“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

SOR MARÍA DE LA CONCEPCIÓN

En el edificio que hoy ocupa la Presidencia Municipal de la capital se encontraba el convento de las madres Capuchinas, allá por el año de 1746, el cual les fue otorgado por el virrey don Marco de Torres y Rueda; a solicitud de su bella esposa, Catalina de la Concha, que era muy devota de esta congregación.

La madre superiora Sor Consuelo de la Santa Cruz, y cuatro monjas más que habían llegado de España, concretamente de la provincia de Vizcaya, de donde partieron con el firme deseo de fundar una congregación más en la Nueva España, para eso se valieron de la bondad de la señora esposa del virrey, quien convenció a su esposo de que les ayudara a realizar el santo cometido que tenían en mente.

El virrey don Marco de la Torre y Rueda creyó conveniente cederles un viejo edificio que se encontraba en la provincia de la Nueva Vizcaya, que había sido de un viejo comerciante español que lo mandó construir como su casa, pero que por circunstancias muy especiales nunca llegó a habitar.

La enorme casa duró muchos años en completo abandono, ya que los constructores que vinieron expresamente de la capital de la Nueva España, al terminar su trabajo que se les había encomendado abandonaron el inmueble y partieron de nuevo a su lugar de origen.

El gobernador de la provincia de la Nueva Vizcaya en aquel entonces, don Luis de González, notificó al virrey lo que acontecía con esa enorme propiedad y pedía instrucciones de qué hacer al respecto, ya que por el abandono a que estaba expuesta corría el peligro de venirse abajo.

El virrey, don Marco de Torres, mandó un comunicado al gobernador diciéndole que conforme a las leyes de la corona, procediera a confiscarla para beneficio del Real Ayuntamiento de la capital y que pasado algún tiempo ya se vería qué uso se le podría dar.

Fue así como las madres Capuchinas llegaron a la capital de la Nueva Vizcaya, con un documento que contenía el sello real del virrey, en donde claramente se especificaba que a partir de ese momento la casa que había sido confiscada meses antes, había pasado a ser propiedad de la congregación de las madres Capuchinas, para que fundaran en ella un convento que sirviera de albergue a las madres y que se les brindaran todas las facilidades necesarias.

La casa fue acondicionada con mano de obra del personal del real ayuntamiento, y meses después fue entregada oficialmente a las madres que a partir de ese momento empezaron su labor de recibir a todas aquellas jóvenes que por algún motivo decidieran abrazar el camino de la consagración como novicias del convento, aunque la mayoría de ellas eran obligadas por sus padres para alejarlas de los malos partidos que las pretendían.

Por aquel tiempo, llegó hasta las puertas del convento una joven que en compañía de sus padres solicitaba ser admitida en el santo recinto, ellos venían de la población de Tepehuanes, un poblado que se encontraba a distantes leguas de la capital de la Nueva Vizcaya, los padres de la joven manifestaron a la madre superiora que su hija de nombre Altagracia Martínez de la Paz tenía el firme deseo de abrazar la vocación de monja y que consideraban que ese era el llamado del Señor y que por lo tanto no tenían inconveniente alguno para que esto se realizara.

Pero la realidad era otra, Altagracia se había enamorado de un joven empleado de la hacienda propiedad de sus padres y que por lo tanto sus condiciones eran bastante pobres y por lo tanto no convenía a los intereses de la familia el permitir que se casara con un hijo de peones que nada podrían ofrecerle.

Los padres de la muchacha al enterarse de las pretensiones del peón, le indicaron a su hija que antes preferían verla muerta que permitir que se casara con ese joven que solo contaba con sus brazos de trabajador, por lo que le indicaron que lo mejor sería que se recluyera en un convento, o de lo contrario mandarían desaparecer de la faz de la tierra a su pretendiente, a la joven no le quedó más remedio que aceptar la voluntad de sus padres y fue así como llegó solicitando ser admitida en el convento de las madres Capuchinas.

Altagracia fue admitida como novicia por un año, con la obligación de los padres de aportar una “dote” mensual para el sostenimiento del convento y si pasado un año demostraba tener vocación pasaría a ser monja, con el compromiso de que la “dote” se aumentara a lo doble durante el tiempo que permaneciera en el convento.

Los padres convinieron en el “arreglo” y dejaron a su hija con la firme determinación que sería para siempre y convencidos que eso era lo mejor para su hija.

Muy pronto paso el año del noviciado y Altagracia sintió que esa era su verdadera vocación, hasta llegó a olvidar por completo al joven campesino al que le había dado la promesa de contraer matrimonio.

Una mañana del mes de marzo del año en mención, la madre superiora mandó llamar a la joven novicia para manifestarle lo siguiente:

  • Altagracia, ha pasado un año ya desde aquel día que llegaste a las puertas de este convento solicitando ser admitida.
  • ¿Un año ya madre? Qué pronto se ha pasado el tiempo.
  • Te he estado observando y me doy cuenta que tu comportamiento ha sido ejemplar, has cumplido sin protestar con todos los santos oficios que se te han encomendado, por lo tanto ha llegado el momento en que profeses tu verdadera fe en Dios, y se te entreguen los santos hábitos con los que pasarás a ser una hija más del Señor; solo hay un inconveniente, les hemos avisado a tus padres de este acontecimiento y mandaron decir que no les es posible asistir a tu consagración, pero que están de acuerdo en que esta se lleve a cabo.
  • Madre, si esa es la voluntad de Dios, yo solo cumplo con aceptarla.

Fue así como Altagracia pasó a ser desde ese momento la monja Sor María de la Concepción, en una ceremonia en la que estuvo presente el arzobispo don Cayetano de la Rija y González, que entregó los santos hábitos a la nueva monja, lo cual se realizó en la Santa Iglesia Catedral, a puerta cerrada, pues no se permitió la entrada a ningún mortal por ser esta una ceremonia prohibitiva a todo aquel que no fuera ministro de la iglesia, además de que de esta manera la nueva monja estaba renunciando al mundo exterior y desde ese momento se congregaría solamente al mundo que representaba el convento.

Desde ese día Sor María de la Concepción sintió que por fin había encontrado un verdadero motivo para vivir, dejó a un lado el resentimiento que sentía por sus padres, por haberla obligado a encerrarse en el convento y llegó a perdonarlos y agradecerles que fueran el instrumento de Dios para encontrar su verdadero camino.

Dentro del recinto Sor María pasaba la mayor parte del tiempo en la meditación y deberes que le imponía su condición de monja, desde muy temprano antes de que apareciera la luz del sol ya estaba metida en la pequeña capilla del convento sumida en sus rezos, se entregaba con humildad en todos los quehaceres que le eran encomendados y jamás ponía pero alguno al trabajo, las demás monjas y novicias la querían mucho y en el fondo la admiraban por la disponibilidad que tenía para servir a Dios y a sus semejantes, siempre dispuesta a acudir en ayuda de todo aquel que la necesitara, hacía más de cuatro años que se encargaba de preparar los alimentos de todos las monjas y además le sobraba tiempo para preparar alimento para los menesterosos que por la reja principal se hacendaban todos los días a pedir algo de alimento en cual les era entregado por la madre superiora mediante una pequeña puerta que no permitía que se pudiera ver hacia dentro.

Pasaron los años y Sor María llegó a ocupar el cargo de madre superiora, a la muerte de la madre que anteriormente tenía esa encomienda, aunque ella se rehusó a que se le nombrara para tal cargo, el arzobispo don Cayetano insistió en que fuera ella la que condujera en lo sucesivo el convento, además de que esa había sido la voluntad de la madre Sor Consuelo de la Santa Cruz, que a su muerte pasara a relevarla en el convento.

Siguieron pasando los años y el convento de las madres Capuchinas se seguía fortaleciendo cada vez más con la llegada de nuevas novicias que la mayoría pasaba a ser monjas por así convenir a su vocación, además de que la madre superiora Sor María de la Concepción irradiaba confianza a la vez que dulzura en el trato diario que tenía con todas las monjas y no se diga con las novicias a las que en todo momento estaba aconsejándolas y escuchándolas en sus problemas, hubo ocasiones en que ella misma sugirió a algunas de estas inseguras jóvenes que abandonaran el convento, cuando adivinaba que no era en realidad la vocación de ser monjas.

En una mañana muy luminosa del mes de mayo, en que todas las monjas y novicias se encontraban orando en la pequeña capilla del convento, de pronto ante el asombro de todas vieron como la madre superiora Sor María de la Concepción se levantaba del suelo en donde se encontraba arrodillada en oración y se elevaba lentamente por el aire, nadie daba por cierto lo que estaban viendo, era como si se tratara de un milagro, fueron varios los minutos que la monja se mantuvo en el aire como si ella misma no se diera cuenta de lo que estaba aconteciendo, hasta que bajó nuevamente a ocupar el mismo lugar en donde se encontraba orando de rodillas ente el altar, y segundos después cayó desmayada.

Las monjas la levantaron en peso y la llevaron hasta su humilde celda, en donde la depositaron en el camastro; no fue hasta la mañana siguiente cuando la madre volvió en sí, a su lado se encontraba la madre auxiliar que era su segunda en el convento, cuando se enteró de lo que había acontecido le dijo a su segunda:

  • Por Dios, madre, no diga tonterías, no se trata de ningún milagro ni nada por el estilo, lo que pasa es que ustedes han de haber visto alguna visión y se confundieron al ver que esta humilde cierva del Señor se elevaba por el aire, eso sería tanto como una blasfemia, el pensar que el Señor me permita abandonar el suelo.
  • Pero madre, si todos lo vimos, afuera están las hermanas que podrán atestiguar lo que estoy diciendo.
  • No, de ninguna manera, no quiero que se vuelva a hablar de esto, que sería como una ofensa para el Señor.

Sin embargo este acontecimiento volvió a repetirse muchas veces, ante la mirada atónita de las monjas la madre superiora abandonaba su lugar de oración y se elevaba por el aire, incluso algunas de ellas dejaron testimonios por escrito que aún se conservan en los archivos que se localizan en la Catedral, en donde coinciden en narrar lo que sus ojos vieron.