“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

Una enfermedad mortal

cuentoCarlota se levantó esa mañana como lo hacía todos los días, con la sonrisa reflejada en el rostro, tenía una hermosa familia, su esposo Matías y sus tres hijos, Ramiro el mayor que era su orgullo, Daniel el de en medio más callado y Gonzalo el menor un poco más morenito que los otros dos, pero igual de alegre y travieso.

Su esposo Matías, joven aún, salía todos los días con excepción del domingo, muy temprano en su bicicleta hacia las instalaciones del cerro de Mercado, que como todos sabemos se encuentra al norte de la ciudad, donde trabajaba de minero desde hacía 20 años. Su mujer por la noche le preparaba el lonche que dejaba sobre la mesa de la cocina para que él lo tomara, ya no lo veía en todo el día, pues trabajaba un turno corrido de 12 horas.

Por eso sentía que las mañanas eran completamente de ella y sus hijos, se sentaban los cuatro a la mesa y entre risas y bromas desayunaban y los encaminaba a la escuela, los dos menores se dirigían a la escuela primaria “Ginés Vázquez del Mercado” que se encontraba tan solo a tres cuadras de donde vivían en la colonia Morga.

Daniel y Gonzalo se iban solos -no les podía pasar nada, pensaba- eran solo tres cuadras, pero a Ramiro lo llevaba hasta la puerta del autobús rojo, que lo dejaría frente a la escuela secundaria “Benito Juárez” donde cursaba el tercer año, Ramiro cursó la primaria en la misma escuela donde ahora están sus hermanos, pero a él sí lo dejaba todos los días en la puerta con miles de recomendaciones, no se retiraba hasta que lo veía entrar al salón.

Se sentía muy orgullosa cuando los vecinos le decían.

  • ¡Qué guapo está Ramiro!, las muchachas ya han de andar tras de él.
  • Ay, Cuquita, favor que usted me hace, lo único que le puedo decir que es un niño muy bueno, en todo me obedece y no me da problemas.

Y es que en realidad Ramiro era un joven de muy finas facciones, de piel blanca, ojos azules y muy delgado, Carlota siempre demostró un raro temor de que algo le pudiera pasar al niño, no había capricho que no le cumpliera, a pesar de las constantes protestas de su marido que a cada rato le estaba reclamando que lo protegía mucho, que le prestaba más atención que a los otros dos, sin embargo Carlota seguía sintiéndose orgullosa de su hijo.

Mientras tanto, Carlota seguía siendo muy apreciada por todas las vecinas de la colonia Morga, no había una sola que no la parara en la calle para pedirle un consejo, para contarle sus problemas, o bien para hacer un comentario sobre la personalidad de su hijo Ramiro.

Los saludos y los buenos deseos de los vecinos la llenaban de contentamiento, sentía que no le faltaba nada, que la dicha estaba con ella y que en cualquier momento sus hijos terminarían sus estudios y llegarían a ser unos buenos profesionistas, pero lo que más le entusiasmaba era su hijo predilecto Ramiro, en quien había puesto todas sus esperanzas.

Pasó el tiempo, Ramiro ingresó a la escuela preparatoria de la Universidad, se encontraba ya en el último semestre para terminar sus estudios, sus hermanos Daniel y Gonzalo estaban ya en la misma secundaria donde había estudiado su hermano mayor.

Una mañana Ramiro no pudo levantarse para ir a la preparatoria, estaba ardiendo en calentura y tenía vómitos, Carlota, que tenía experiencia en el conocimiento de algunas yerbas, le preparo un té, y le dijo que para mañana estaría bien.

Ramiro empeoraba cada día más, su semblante iba palideciendo, cualquier cosa que comiera de inmediato la echaba, las calenturas no cesaban y lo más curioso era que el cuerpo se le empezó a llenar de pequeñas ampollas, como sí tuviera sarampión, pero más pronunciado, fue entonces cuando empezó el verdadero calvario de Carlota, las largas esperas en la clínica del seguro social, muestras de sangre, excremento, orina, para analizarlo, una y otra vez, Ramiro empezaba a tomar la forma de un cadáver, Carlota no se separaba ni un instante de él, los vecinos le demostraban su solidaridad, algunos le llevaban remedios caseros, imágenes de santos y hasta oraciones que resultaban milagrosas y habían causado efecto en otros casos.

Hasta que por fin una mañana llegó un mensajero de la clínica del seguro, para avisarle a Carlota que la necesitaban de urgencia, que fuera sola sin el enfermo, no le dieron más información a pesar de que ella lo pedía.

Les encargó a sus otros hijos a Ramiro y salió corriendo, algo le decía muy adentro que era algo relacionado con la enfermedad de su hijo y, en efecto, no se equivocó, cuando llegó a la clínica la pasaron al privado del director.

  • Señora, la mande llamar porque tengo algo que comunicarle, después de los estudios que le hemos hecho a su hijo tenemos los resultados, su hijo tiene SIDA.

La palabra SIDA retronó en sus oídos como si se tratará de un eco que se repetía muchas veces, sida, sida, sida.

Rápidamente llegaron a su mente las palabras del padre Benigno, que muchas veces les dijo que el SIDA era una enfermedad del diablo, que todos aquellos que llegaban a adquirir ese mal es porque tenían pacto con el demonio, solo los perversos, los que están alejados de la senda del bien llegan a tener esa enfermedad que es la enfermedad del infierno.

Rápidamente reflexionó “pero mi Ramiro no es malo, es un muchacho muy bueno, nunca ha faltado a misa los domingos, se confiesa los viernes primeros de cada mes, no es malo, tal vez por eso le respondió al doctor”.

  • Pero mi hijo, no es malo, no puede tener esa enfermedad, debe de haber una equivocación.
  • Señora, no se trata de que sea bueno o malo, estamos hablando de una enfermedad mortal, para la que no existe cura.
  • Pero debe de haber un error, él no debe tener eso.
  • Las pruebas fueron enviadas a la ciudad de México, los resultados nos acaban de llegar y no dejan ningún margen de duda.
  • Pero, entonces qué voy a hacer.
  • Desgraciadamente para esa enfermedad no hay nada qué hacer, le daremos algunos medicamentos para mitigar el dolor y mantenerlo dormido, pero no puedo engañarla, no hay nada más que se pueda hacer.

Al llegar a su casa, el panorama fue aterrador, Ramiro se consumía en la cama, las ampollas en el cuerpo empezaban a supurar un líquido amarillento, se le notaban los huesos por debajo de la piel, la cara tomó el color verde oscuro de la muerte.

  • ¿Qué te dijeron en la clínica? ¿Qué es lo que tiene?

Tuvo que mentir, todo era preferible antes de hablar de la enfermedad.

  • Nada, nada, todo está bien, le van a dar la medicina adecuada para que muy pronto se recupere.

Matías su esposo, que ya estaba desesperado ante el cuadro que presentaba su hijo, no pudo aguantar más y estalló contra su mujer.

  • A mí no me puedes engañar, dime la verdad, este muchacho tiene algo malo y nos lo estás ocultando.

Carlota no hubiera querido gritar lo que gritó, “tiene SIDA, lo oyes, tiene SIDA”.

Esa palabra se escapó por las ventanas, por debajo de las puertas, recorrió las calles de la colonia Morga, se metió a las casas de todos los vecinos, las mujeres se cruzaban la cara con la señal de la cruz, era la peste que había llegado a la colonia.

Para Carlota no solo fue la enfermedad mortal de su hijo la que la tenía sumida en la desesperación, fue también la indiferencia de los vecinos que le fueron cerrando las puertas, ya no la detenían en la calle para pedirle un consejo o platicarle sus penas, ahora le sacaban la vuelta y le negaban el saludo. Para colmo una mañana su esposo Matías la culpó de lo que estaba ocurriendo.

  • Esto no es más que tu culpa, lo protegiste de más, siempre fue el de tus preferencias, ahora estas son las consecuencias, quién sabe con quién se habrá metido para que le haya resultado esta enfermedad.
  • Pero Matías, cómo puedes hablar de esa manera de tu hijo.
  • Desde hace días te quería decir que estoy pensando en dejarlos, me están ofreciendo un trabajo fuera y ya lo acepté.

De pronto Carlota se vio sola con el problema de Ramiro, las vueltas a la clínica en busca de algún medicamento que pudiera calmar los vómitos del enfermo, la indiferencia de los vecinos que veían a la familia como si todos estuvieran infectados por el mal.

Daniel y Gonzalo ya no pudieron asistir a la escuela secundaria porque sus compañeros se negaban a estar con ellos en el mismo salón, una mañana en que Carlota salió a la calle descubrió un letrero pintado en la pared de su casa que decía: “en esta casa vive un sidoso”.

Una mañana fría del mes de enero, Ramiro dejó de vivir, no era ni tan siquiera la sombra de aquel muchacho guapo y elegante que arrancaba la admiración de las mujeres, la enfermedad lo convirtió en un cadáver consumido y lleno de llagas.

Se instaló en su casa la capilla funeraria para velar los restos de Ramiro, ningún vecino se paró en la casa, ni tan siquiera Matías, al día siguiente fue llevado al panteón de Oriente en donde únicamente Carlota y sus hijos estuvieron presentes, entre los tres ayudaron a llenar de tierra el frío hoyo que se abrió en la tierra y que cubrió la caja de madera en que estaba el cuerpo del infortunado joven. El padre Benigno mandó decir con uno de sus monaguillos que no podía oficiar la misa de difuntos, porque iba a estar fuera, que lo dispensaran.

Pero las cosas no terminaron con la muerte de Ramiro, parecía que la enfermedad seguía acechándolos, para los vecinos Carlota y sus hijos significaban el mal y al mal había que combatirlo, se sentía como una extraña en el barrio que tantos años había vivido y donde pensaba que había adquirido un lugar, pero no era así, los que antes la saludaban y la buscaban ahora la evadían.

Doña Marcela, que era dueña de la tortillería “La flor de canela”, habló con ella en la trastienda como si temiera que la fueran a ver y le dijo:

– Mira Carlota, las cosas para ti siguen siendo muy duras, estas gentes jamás te van a perdonar y mucho menos a aceptar de nuevo, véndeme tu casa, te pago una buena cantidad por ella y de coleada te doy una casita que tengo en la colonia “Lorenzo Apodaca”, allá nadie te conoce y podrás empezar una nueva vida, la cantidad que doña Marcela le entregó por la casa en realidad era muy por debajo de lo que su vivienda costaba y la casa que le otorgó a cambio en realidad era solamente dos cuartos a medio terminar en una de las colonias más alejadas de la ciudad en donde no había pavimento, ni agua potable ni drenaje, los vecinos tampoco le hablaban porque la consideraban una desconocida, pero cuando menos no la insultaban con la enfermedad que llevó a la muerte a su Ramiro.