“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

       ¿Puede alguien decirme… quién soy?

Cuando el profesor acabó de dar su clase en el viejo caserón del edifico central de la UJED, nevaba sobre los centenarios muros de cantera y no había un alma en sus corredores seculares.

Avanzó por la resbaladiza acera en dirección hacia su coche que lo había estacionado por calle Constitución frente a la Plaza de Armas y vio en el suelo un objeto brillante que le absorbió plenamente la atención durante unos segundos.

Le sacudió el mismo vuelco mental que nos prende a veces en el principio del sueño y prosiguió su marcha en medio del frío hacia su automóvil. En sentido contrario andaba un hombre. Su vestimenta le llamó la atención al ser idéntica a la suya, el mismo traje, la misma gabardina y los mismos grises pantalones. No sabía entonces el profesor de álgebra que aquello significaría el preludio de su desgracia. El hombre sacó de su bolsillo una llave al mismo tiempo que lo hacía Alfredo, el viejo profesor del Instituto Juárez, el hombre se situó delante de la portezuela de su vehículo con intención de abrirla. Parecía un personaje de un cuadro de Maritate por la inexpresión hierática de su rostro.

El profesor no salía de su asombro y cortésmente, le dijo al hombre

– Me temo, señor, que se equivoca, está usted introduciendo su llave en mi coche y tiene pocas probabilidades de conseguir abrirlo.

El hombre, sin abandonar su imposibilidad, le replicó.

– Perdone, señor, este es mi automóvil y estas son las llaves, en consecuencia abrirán seguro, ¿no será usted el equivocado?

Sorprendentemente la cerradura respondió y el coche fue abierto sin ninguna dificultad.

– Pero, señor, este es indiscutiblemente mi vehículo. Lo he dejado esta tarde aquí cuando me disponía impartir mi clase de álgebra aquí en el edificio central del Instituto.

-¿Cómo ha dicho usted?… ¿ Su clase de…

– Mi clase de álgebra…

-¿De álgebra?

– ¿Qué le extraña? ¡De álgebra!

– Es verdaderamente insólito nuestro caso y ciertamente casual pues -puntualizó el hombre- yo también soy profesor de álgebra.

– Ciertamente se puede catalogar de inexplicable este extraño suceso, pero, caballero, ¿tendría usted la amabilidad de decirme lo que ha explicado a sus alumnos?

– Con mucho gusto, señor, he estado hablando de termodinámica. He hecho hincapié en la naturaleza probabilística de esta rama de la física y he insistido en que las leyes de la naturaleza se basan en los números, de modo que si todas las moléculas de una piedra coincidieran en vibrar en dirección hacia arriba, la piedra, sin duda, subiría… y como el universo es gigantesco aunque esa probabilidad es remotísima, a lo mejor, en algún lugar del espacio, tal increíble posibilidad se está ahora produciendo…

– No hay duda -corearon- hemos explicado lo mismo y, casi, con las mismas palabras.

– Con esto, nuestro caso se complica, convendrá usted que se complica.

– Sí, por cierto.

La nieve caía insistentemente, era una tempestad. Las calles andaban crecidos y rugía por las esquinas creando un clima irreal, las luces se perdían entre la nevada y la oscuridad opaca de la noche.

– Pero… ¿querría decirme su nombre?

– Naturalmente, no hay ningún problema, me llamo Gonzalo Martínez.

-¿Cómo ha dicho?

– Sí…

– Mejor, no me lo repita, ¿querría mostrarme su carnet de identidad?

El hombre accedió a su petición. Y pudo confirmar su nombre y apellidos y comprobar que vivía en su misma calle, en su misma casa, en su misma planta, en su mismo bloque y que compartía con él fecha, lugar de nacimiento y padres. Iba contra todas las leyes de la lógica que rigen la existencia. Pero claro debía tratarse de una broma, una farsa urdida por sus inteligentes alumnos, no podía ser otra cosa.

Entonces se percató en un brillo en los dientes del personaje, concretamente en el primer molar. Era de oro. Indiscutiblemente de oro como el suyo. Una sensación de pánico invadió a ambos en el mismo instante.

– Mire -disparó nuestro protagonista- la broma ha llegado demasiado lejos, convengo con usted en que es original, pero ya ha surtido su efecto. Además el frío arrecia. Le ruego que no la lleve más lejos y, con mi más firme deseo de felicidad para las próximas fiestas que se avecinan, se retire y me deje entrar en mi coche.

– Señor, lo mismo le digo pero en sentido contrario, le ruego…

Las palabras empezaron a agotarse y aquellos civilizados señores pasaron de los fonemas a los puñetazos, de las sílabas a las patadas y del diálogo a la pelea. Uno de los dos quedó tendido en el suelo junto al objeto brillante. El otro se introdujo en el coche y abandonó rápidamente el lugar en dirección a su domicilio, sin comprender muy bien todavía lo que había ocurrido.

Cuándo llegó a su hogar esperaba poder contar a su esposa el extraño suceso, pero ¿cuál no sería su tremendo pavor al comprobar que aquella escena era solo el primer acto de una tragedia que se desarrollaba según unas normas absurdas e ilógicas?

– Señor, ¿qué hace usted, cómo se atreve a irrumpir en la paz de nuestra casa con ese cinismo?

– Pero si soy tu esposo, tu marido, ¿dónde están los niños?

– No sé qué extraña forma de locura le posee, pero le ruego que no me asuste más.

Llamó a los niños, eran sus dos hijos que hacía unas horas había besado, con los que había jugado después de comer; no le reconocieron.

– Le ruego que abandone nuestro piso antes de que llamemos a la policía, además mi marido debe estar al llegar.

– Pero, pero…

La puerta se cerró, una mujer nerviosa se perdió ante su vista, unos niños asustados se abrazaban a su madre.

Y él, un hombre solo, un hombre solo avanzando en medio de la nieve y el frío hacia la casa de un amigo, el compañero de su infancia que no le reconocería tampoco; una puerta que se cierra y otra que se cierra y en ninguna un lugar dónde poder pasar la noche junto a alguien querido, junto a alguien conocido, él extraño para todos, extraño por la noche helada en el laberinto de los callejones y las plazas. Las gárgolas de la Catedral le miraban con piedad, las estatuas le contemplaban desde su quietud de piedra pero no había nadie en la ciudad, nadie en su ciudad que le reconociese. En todas partes puertas que se cierran y la semilla de lo inexplicable germinando su fruto en aquel diciembre oscuro de la ciudad de Durango.