“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

El Mesón del Gato Negro

En el Durango antiguo de los tiempos de la colonia, que como todos sabemos fue llamada Capital de la Provincia de la Nueva Vizcaya, pues esta ciudad una vez habitada por cientos de familias de migrantes españoles, fue creciendo poco a poco a los pies de una gran montaña conocida como Cerro de Mercado, bautizada de esta manera en honor de aquel capitán don Ginés Vázquez de Mercado, a quien se considera el fundador de esta gran ciudad.

Fue precisamente en los tiempos de la colonia que sucedió la leyenda que a continuación vamos a relatar, la cual como es natural las gentes de aquellos tiempos convirtieron en leyenda y el relato fue pasando de generación en generación hasta nuestros días.

Pues bien, en aquella época, dada la gran prosperidad que a pasos agigantados estaba alcanzando esta ciudad que como ya dijimos fue conocida en un principio como la Capital de la Provincia de la Nueva Vizcaya, como acontece en todos los centros urbanos fueron naciendo grandes negocios y sobre todo las llamadas fondas o mesones que por la necesidad de los que llegan de otras tierras en busca principalmente del metal precioso, que la Nueva Vizcaya tenía fama de contar con las mejores y más prosperas minas de oro y plata, este fue motivo más que suficiente para que gentes de todas raleas llegaran a esta ciudad en busca de ese metal que los haría ricos.

Uno de esos lugares que dieron fama a esta población lo fue sin duda “El Mesón del Gato Negro” lo que sería en nuestros días un hotel, hasta donde sabemos por aquellos años era el único que se encontraba en esta ciudad capital, contaba además de cuartos con camas para el descanso de los viajeros, con una hostería o restaurante como se le conoce en nuestros tiempos, pues esta hostería tenía fama de servir las más ricas viandas de que se tuviera memoria, muchos viajeros llegaban a hospedarse en el mesón solamente para gozar de sus comidas.

El Mesón del Gato Negro se encontraba frente al templo de San Agustín, en donde hoy está instalado un centro comercial, sobra decirles que en aquel tiempo no existía el templo de San Agustín, pues en su lugar estaba una vieja ermita que había sido construida por los padres dominicos y que al ser abandonada se fue demoliendo con el paso de los años.

Pero lo que en realidad nos interesa por hoy es la fonda del Mesón del Gato Negro, cuyo propietario era don Alfonso Ezequiel H. Luz, un viejo español que había llegado de la región de Huelva en España, en donde tenía una hostería, pero con pleitos con sus hijos decidió abandonarla y venirse a tierras de la Nueva España en busca de fortuna, no se sabe en realidad cómo don Alfonso Ezequiel llegó a la Nueva Vizcaya, el caso es que en poco tiempo instaló su Mesón y fonda a la que inexplicablemente llamó El Mesón del Gato Negro,

Don Alfonso Ezequiel tenía fama de ser muy buen cocinero, siempre estaba pendiente de que las cosas se hicieran como él las ordenaba, entre los platillos especiales que se preparaban en su fonda estaba lo que él llamaba su máxima creación, carnero al horno, que le dio sin duda fama al Mesón del Gato Negro, como un lugar único en la capital de la Nueva Vizcaya, para comer este manjar que fue durante muchos años el deleite de los viajeros.

El secreto estaba en que este platillo tan especial se cocía a fuego lento con leña de encino, tenía que ser únicamente de encino y para esto don Alfonso Ezequiel contrató los servicios de un viejo arriero llamado Martín de los Santos, que constantemente recorría la sierra trayendo cargas de leña para las casas de la ciudad.

Convinieron en la paga que se tenía que hacer por cada carga de leña de encino, pero el español puso como única condición a Martín que solo trabajara para él puesto que el consumo de leña era tal que se requerían cuando menos de seis cargas diarias; el arriero no puso ninguna objeción, por el contrario le pareció fabuloso que pudiera asegurar la venta de sus leños.

Martín de los Santos vivía en las afueras de la ciudad, en una casa de campo que se encontraba cerca de la hacienda de don Manuel Pallares y Castelán, un español que era el dueño de todas las tierras que se encontraban a las faldas de la sierra donde es hoy el puente de Río Chico; Martín vivía con su mujer y su única hija, llamada María Altagracia, una joven de apenas 17 años que tenía toda la belleza que se pueda encontrar en una mujer, unos grandes ojos negros, una sonrisa que dejaba ver unos dientes que parecían un collar de perlas, el pelo negro y largo hasta la cintura, un cuerpo esbelto y sobre todo una amabilidad que la hacía ser más bella de lo que ya era.

María Altagracia siempre acompañaba a su padre cuando bajaba a la ciudad a entregar las cargas de leña que traía en tres burros de la sierra; el español desde el primer día en que conoció a la joven pensó que sería un bonito atractivo para su fonda, que atraería más clientela a su negocio y desde un principio le pidió a Martín que dejara trabajar a su hija como mesera, con la firme seguridad de que le pagaría un buen sueldo y sobre todo cuidaría de ella que nada le pasara; el viejo arriero desde un principio se negó a tal ofrecimiento, argumentando que era la única hija que tenían y que además no podía dejar sola a su mujer.

Pero el dueño de la fonda le insistía a Martín cada vez que este acudía a dejar las cargas de leña, hasta que no tuvo más remedio que comentárselo a su mujer y esta accedió de buena gana diciendo que sería una entrada más de dinero además de que la muchacha aprendería un oficio para cuando le fuera necesario.

Al día siguiente se presentó Martín en el Mesón del Gato Negro, llevando a su hija para que desde ese día empezara a trabajar en la fonda, solo le pidió al español que cuidara mucho de ella, puesto que nada sabía de las cosas del mundo, era una doncella que nunca había tenido relación con ningún hombre, el español se comprometió a cuidarla como si fuera su propia hija y así las cosas la muchacha a empezó a trabajar en el Mesón.

Pasaron tres años justos de que María Altagracia había entrado a trabajar como mesera en la hostería del Gato Negro. Cuando esa tarde se presentó un caballero en busca de una buena comida, puesto que había llegado de un largo viaje que venía realizando desde la mera capital de la Nueva España y según dijo se dirigía a las tierras del norte concretamente hacia San Felipe del Parral, en donde había adquirido en compraventa unas minas que le aseguraron contenían grandes vetas de oro.

Este señor de nombre don Gonzalo de la Cuesta y López, tenía fama de ser un hombre atrabancado, de fuerte carácter y de lograr lo que se proponía, aquella tarde que llegó a la hostería del Mesón del Gato Negro, se quedó sumamente sorprendido con la belleza de María Altagracia, nunca había visto una mujer portadora de tal belleza, esa mujer tiene que ser mía -se repetía una y otra vez a medida que la observaba – el primer día no le dijo nada, ni el segundo ni el tercero, solo se concretó a mirarla, pero al cuarto cuando María Altagracia dejaba sobre la mesa el pedido que había hecho, don Gonzalo le tomó la mano y trató de atraerla hacia él, la muchacha se asustó y se retiró corriendo hacia la cocina.

Los acosos de don Gonzalo hacia la muchacha fueron continuos, su presencia en el Mesón se volvió más frecuente, por todos lados le salía a la joven tratando de obtener sus caricias.

En una ocasión en que la joven salía al traspatio, a recoger unos trozos de leña, de pronto le salió al paso don Gonzalo y tomándola por la fuerza trató de besarla en la boca, la muchacha, haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró zafarse de los brazos del español y salió corriendo.

Pero en su desesperación lo hizo hacia el lado contrario del mesón, por lo que de pronto se vio en campo abierto, sintiendo cada vez más cerca la presencia de don Gonzalo que como poseído por el demonio venía en su persecución.

En su desesperante carrera llegó hasta el puente que se encontraba sobre la acequia grande conocido como “El Puente de la Providencia” y que tenía una altura considerable que sobrepasaba los 10 metros, que se localizaba en lo que es hoy el final de la calle de “Aquiles Serdán” junto al templo de Los Ángeles, cuando se encontraba en el centro del puente sintió el aliento caliente de don Gonzalo, sobre su nuca, cuando este se disponía a abalanzarse sobre ella, en ese momento tomó la determinación de arrojarse del puente antes de ser ultrajada por el incontrolable español.

Al día siguiente los vecinos del lugar encontraron en el arroyo que por esas épocas no llevaba agua, el cuerpo destrozado de la joven, pero cuya belleza no había desaparecido ni con la misma muerte.

Desde entonces las gentes empezaron a llamar a ese puente El Puente Negro, nombre con el que se le conoció hasta que la acequia fue entubada y desaparecieron los puentes pero aún hasta nuestros días, varios vecinos de esos rumbos aseguran que por las noches de luna llena se escuchan los gritos de una joven, pidiendo auxilio ante el acoso del español.

Algunos documentos que se han encontrado en los archivos de Catedral aseguran que el malvado de don Gonzalo tuvo años después una muerte horrible, acosado por la imagen de la joven saltando del puente, lo persiguió por todas partes, hasta que él mismo se dio muerte lanzándose de un barranco en la sierra de Parral.

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