestras más queridas ambiciones. No hay mucha diferencia entre Él y nosotros, es más, creo que si canalizase su deseo se encontraría a gusto en nuestra compañía. Yo se lo dije una vez: “Solo tienes que desear sintonizarte en la frecuencia correcta. Me escucharás, nos escucharás a todos nosotros. Serás de los nuestros y te sentirás mejor”. Pero ven, hay veces en las que el ser humano prefiere hacer andar ciegamente sus propios instrumentos de tortura: se enclaustra, se vuelve prisionero de sí mismo, y el rayito de luz de mediodía que filtra por la fisura de la vieja puerta no representa más que una vaga esperanza, o sea, una insoportable y dolorosa tentación de vida. Vaya si el tiempo pasa, ¿cuántos veremos pasar?, ¿Cuántos más tendremos que recordar? Ya los veo a todos en la orilla de algún mar lejano mirando con ojos tristes las olas reventar, ya los veo convertidos en vapores dulcemente venenosos arder bajo el sol que ya no podrán soportar. Ahí está Él, lo puedo ver transformándose ya en un gas (esa es una de las leyes de este mundo: un gas mata a un hombre, el hombre se vuelve gas, y así sucesivamente). Es una suerte que seamos algo parecido a una secta refractaria, que seamos inmunes a los estragos producidos por ese poderoso y mortal veneno cíclico. Nosotros nos tiraríamos en las fosas con los leones y hablaríamos con ellos, nosotros cruzaríamos umbrales de fuego y aprenderíamos, nosotros, nosotros… Pero ¡ay!, existe algo bello en el error, algo que nosotros hemos aprendido a ignorar. Hay una fuerza en el cuchillo implorando amor que nos costaría siglos explicar, hay una luz tan rara iluminando la soga que cuelga del roble, un misterio tan precioso en la sublimación de esas almas que a veces es mejor olvidar. Hay solo una cosa que hasta ahora no entiendo, sí, ya sé que eso es lo que normalmente definimos estado de locura”; pero créanme cada vez que un ser humano llega sin querer hasta ese punto, siento que es una crueldad no aplicar en él la ley cíclica.

El verano de aquel año envolvía la ciudad de Durango, en una casi apocalíptica lluvia de fuego. “esto parece una plancha de cocina” se quejaba la gente mirando las suelas de sus zapatos derretirse sobre el asfalto. Los campanarios de las viejas iglesias emitían silencio a toda hora, el agua de las piletas casi hervía y el polvo de los campos, seco y cortante, rodaba por las calles sin saber a dónde ir. Todos rogaban que aquel suplicio cesara, y por seguridad compraban los diarios amarillentos y gastados para comprobar que el Juicio Final no estuviese quemando ya otras partes del mundo. Fueron días inolvidables, días que no se borrarán fácilmente de la memoria. El día 2 de noviembre se vislumbraron en el horizonte nubarrones ocres que indicaban sin lugar a duda la llegada de una tormenta. El aire muerto de asfixia entre los muros calcinados de la ciudad pareció entonces revivir. La población entera, sumida en la inanición, levantó los brazos al cielo y dio gracias a Dios por la bendición que estaba por serles concedida. Sin embargo, la alegría inicial fue seguida por momentos de grande terror.

Una corriente de aire helado hizo pedazos los vidrios de las viviendas, los muros se agrietaron como por el impacto de una onda sísmica, miles de aves cubrieron la tierra al ser fulminadas por una fuerza desconocida. La gente temblaba aterrada y paralizada por el hielo que comenzaba a recubrir sus cuerpos. Debía ser sin lugar a dudas es fin del mundo. Todos podían ser aniquilados de un momento a otro, las personas se miraban entre sí con una cierta resignación y mutuo cariño ante un destino que parecía ser uno solo, rápido y eficaz: La Muerte.

Sin embargo, cuando ya todo parecía perdido, cuando hasta el hombre había perdido el miedo, se desprendió del cielo una lluvia tibia y suave, un olor celeste y dulce despertó la vida, y la esperanza brotó de los corazones más fuerte y ciega que nunca. Cuando la lluvia cesó todo volvió a la normalidad; la gente se preguntaba si todo lo sucedido no hubiese sido más que un sueño: un instante mágico ajeno a la realidad.

Era la noche del 2 de noviembre. Ella caminaba por una de esas estrechas calles que suben las colinas que se levantan alrededor de la ciudad. Era tarde. Era una hermosa noche de luna llena. El haz de luz que se desprendía de los faroles que alumbraban el camino era constantemente atravesado por columnas de hambrientos zancudos en busca de alimento; allá abajo otras luces, prisioneras bajo sus techos de tejas, miraban tristemente las avenidas a través de los vidrios gastados.
Ella tiene un nombre, pero yo no lo conozco (quizás tampoco tenga importancia el ignorarlo) lleva puesta una blusa azul y una falda blanca; puedo ver el brillo de sus ojos desde aquí, es como si se cumpliera una profecía, sabía que vendría, sabía (aunque ella no lo imaginara siquiera) que estoy por robarle algo, algo que cuando ayer estuve por morir deseé desesperadamente.
Ella no estaba sola, había alguien más espiándola entre los árboles. Ella apura el paso, quiere escapar de mí, no podrá. Salto a la vereda y estoy ya mirándola a los ojos a solo pocos pasos de donde se ha quedado paralizada. Saco mi cuchillo y lo hago brillar ostentoso en mi mano derecha. “No tengas miedo”, le digo, “que no te voy a matar”. Ella no habla, mira para todos lados como buscando una vía de escape. “Es inútil”, añado, “no te dejaré escapar si antes no me das lo que quiero”. Ella no sabe lo que Él quiere, todo ese misterio le hace sentir más miedo aún. Tengo el rostro cubierto, así no podrá notar cuan abominable soy. “¿Qué quieres?”, pregunta ella. Su voz es bella, dulce, me encanta, me conmueve, soy ya su víctima. “Quiero solo un beso, nada más que un beso, un beso con amor antes de morir”. Sin darme cuenta he bajado el puñal, ella me mira con sorpresa, parece que el temor se ha desvanecido. “¿Un beso?”, ¿Es eso lo que quieres?”, “Sí, no deseo más, toda las personas me han esquivado siempre por mi fealdad. Yo pinto cuadros, ¿sabes?, y ayer tuve como una visión, sabía que ibas a pasar hoy por aquí, eras casi un sueño hecho realidad. Es una escena muy grotesca, ¿no es verdad?, yo pidiendo, no mendigando, un beso a una mujer que pasea sola por la noche”. Ella me mira casi con ternura, ya no quedan rastros de miedo en su rostro. “Tú no eres malo”, me dice casi susurrando. “No, no lo soy con los demás. Los demás lo son conmigo y también lo soy yo conmigo mismo. Te lo juro, no quiero molestarte siquiera, quiero que sigas tu camino y que cuando pase el tiempo te acuerdes de mí. ¿Dónde estuviste ayer?”. Ella se queda sorprendida y duda en responder, yo insisto: “¿Y?, ¿no te acuerdas?”. Entonces responde: “Estuve contigo, solo que tú no lo recuerdas. El mundo dijo ayer: y sentiste miedo, miedo de la soledad, y pediste al cielo la oportunidad de besar una mujer, como si un beso pudiera salvar una parte de ti de la muerte”. Él retrocede aterrorizado, Ella avanza hacia él desafiante. “Tú ayer expresaste tu último deseo, yo te lo daré, tú ya has preparado tu horca, tu muerte, pues así lo quieres y no sabes el porqué. Yo soy la locura que te visita. ¿Dónde estuve ayer?, en el manicomio, ¿dónde más?, yo estoy loca”. Él cae de rodillas sobre el camino de piedra, no se puede mover, ella se acerca, ya no está vestida como antes, ahora lleva solo un turbante blanco en la cabeza, está desnuda. Se arrodilla junto a él, le quita la máscara y la arroja lejos. “Eres muy bello, ¿en qué momento de tu vida pensaste que el alma tenía un rostro?”. Él hace un esfuerzo y por último le dice: “Todo esto ya lo vi, ya lo dibujé en mis inexplicables cuadros de sangre, ahora lo recuerdo, ayer después de la hora de esperanza me trajiste el vapor de la muerte. Ya estoy muerto, ya acepté lo que va a pasar, tú me darás el árbol del cual colgaré, ¿por qué no me besas de una vez? ¡Por favor hazlo de una vez!”. Ella lo besa a la vez que recoge el cuchillo que Él había dejado caer.