“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

El niño que no sabía hablar

Tenía ya seis años de edad y jamás había pronunciado una sola palabra, por más esfuerzos que Estela, su madre, hacía por enseñarle los sonidos repitiéndole una y otra vez las sílabas como si se tratara de una maestra.

  • A ver mi amor, di, ma… má.

En la clínica de Salubridad donde logró que lo atendieran sin cobrarle, ya que no tenía derecho al IMSS ni al ISSTE, por no ser trabajadora de ningún lado, el especialista le dijo que el niño no tenía nada, que simplemente no quería hablar, que tuviera paciencia y que a lo mejor con el tiempo solo empezaría a pronunciar palabras, que por lo pronto le fuera enseñando algunas letras para que le ayudara a motivarse.

Alfonso fue el primero y único hijo de Estela, sus ojos le recordaban a Librado, el hombre al que se había entregado por amor, según le decía a sus amigas, no importaba que no se hubieran casado ni por la Iglesia ni por el civil, total para qué -decía la muchacha- si nos queremos que más puede pasar si no tenemos en regla nuestra situación.

Cuando le dijo el doctor que estaba embarazada, corrió al cuarto que tenían rentado en la vecindad de la calle de Luna, para esperar a Librado que saliera del trabajo y darle la noticia, estaba feliz, solo le pedía a Dios que fuera niño y que se pareciera a Librado.

Cuando llegó antes de que pudiera darle la noticia Librado se le adelantó para decirle que lo acababan de correr del trabajo en la Impregnadora Guadiana, que se había echado a perder una gran cantidad de material y que todos le echaban la culpa a él, no le dieron siquiera tiempo de defenderse, menos alguna indemnización, lo amenazaron con dar aviso a las autoridades para que lo metieran a la cárcel, fue así como salió sin nada, como había llegado.

Estela ya no tuvo valor para comentarle nada, lo vio muy abatido sobre todo cuando le dijo que había pensado salir esa misma noche para Ciudad Juárez, en donde tenía unos familiares que lo podrían ayudar a pasar para el otro lado, le prometió que en cuento estuviera instalado y con trabajo le mandaría dinero para que se fuera para allá.

Estela ya no pudo decirle nada, permaneció callada, pensaba solamente en el hijo que llevaba en las entrañas. Librado tal y como se lo había dicho se fue a buscar trabajo a los Estados Unidos, sin saber que estaba por nacer un hijo suyo.

De esto ya han pasado casi seis años y ni la carta ni el dinero que le prometió Librado han llegado a la vecindad donde vive Estela, a veces piensa que Librado ya se olvidó de ella y que nunca regresará ni tan siquiera a conocer a su hijo. Mientras tanto continúa lavando y planchando ropa ajena que es la manera como se ha mantenido ella y su hijo desde que se fue Librado.

Alfonso, su hijo, le puso así para recordar a su padre que se quedó en el rancho cuando ella se fue con Librado para esta ciudad, y al que nunca ha vuelto a ver, a pesar de que está solamente a tres horas de camino, siente vergüenza de llegar con la criatura en los brazos y decirle que Librado se fue para el norte y no ha regresado.

Alfonso es un niño muy listo, de grandes ojos negros que miran para todos lados, a pesar de que nunca ha pronunciado palabra, sin embargo ha ideado un sistema de comunicarse, siempre tiene en su mano una cuchara con la que golpea cualquier cubierta cada vez que quiere que lo atiendan.

Golpea una y otra vez, hasta que logra que lo tomen en cuenta, después señala con la misma cuchara qué es lo que quiere; Estela ha aprendido a entenderlo por medio de su manera tan especial que tiene de comunicarse.

Mientras su madre plancha la ropa que a diario le llevan las vecinas, Alfonso permanece sentado en una pequeña silla con su cuchara en la mano, Estela no tiene amigas ni nadie a quien contarle sus problemas, no tiene tiempo para esas cosas, el trabajo es mucho y hay que cumplirlo, le dice a su hijo, que se ha convertido en su único amigo a quien le cuenta todo lo que piensa sobre la vida, el niño permanece callado, solamente la mira como si entendiera todo lo que su madre le está platicando.

Cuando siente hambre, golpea la cubierta de la mesa con la cuchara y enseguida señala la cocina o cuando siente sueño hace lo mismo y señala la cama, ese es el sistema que ha ideado para comunicarse con el único ser que ha conocido en sus seis años de vida, su madre.

Había llegado el 24 de diciembre, mientras que en todas las casas se preparaban a celebrar la Navidad, Estela continuaba planchando la ropa que tenía que entregar al día siguiente, Alfonso como era costumbre se encontraba sentado en su pequeña silla de madera, mirando fijamente a su madre, de pronto a Estela se le ocurrió una idea y le dijo a su hijo:

  • Alfonso, sabías que hoy es Noche Buena y mañana será Navidad, ¿quieres que te cuente una historia de Noche Buena?

Dos golpes de la cuchara sobre la cubierta fue la señal afirmativa del niño, lo que Estela ya sabía de memoria.

– Bueno, pon mucha atención: hace muchos años en un pequeño pueblito había un niño que no podía caminar, así nació y sus piernas no lo obedecían para dar pasos, sus padres eran muy pobres para poder pagar el costo de la operación que les habían dicho podría ser la solución para que el niño caminara. En un 24 de diciembre como el de hoy, el niño se asomó a la ventana de su cuarto y vio una estrella en el cielo que brillaba más que las otras estrellas, se le ocurrió pedirle con todo su corazón a esa estrella que lo ayudara a caminar, quería correr, jugar, saltar, subir a los árboles como lo hacían los demás niños, le dijo a la estrella que aunque fuera solamente por un día, no importaba, quería ser como los demás.

Al día siguiente -le dijo Estela- el niño aquel sintió sus piernas, cosa que nunca había sentido desde que nació, se levanto de su cama y empezó a dar pasos, de pronto salió a la calle y empezó a correr ante la sorpresa de todos que no se explicaban qué era lo que había sucedido para que el niño caminara, solamente él lo sabía, era la estrella de la Navidad.

Alfonso permanecía inmóvil escuchando la historia que le había contado su madre, con los ojos más abiertos que de costumbre y cuando Estela le dijo que de esa manera terminaba la historia de Navidad, Alfonso golpeó tres veces la cubierta de su mesa, señalando la ventana del cuarto que daba al patio de la vecindad.

  • ¿Quieres ir a la ventana? ¿Pero para qué?

Alfonso volvió a señalar con la cuchara la ventana del cuarto.

  • Está bien, está bien, vamos a la ventana.

Estela lo subió a un pequeño marco que dividía el vidrio con el cuarto, Alfonso buscó con sus grandes ojos negros en el cielo y de pronto descubrió una estrella que brillaba más que las otras, le señaló a su madre lo que había descubierto.

  • Ah, con que era eso lo que buscabas, la estrella de Navidad, qué listo eres, pues ahora pídele un deseo.

El niño como única respuesta golpeó tres veces la cuchara sobre el marco de la ventana y señaló nuevamente la estrella.

  • Ya sé lo que vas a pedirle, que te permita hablar como los demás niños.

En esta ocasión Alfonso no golpeó la cuchara, siguió mirando la estrella de Navidad, con esos ojos grandes y negros, que reflejaban una mirada limpia, una mirada dulce, la mirada de los niños, que con solo fijar sus ojos lo dicen todo.

De pronto Estela recordó que aún le quedaba mucho por planchar de la ropa que tenía que entregar al día siguiente; tomó al niño en sus brazos y lo sentó nuevamente en su silla, ya sin decir nada se entregó a su labor de planchado, pasado un buen rato miró al niño que se había quedado dormido.

Qué raro -pensó- siempre me avisa cuando tiene sueño, a lo mejor no le dio tiempo de golpear su cuchara.

Lo levantó en sus brazos y lo llevó a la cama, como lo hacía todas las noches, le hizo la señal de la cruz en su frente y le quitó la cuchara de su mano, la que puso en el buró, sabía que por la mañana el niño la tomaría nuevamente, era su vehículo de comunicación con su madre.

Antes de retirarse se le quedó mirando y dijo en sus adentros “cada vez se parece más a Librado, es su vivo retrato”. Estela se retiró a su mesa de planchado y siguió con su trabajo, se le vino a la mente la imagen de Librado, el tiempo en que permanecieron juntos, lo dulce que era, todos los planes que habían hecho juntos, no se explicaba por qué no había regresado ni tan siquiera una carta, no quiso pensar más en esto y recordó que tenía a su hijo, la razón de su vida.

A la mañana siguiente se levantó muy temprano como lo hacía todos los días, miró a su hijo que aún seguía dormido y le notó una extraña sonrisa en la cara, le acarició el pelo y se dispuso a seguir con su trabajo; los gritos de los niños en el patio de la vecindad jugando con sus regalos que les había traído el Niño Dios, le hicieron recordar que era el día de Navidad, no había podido comprarle nada a Alfonso, pagó la renta y se quedó sin dinero, pensó que más tarde cuando le pagaran la ropa que estaba por entregar lo llevaría al centro y como en otras ocasiones el niño escogería lo que le gustara pegándole al cristal del aparador con su cuchara.

 Escuchó unos golpes en la puerta de su vivienda y pensó “es doña Mercedes, que viene por su ropa”. Se apresuró a abrir y casi se va para atrás, era Librado el que estaba en la puerta, tenía en sus manos una caja grande de regalos.

  • ¡Pero Dios mío, si eres tú!
  • Claro que soy yo, no pude escribirte porque me encontraba trabajando en una isla del Pacífico, en donde no había comunicación, solo trabajo, logre ahorrar lo suficiente para poner un negocio aquí y empezar una nueva vida.
  • Ven para que conozcas a tu hijo.
  • ¿A mi hijo?
  • Te lo iba a decir el día que te fuiste, pero te vi tan abatido que no pude hacerlo.

El niño continuaba durmiendo, pero ahora la sonrisa era más pronunciada en su rostro; Librado le acarició el pelo y un par de lágrimas corrieron por sus mejillas.

– Ya verás como de aquí en adelante las cosas serán diferentes, haremos de nuestro hijo un hombre de bien, que tenga estudios y sea respetado por todos.

Salieron del cuarto en que dormía Alfonso y cuando Librada iba a comentarle sobre el problema del niño que no había pronunciado palabra en seis años, se escuchó una débil voz que decía “Papá, papá”.

Alfonso soñó esa noche que de la Estrella de Navidad, que había visto por la ventana, salía una bella mujer vestida de blanco que acariciándole la cara le decía “¿qué es lo que quieres pedirme Alfonso?”.

  • Yo solamente quiero que venga mi papá para estar los tres juntos.
  • Si ese es tu deseo, haré que venga tu papá, pero no solo eso, también podrás hablar.
  • Pero ¿cómo?
  • Solo es cuestión que tú lo quieras, nada más inténtalo.

A manera en que la bella dama se iba retirando hacia la estrella le iba diciendo “recuerda Alfonso, solo inténtalo y podrás hacer todo lo que quieras”.