“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

La llamada llegó tarde…

Arturo y Norma habían discutido por un malentendido. Arturo con cordialidad había acompañado a su novia a su casa pero no la besó en los labios y se separaron disgustados, sin despedirse como dos enamorados. El orgullo los enredaba.

Norma despertó sobre la almohada húmeda por las lágrimas. El tiempo invernal de la ciudad capital de Durango helaba las aceras y los sentimientos. Arturo la llamaría para darle los buenos días y reconciliarse. Siempre había sido así las anteriores veces en que habían discutido.

Era sábado y Norma no trabajaba. Pensó en quedarse en la cama hasta que sonase el teléfono. En cualquier caso no tenía fuerzas para levantarse. Una fuerte melancolía le devoraba el estómago. Sonaron las nueve en el reloj del comedor. Sonaron las diez. La depresión empezó a señorearse de su alma. Le costaba respirar. Venció su soberbia y se decidió a llamar a la casa de su novio, era muy improbable que estuviera aún allí pero la monótona cantinela electrónica le indicó que comunicaba. Por cinco veces reiteró su intento. A la sexta la voz congelada de Arturo emergió por el auricular.

– Le habla el contestador automático de Arturo López, en este momento me resulta imposible atenderle. Le ruego que aguarde hasta escuchar la señal y me deje grabado su mensaje y número de teléfono. En cuanto me sea posible le llamaré.

Norma contrariada colgó el teléfono. No hay mayor frialdad en los glaciares alpinos que en los contestadores automáticos.

Si aún no había llegado a su despacho y ya había salido de casa debía estar en su automóvil, quizás en medio de un embotellamiento.

Si era el coche de la empresa tenía un teléfono. Nunca le había gustado esa moderna costumbre de incontinencia oral. Pero se trataba de una emergencia. En algún lugar del comedor debía estar su bolso, descendió al primer piso, no encontraba su agenda, maldijo no haberse aprendido de memoria aquellos dígitos, por fin la halló en la confusión de una estantería.

La primera vez que marcó erró el número.

-Se equivoca usted, señorita, aquí no hay ningún Arturo.

La segunda de nuevo escuchó la desquiciante sintonía que indica que el usuario está comunicando.

Ya le había localizado, sabía que viajaba en el Mercedes verde de su compañía.

Reiteró la llamada diez minutos después y dejó sonar quince veces. Nadie cogió el teléfono.

Se decidió a marcar el número de su oficina.

Una voz cristalina fluyó de los cables eléctricos.

-¿Dígame?

-Querría hablar con el señor Arturo López, ¿es posible?

– Lamento decirle que aún no ha llegado. Si quiere usted intentarlo más tarde o dejar algún mensaje.

– Por favor, ¿podría usted decirle que ha llamado Norma?

Debía estar subiendo las escaleras que conducen a su despacho. La angustia empezaba a desorbitarle los ojos. Sin duda la llamaría cuando tuviese un instante, inmediatamente después de saludar y dar las órdenes pertinentes a su secretaria. En los próximos instantes escucharía el timbre que la rescataría del pozo psicológico en el que comenzaba a asfixiarse. La impaciencia y el nerviosismo la paralizaban junto al aparato. Pasaban los minutos y la llamada no llegaba. Media hora aguardó como una estatua. Después se armó nuevamente de valor, superó nuevamente su orgullo y pulsó los números que podían hacerle oír la voz más deseada. Mas otra vez hizo vibrar sus tímpanos la dicción perfecta de su secretaria.

-¿El señor Arturo, dice usted?

– Sí, por favor.

– En este momento no puede atenderle, está reunido con el director general.

– Pero, ¿le ha dicho usted que he llamado?

– Naturalmente, señorita, suelo cumplir eficientemente con mi profesión.

– No era mi intención discutir su competencia profesional. Pero, disculpe usted que la siga molestando. ¿No ha dejado ningún mensaje para mí?

– Lamento tenerle que contestar negativamente.

– Gracias, sería usted tan amable de volverle a decir que he vuelto a llamar.

– Le dejaré una nota porque es probable que ya no nos veamos pues la reunión seguramente se prolongará tres horas con lo cual ya habrá concluido mi jornada laboral.

– Gracias, de nuevo.

-A usted, señorita.

Ambas colgaron al unísono.

Le había perdido, sin duda le había perdido para siempre. La última discusión había matado su amor. ¿Qué otra explicación podía haber? Arturo, siempre tan atento a sus mínimos deseos, conocedor fiel de todos sus caprichos y preocupaciones, no la llamaba deliberadamente para torturarla, para que la angustia le hundiese sus garras de rapaz en las entrañas. A las dos volvió a intentarlo con su teléfono directo. ¡Cuántos números tenía de su novio! Pero ninguno le abría la puerta de su voz.

Las notas que indican que el usuario está comunicando parecían los acordes de un réquiem mecánico y descabellado. Se dirigió al cuarto de baño y tomó la caja de barbitúricos. Se tragó diez grageas con la pasión de un niño goloso, pero su gula le descorría las puertas oxidadas de la muerte. Quedó tendida sobre las frías y asépticas baldosas adormecida.

 Se precipitaba hacia un vacío sin fondo. Las paredes y la luz se oscurecían cuando oyó sonar el teléfono. Quizás fuese él. Aún había tiempo. Correría a tomar el auricular que le comunicaría de nuevo con la vida. Le diría “todo lo he hecho por ti, porque te quiero y sin ti el mundo está descolorido”. Trató de incorporarse pero no podía ni tan siquiera levantar el cuello. Fue reptando por el pasillo. El timbre la guiaba por un espacio oscurecido, era la luz al fondo de un corredor inacabable repleto de celadas y agujeros.

Debía alcanzar el aparato antes de que el timbre enmudeciera y la voz la asiría a la vida. Llegó hasta la mesilla. Pero no podía incorporarse. Tomó el cable del teléfono lo estiró, logró hacerlo caer pero para su desgracia casi al mismo instante, el instante que hubiera sido el de la victoria, el timbre dejó de oírse, tomó el auricular, pero no había nadie al otro lado de la línea, habían colgado hastiados de la espera, o pensando que no estaba en casa. Volvió a marcar el número de la oficina. Eran las dos de la tarde. En el peor de los casos ya habría acabado la reunión. Erró al primer intento y con el resto de sus fuerzas acertó los dígitos idóneos.

Pero el latigazo electrónico volvió a golpearla sin piedad. Arturo estaba comunicando. Colgó y al borde de la extenuación, al borde del desmayo marcó otra vez para recibir de nuevo el flagelo intermitente.

Ya no volvió a intentarlo. Las paredes se le borraban, el mundo era un espejo giratorio. El bordoneo de los coches se alejaba como voces escuchadas desde un sueño cuando, de nuevo, entre la confusión de recuerdos y pesadillas, se elevó un sonido metálico, discontinuo, intermitente. Ya casi no distinguía las formas, pero entre las sombras reconoció el auricular. Lo levantó y escuchó la voz, la voz de Arturo.

–              Norma, querida, perdóname. Estuve ayer demasiado brusco, pero te quiero, te quiero mucho. He estado llamando toda la mañana. Pero comunicabas. Todo el día estabas comunicando. Creía que te había perdido. ¿Estás ahí, querida, estás ahí? Norma, por favor, contéstame. Norma, por favor, contéstame. ¿Estás ahí, querida, estás ahí?

Jaime Favela Martínez.- Nacido el 25 de febrero de 1939 en Cuencamé, Dgo., ha sido el más grande jugador de beisbol que ha dado Durango a las ligas nacionales y a las grandes ligas de Estados Unidos, pues jugó con los Diablos Rojos y los Gigantes de San Francisco y fue manager de Aguascalientes y de los Alacranes de Durango, destacando grandemente en todos ellos

Por arrietistas.- Uno se apellidaba Graciano, era de Guatimapé. Otro se llamaba José Ángel Rodríguez y era de Santiaguillo. A Graciano lo aprehendieron en la hacienda de Guatimapé. A Rodríguez en Santiaguillo. Los aprehendieron los obregonistas porque habían sido de la gente de mi padre y temían que se fueran a levantar en armas, dado que mi padre ya andaba alzado. Esto sucedió en 1922. A Rodríguez lo fusilaron enfrente de La Soledad y a Graciano enfrente de la hacienda de Los Pinos. Los mató el temor de los obregonistas.

Los calzonudos de Buelna.- Eran de Nayarit y usaban calzones de manta y los jefaturaba el general Rafael Buelna de Sinaloa, por tal razón aquí en Durango se les llamó los calzonudos de Buelna, al incursionar en 1915 del lado del villismo. Mi padre los derrotó el día primero de 1915 en la hacienda de Los Pinos hasta La Piedra Encimada. Cuando se vieron derrotados en toda la línea, unos ganaron rumbo a Santiaguillo y otros para el Puerto de Coneto. De aquel combate se hizo un corrido que en una de sus cuartetas dice: Da la orden don Domingo,/ese día de Todos Los Santos,/que comiencen el combate/ José Cangas, Pablo Campos.

Cuando se perdieron cuatro mulas y dos caballos de la hacienda de San Francisco de la Ferrería.- Tal cosa sucedió el 22 de agosto de 1864, según carta dirigida por el administrador de la hacienda de La Ferrería señor Fermín Pérez, a Juan Nepomuceno Flores, en la que le informa que cuatro mozos los andan buscando y que por eso no los puede mandar a la Hacienda de Guatimapé con un fierro cada uno.

Los aguinaldos de antes.- Los aguinaldos de antes tenían cacahuates, una naranja, un puñado de tejocotes, cacahuates, galletas de animalitos, colaciones, un trozo de caña y algún caramelo, todo envuelto en papel celofán transparente o papel de estraza; en nada se parecen a los aguinaldos de ahora, que solo traen dulces y chocolates ocultos por un papel con estrellas y monitos.