“El Cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

LAS VOCES DEL MÁS ALLÁ

  • cuentoDaniel, Daniel.
  • Eh, ¿quién me habla? ¿Quién es?

Era la misma voz que lo despertaba todas las noches, que repetía su nombre, una y otra vez, hasta que lograba quedarse dormido. En esas noches de insomnio en la oscuridad del cuarto, por más que intentaba abrir los ojos para saber de dónde venían esas voces que lo llamaban por su nombre nada podía lograr, solamente el sonido que repetía insistentemente:

  • ¡Daniel! ¡Daniel!

Esto que le acontecía normalmente por la madrugada tenía ya algunos meses de que se había presentado, al principio no le dio importancia, supuso que era su imaginación la que lo hacía escuchar voces, pero pasados los días se tuvo que dar cuenta que era una realidad, no se lo estaba imaginando, eran voces que tenían todas las características que venían de un niño, puesto que el sonido de las palabras así lo hacía creer, pero por qué nada más a él, por qué su madre y sus hermanos no escuchaban esa voz de niño que le llamaba todas las madrugadas repitiendo su nombre, era algo que no lograba entender, por más que les preguntaba si habían escuchado en la noche a un niño que le llamaba por su nombre, lo único que recibía por respuesta eran burlas y regaños:

  • ¡Estás loco! Cuáles voces, yo no escuché nada, lo que pasa es que cenas mucho y te dan pesadillas.
  • No, mamá, si muy claro escucho cuando me dicen Daniel, Daniel.
  • Ha de ser tu conciencia que no te deja dormir, o a lo mejor son tus travesuras que cometes durante todo el día y en la noche te arrepientes de lo que hiciste.

Daniel Lara Fuentes era un niño como cualquier otro, lleno de vida y con un enorme deseo de aprender cosas, siempre lo estaban regañando por “preguntón”, tú todo lo quieres saber, le decían sus hermanos. Había nacido hace ocho años en el rancho “Juan Antonio” que pertenecía al poblado de “Mezas de Návar” del municipio de Tepehuanes Durango, ayudaba a su madre en algunas de las tareas propias de su edad, en esa edad en que la mayoría de los niños solo piensan en jugar, para Daniel era distinto, la situación económica de la familia no era todo lo holgada que se hubiera querido que fuera, por el contrario se la veían difícil, se tenía que trabajar todos los días del año para poder sobrevivir.

Allá por los años cuarenta se acostumbraba mucho entre la gran mayoría de los campesinos del norte del estado de Durango a salir periódicamente de su lugar de origen, con sus animales y sus pertenencias en alguna época del año a lo que ellos llamaban “ranchear” que no era otra cosa más que salir en busca del pasto para sus vacas “lecheras” que por lo regular todas las familias de aquella región las tenían, de donde viene precisamente que sean excelentes fabricantes de quesos de los llamados “rancheros enchilados” que se puede decir que son únicos en el mundo, unos quesos añejos que llegan a pesar hasta 12 kilos y que nada le piden a los quesos que se producen en algunos países de Europa.

La búsqueda del pasto nuevo era una labor muy común en aquellos tiempos, nada lo impedía que una familia o varias decidiera de pronto tomar sus cosas y caminar detrás de sus animales en busca del alimento, no existían límites de propiedades, cercados o algún impedimento legal como los hay en estos tiempos. Lo mismo acontecía con las casas campestres que se encontraban en los lugares en donde por lo regular había abundancia de pasto, cualquiera podía hacer uso de ellas y vivir todo el tiempo que fuera necesario, existía mucho respeto hacia estas propiedades campestres, que la mayoría de las veces ni siquiera se sabía a quién pertenecían.

Fue precisamente en una de estas casas de campo en donde Daniel empezó a escuchar por primera vez esas voces que lo llamaban por su nombre.

  • Daniel, Daniel.

Al principio pensó que se trataba de una broma de sus hermanos mayores, que eran muy dados a tratar de asustarlo, pero después se dio cuenta que no, que esa voz era la de un niño, que escasamente podía tener unos tres años, pero por qué nomás él, por qué sus hermanos y hermanas no escuchaban nada.

En una ocasión en que se encontraba dormido en su pequeña cama, a la misma hora de la madrugada lo despertó la misma voz.

  • Daniel, Daniel.

Pero en esta ocasión los llamados eran más insistentes, al grado de que prefirió levantarse de su cama y acostarse en la de su madre, que al sentir que se “acurrucaba” a su lado le preguntó:

  • ¿Qué te pasa, ya estás otra vez escuchando las voces?
  • Sí, mamá, ahora las escucho más cerca, tengo miedo.
  • Está bien, te puedes quedar, pero solo por esta noche, mañana te tienes que dormir en tu cama.

En la mañana siguiente en que todos se levantaron a cumplir con sus obligaciones, los hombres a sacar a pastar a las vacas del pequeño corral en que se encontraban y las mujeres a realizar las tareas de la casa, la madre de Daniel se disponía a tender las camas en que dormían cada uno de sus hijos, al levantar la colcha con que se tapaba el más pequeño de sus hijos, y que había abandonado para dormir con ella, se encontró con una víbora de cascabel enrollada en el centro de la cama:

  • ¡Jesús! ¿Qué es esto?

Salió corriendo a llamar a su esposo y a sus hijos mayores que en ese momento se encontraban sacando a las vacas del corral para llevarlas a pastar.

  • ¿Qué te pasa, mujer, por qué son tantos gritos?
  • Una víbora enorme de cascabel, está en la cama de Daniel.
  • ¿Y le picó a Daniel?
  • No, él sigue dormido en nuestra cama.

Mientras el padre de Daniel preguntaba esto sus hermanos mayores ya habían dominado a la serpiente con un palo especial que estaba acondicionado con una pequeña correa que sujetaba por la parte de la cabeza a la víbora y la mantenía inmóvil, habían desarrollado una gran habilidad en la captura de estos animales, porque muy seguido se los encontraban en los campos cuando pastoreaban a las vacas.

Fue hasta entonces que empezaron a tomar en serio las voces que Daniel escuchaba por las madrugadas, su madre no se cansaba de repetirlo una y otra vez, que de no haber sido por esa voz que despertó a Daniel la víbora de cascabel le hubiera picado y nadie se podía haber dado cuenta y tal vez a estas horas Daniel ya no existiría.

En una ocasión en que Daniel se quejaba con su madre que la voz del niño que lo llamaba por su nombre no lo había dejado dormir esta le sugirió:

  • Pues pregúntale ¿qué es lo que quiere?, a lo mejor te quiere decir algo.
  • No, mamá, a mí me da mucho miedo.
  • No seas tonto, los muertos ya no hacen nada, son solo espíritus que no pueden descansar, por eso andan penando.
  • Sí, pero qué tal si me jala las “patas”.
  • No, qué te van a jalar las “patas”. Esos son puros inventos de la gente, el espíritu de un muerto no puede tocar a otro, ya solo es como el viento que se escucha pero no se puede palpar, ellos ya pertenecen a otro mundo.
  • Pero ¿por qué solamente escucho la voz de un niño?
  • Porque posiblemente ese niño en vida fue testigo de algo que pudo haber ocurrido y no podrá descansar hasta que un mortal le ayude en su problema.
  • “Híjole”. ¿Y quiere que yo le ayude? No, por qué tengo que ser yo, que le diga a alguno de mis hermanos, ellos están más grandes y pueden ayudarlo.
  • No, Daniel, por alguna razón él te escogió a ti, no te puedes negar.
  • Pues ya te lo dije, a mí me da mucho miedo, le voy a dejar que me siga hablando hasta que se canse.
  • No puedes negarte a lo que te pide el espíritu de ese pobre niño, solamente pregúntale qué es lo que quiere y si está en tus manos ayudarlo que te diga qué es lo que puedes hacer por él.

Esa misma noche Daniel se encontraba profundamente dormido al igual que los demás miembros de su familia, cuando de pronto volvió a sentir la misma sensación que venía sintiendo desde hace algunos meses, de que un niño le hablaba insistentemente por su nombre.

  • Daniel, Daniel.
  • Eh, que, ¿qué es lo que quieres?, ¿por qué me llamas? ¿En qué te puedo ayudar?
  • Te pido que salgas, camines hasta el corral en que se encuentran tus animales, y a un costado estaré esperándote, deseo platicar contigo.

Daniel, que para esos momentos se encontraba ya sentado en la cama, dudó si hacerle caso a la voz del niño que le indicaba que saliera hasta el corral o quedarse acostado y taparse hasta la cabeza con las cobijas y no hacer caso de lo que se había escuchado, pero algo muy en el fono le hizo ver que tenía que ir, tal vez las palabras de su madre cuando le indicó que debería ayudar a descansar a esa alma en pena.

De pronto se dio cuenta que no tenía miedo, que más bien sentía curiosidad por descubrir quién era en realidad el pequeño que le había llamado por su nombre desde hacía algunas noches. Se levantó de la cama, se puso el pantalón y se calzó los zapatos, con paso lento se encaminó hasta la puerta y retiró el viejo tablón que servía de tranca, tratando de hacer el menor ruido posible abrió la puerta y se encaminó hasta el corral en donde se encontraban durmiendo las 17 vacas, 6 becerros y un semental, que era todo el patrimonio de la familia de Daniel, un leve vientecillo fresco, pero agradable, se sentía en esas horas de la madrugada.

De pronto sintió un sobresalto más bien de sorpresa que de miedo, frente a él a unos escasos metros se encontraba un niño, de pelo rubio, de un color como el trigo seco, el pelo le caía por la frente, su cara era redonda de ojos vivos y limpios, vestía un pantalón de mezclilla de los llamados de “pechera” y una camisa de lana a cuadros, lo contrario a lo que él se había imaginado aquel niño tenía como unos siete años de edad aproximadamente, caminó unos pasos más y se topó de frente con una cara infantil que le regalaba una sonrisa franca, sana, de las que invitan a confiar, eso es lo que sintió en realidad Daniel, confianza con aquel pequeño, que si no tenía su misma edad al Menos sí lo igualaba en estatura.

Continúo caminando como midiendo sus pasos, de pronto sin pensarlo se paró frente a él a un metro de distancia, el pequeño fue el primero en hablar:

  • No temas, Daniel, solamente quiero platicar contigo, no tienes idea de cuánto me hace falta conversar con alguien, hace tantos años.
  • ¿Tantos años? ¿De qué?
  • De que ocurrió la tragedia.
  • ¿Cuál tragedia?
  • La muerte de mis padres a manos de unos criminales que no tuvieron compasión alguna con ellos y los asesinaron vilmente solo para robarles algunas pertenencias que no valían la pena.
  • Pero, entonces ¿por qué tú..?
  • ¿Por qué estoy yo aquí?.
  • Sí, ¿qué paso contigo?
  • También fui asesinado por los mismos individuos pero pero lejos de donde fueron masacrados y sepultados los cuerpos de esas dos personas que jamás hicieron daño a nadie cuando cometieron su horrendo crimen ante mi presencia, uno de ellos me tomó en brazos y me llevaron en su huida, pero no duró mucho, en aquel monte que se divisa desde aquí, al pie de ese encino, también me dieron muerte y me sepultaron.
  • Dice mi madre que algo deseas.
  • Sí, Daniel, quiero pedirte que si es posible que sacases mis restos donde se encuentran sepultados al pie de ese encino y los pongas en la fosa en que se encuentran mis padres, quiero reunirme con ellos para poder estar juntos, precisamente en este lugar en que me encuentro están sepultados, también ellos desean que una alma caritativa nos pueda reunir como lo estuvimos cuando teníamos vida.

Cuando la familia de Daniel Lara partió de nuevo hacia el rancho de “Juan Antonio” del poblado de Mesas de Návar del municipio de Tepehuanes, Durango, de donde eran originarios, dejaron tras de sí una tumba junto al corral en donde guardaban por las noches a las vacas, con una cruz de madera que tenía grabada la leyenda “descansen en paz”.