“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

Un político con iniciativa

cuentoExisten en todos los partidos políticos del mundo, jerarquías, sí, así como se escucha, jerarquías, hay políticos que ocupan encumbrados puestos dentro de la administración pública, otros que fueron propuestos a cargos de elección popular, pero todos de alguna u otra manera, se lo deben al partido.

En cambio existen otros que se han pasado toda su vida en el partido político de sus preferencias y no han tenido ni una sola oportunidad, ni un pequeño cargo por insignificante que pueda ser, jamás ni de chiste han sido promovidos a determinado cargo de elección popular, vamos, ni tan siquiera han sido invitados a estar en el presidio junto a sus líderes en los actos que organiza el propio organismo al cual pertenecen.

Uno de estos personajes que siempre han vivido de la política cometió el grave error de cuestionar al líder del partido y más grave aún, lo hizo en una asamblea donde se encontraban cientos de militantes, como era de esperarse se ordenó su cese inmediato, dejó de pertenecer al organismo y fue calificado como elemento indeseable.

Nuestro personaje al no tener ya actividad alguna relacionada con la política, se dedicó a andar por todos los cafés de la ciudad en busca de algún amigo que lo pudiera ayudar a recuperar su calidad de “miembro activo del partido” pero todos le volteaban la espalda haciendo como que no lo conocían. En una de las mesas del restaurante del Hotel Casablanca se encontraba su gran amigo de toda la vida José Manuel Rachea, con quien había iniciado su militancia dentro del partido, no lo pensó dos veces y le gritó con la alegría reflejada en el rostro, como si hubiera visto una tabla de salvación en medio del océano.

  • ¡Rachea, hermano! ¿Cómo estás?

Rachea que ocupaba en ese momento un puesto de relativa importancia dentro de la administración pública, se hizo el desentendido como si no hubiera escuchado nada. Nuestro amigo el político, que por cierto se llamaba Manuel Ampudia, no se amedrentó ante la falta de atención de su amigo y volvió a llamarle:

  • ¡Rachea, hermano! Soy yo, tu amigo Ampudia, ¿qué ya no te acuerdas de mí?

Uno de los amigos de Rachea que se encontraba acompañándolo en la mesa tomando café le dijo a manera de sorna:

  • ¡Ándale, ahí te hablan!

A Rachea no le quedó más remedio que voltear hacia donde estaba su amigo, se le quedó viendo y con un tono más que despectivo le dijo:

  • ¿Es a mí a quien le habla?
  • ¡Vamos, Rachea! Soy Ampudia, fuimos compañeros desde primaria.
  • Pues sí, sí me acuerdo vagamente, ¿y qué es lo que se te ofrece?
  • Pues que me escuches un rato, tú dirás si lo puedes hacer ahorita o nos vemos más tarde, me urge contarte acerca de mi situación.
  • ¡Ah, qué caray! Ahora es un momento inapropiado, tengo acuerdo con el señor secretario y prácticamente me lleva todo el día, pero no te preocupes, yo te llamo y nos tomamos un café y me cuentas qué es lo que te pasa.

Cuando Manuel Ampudia salió por la puerta del hotel Casablanca, se le vino a la mente una reflexión y se dijo a sí mismo: “Pero ni tan siquiera sabe mi teléfono, ¿cómo me va a llamar?”, comprendió entonces que los que se decían sus amigos le volteaban también la espalda.

 Pero pese a que muchos de los que se decían sus amigos le habían volteado la espalda, desde el día en que fue expulsado del partido, Manuel Ampudia alcanzó al fin a contar con el apoyo de un buen padrino. Seguro ya de burlar todas las acechanzas y malas voluntades que en los últimos años le habían sobrado.

Un día el presidente del partido, no de muy buena voluntad que digamos, mandó llamar a Manuel Ampudia, aunque de antemano sobra decir que esto se debió a la intervención del nuevo padrino que se había conseguido nuestro amigo, cuando Ampudia estuvo nuevamente en la oficina principal del partido, frente al mero mero, este le dijo:

  • Si usted quiere, porque en el partido no olvidamos a los buenos elementos, que se le reponga en un nuevo cago dentro de nuestro instituto político, tendrá que hacer labor partidista en los municipios más apartados de nuestra entidad, aunque de antemano, lo puedo asegurar, esto para usted no representará ninguna dificultad, pues conozco de antemano su gran capacidad para desempañar cualquier trabajo que el partido le encomiende.
  • Pero, ¿tendré que recorrer todos los municipios?
  • No, no todos, solamente los más alejados de la capital.
  • Está bien -contestó no con mucho entusiasmo el bueno de Ampudia, pero comprendió que no le quedaba de otra y es que en realidad no tenía otro oficio que no fuera el de político, por lo que aceptó el nuevo encargo que se le brindaba-. Supongo que se me darán los recursos necesarios y que podré salir enseguida.
  • ¡Saldrá usted enseguida! Y se le dará a usted lo que se crea necesario; recurra con el tesorero del partido, él ya tiene instrucciones.

Aunque parezca increíble, en cuestiones de política se tiene que estar siempre al día, o sea no perder los contactos y mantenerse al tanto de los últimos acontecimientos, nuestro buen amigo Manuel Ampudia hacía ya algún tiempo que no transitaba por el mundo de la política, y cuando él pensó que encontraría a los mismos camaradas de tiempos atrás, sintió una gran desilusión al ver que eran otros los que ocupaban los cargos dentro de la política, pero no solo eso, en su mayoría eran jóvenes, muchachos que por poco rebasaban la mayoría de edad.

En el primer municipio que llegó en su calidad de delegado especial del partido fue Santa Clara, eso de “delegado especial” él se lo había adjudicado, puesto que no se le dio nombramiento alguno y mucho menos una comisión específica, todo fue de palabra y nada por escrito.

Fue ahí en Santa Clara que se encontró con ese ambiente que a él le gustaba, por doquiera se escuchaban gritos y las mantas y pósteres llenaban las principales calles de la población, el municipio estaba en plena efervescencia de las campañas políticas por la presidencia municipal, cuatro partidos políticos se peleaban este puesto de elección popular. Manuel Ampudia era un hombre como de 47 años, de piel morena, un tanto elegante para vestir. Lo primero que le dictaba su experiencia partidista fue buscar al presidente del Comité Municipal del Partido, así lo hizo y ya estando frente a él se presentó de la siguiente manera:

  • Qué tal, compañero, cómo está, me manda la dirigencia de nuestro partido para coordinar las estrategias a seguir en la campaña política que realiza nuestro candidato pata obtener el triunfo que lo lleve a ocupar la presidencia municipal.

El presidente del comité municipal del partido, un individuo de apellido Unzueta, que ya tenía sus horas de vuelo dentro de la política, vio en el hombre aquel que acababa de llegar su tablita de salvación para zafarse de la eminente derrota que se veía venir con la postulación de aquel candidato que el centro se empeñó en que fuera postulado. Como viejo marrullero que era aplicó de inmediato aquella sentencia que en política se refiere a lo siguiente: “si puedes cargarle la bronca a otro, hazlo en la primera oportunidad que se te presente”. No esperó mejor oportunidad que esa y le dijo:

  • ¡Qué bueno, compañero! Qué bueno que viene alguien de la capital con los conocimientos suficientes para marcarnos el camino a seguir en esta contienda electoral, estoy seguro, que digo seguro, lo puedo afirmar, que con hombres de la experiencia de usted el triunfo electoral está asegurado.

Manuel Ampudia sintió que el pecho se le hinchaba al escuchar aquellos elogios, pensó que nuevamente se encontraba en la ruta correcta de la política, y con gran soltura le dijo al presidente del comité municipal.

  • Pues, en efecto, compañero Unzueta, para eso me han mandado a este lugar, el presidente de nuestro partido quiere que se ganen todas las presidencias municipales que conforman nuestra entidad federativa, por ningún motivo aceptará derrota alguna, así que desde este momento asumo el mando de la campaña.

Unzueta con ese colmillo retorcido que tenía le respondió al nuevo delegado:

  • Mire, compañero, me gustaría que esto que me acaba de manifestar lo plasmáramos en un oficio y que fuera tan amable de firmarme; no es que yo esté dudando de su palabra, líbreme Dios de hacerlo, simplemente se trata de un oficio de mero trámite.

Nuestro pobre amigo que se hacía llamar “delegado especial del partido” sin serlo, no tuvo inconveniente alguno en firmar el documento que el experimentado Unzueta le ponía enfrente, Manuel Ampudia, como diría un experimentado político duranguense, “se encontraba en un agitado mar de confusiones” o “arrebatado por un torbellino de incertidumbres” algo muy en el fondo de su ser le avisaba que estaba cometiendo otra vez los mismos errores del pasado, pero qué caray, se dijo a sí mismo, esta es una oportunidad única, de demostrarle a los dirigentes del partido que tengo todos los conocimientos necesarios para ganar estas elecciones y las que me pongan enfrente, así pasaron tres o cuatro días, Manuel ni tan siquiera conocía al candidato que según él iba a llevar al triunfo, alguien le comentó que andaba paseando con la familia en el otro lado y que no sabían cuándo regresaba. Faltaban escasos 20 días para que se celebraran las elecciones y ni siquiera el candidato estaba presente, pero esto no desalentó al joven delegado espacial, que le dijo a sus escasos colaboradores: “No importa, con candidato o sin él, ganaremos las elecciones”, los demás se le quedaron mirando sin dar crédito a lo que manifestaba el delegado, tres días antes de las elecciones sonó el teléfono que estaba instalado en la oficina del comité municipal del partido, quien había hecho la llamada era el mismo presidente desde la capital del estado, le pedía a Manuel Ampudia que le informara el estado que guardaban las expectativas para el triunfo del candidato del partido, Manuel que sabía que ese era el momento de quedar bien con el mandamás de su partido, le mintió:

  • “Todo marcha sobre rieles, señor presidente, esperamos un triunfo contundente, de al menos tres a uno, usted no se preocupe, todo déjelo en mis manos, le puedo garantizar que nos alzaremos con el triunfo y al terminar aquí estaré listo para cumplir con cualquier otra encomienda que usted me haga”.

El presidente del partido se mostró desconcertado, hacía apenas un par de días le habían dicho todo lo contrario, que el municipio de Santa Clara se perdería, principalmente por el poco interés que había mostrado el candidato y la falta de una campaña de acercamiento con la gente, pero ahora la persona que había mandado más por compromiso con su amigo que por confiar en él, le estaba informando todo lo contrario.

Desde aquel día las llamadas fueron más frecuentes, el presidente del partido le llamaba a Manuel dos o tres veces diarias, recibiendo siempre los mismos argumentos:

  • No se preocupe, señor presidente, “este arroz ya se coció”, el triunfo de nuestro candidato no nos lo arrebata nadie, ni tratándose de un milagro”, pero Manuel no le había contado al presidente que el candidato aún seguía de vacaciones con su familia por los Estados Unidos, que las pocas gentes que colaboraban en el partido habían optado por retirarse a sus casas, por considerar que nada tenían que hacer ahí.

En el momento en que sonaban las seis de la tarde del domingo 3 de julio, los integrantes de las mesas de casilla instaladas en varias partes del municipio procedían a contar los votos, reportaron que el candidato del partido no había obtenido un solo voto.

Manuel no tomó esto como un fracaso, sino como una experiencia más argumentando que le habían llamado demasiado tarde para remediar las cosas, pero de lo que sí es cierto es que nadie quiso acordarse ya del nombre de aquella persona.