“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

Existe en nuestro estado una leyenda que ha sido contada de generación en generación. Y que nos habla de lo que provoca la ambición en algunas personas cuando se trata de obtener riquezas de la manera fácil y sin que les cueste trabajo, esta leyenda se refiere a tres hermanos, sí, en efecto, eran tres hermanos de una misma madre y mismo padre, Lorenzo el mayor, Pedro el siguiente y Mauricio el más chico, con una diferencia de un año a lo mucho en sus edades. Pero el hecho de haber nacido en buena familia no fue motivo suficiente para que estos tres hermanos no se convirtieran en unos verdaderos pillos.

Los tres habían servido a las órdenes del conquistador don Hernán Cortés, cuando este salió de España para emprender la aventura de descubrir el imperio de los aztecas y fundar la Nueva España.

Cuando el viejo conquistador fue cesado de sus funciones como Virrey representante de la corona española y ordenado su traslado a la península Ibérica, por órdenes del emperador, muchos de sus hombres lo abandonaron y se quedaron en estas tierras a cometer toda clase de desmanes, ya sin el mando militar sobre ellos, los hombres que habían llegado con el capitán Cortés se convirtieron en el azote de los indígenas y sus propiedades. Como fue el caso de los tres hermanos que se dedicaron a cometer toda clase de fechorías no solo a los indígenas de estas tierras, sino también a sus propios paisanos que en muchas ocasiones sintieron el rigor de verse asaltados en sus domicilios por este trío de malandrines.

Muy pronto en toda la Nueva España se corrió la fama de estos tres hermanos que habían hecho del robo y el asalto su mejor forma de vivir, pero también desgraciadamente fueron conocidos sus atropellos y crímenes que casi a diario cometían.

Esto llegó a oídos del mismo rey de España, quien ordenó de inmediato se pusiera fin a estos atropellos que manchaban la imagen de la Corona.

Fue así como se inició una persecución de estos tres facinerosos con la orden de detenerlos vivos o muertos.

Los tres hermanos sintiéndose acorralados decidieron abandonar el centro del país y emprender la huida hacia el norte, fue así como llegaron a tierras de la Nueva Vizcaya, lo que se conoce hoy en día como el Estado de Durango.

Esta provincia apenas empezaba a formarse, se iniciaba la construcción de la Catedral y a su alrededor surgían las primeras casas de los nobles españoles que habían decidido asentarse en estas tierras que prometían por ser de una calidad insuperable.

Los tres hermanos llegaron a la Nueva Vizcaya, con la intención de saquear en todo lo posible a esta naciente población, sobre todo cuando se dieron cuenta de que no contaba con una guardia militar que les pudiera impedir realizar sus fechorías.

Pedro al mayor y el más sensato de los tres se le ocurrió de pronto la idea de que si esta población careciese de guardia militar qué mejor que ellos se podrían convertir en los guardianes del orden desde luego cobrando sus servicios y haciendo los negocios más lucrativos que se pudieran presentar.

Se apoderaron de la mejor casa donde montaron su cuartel general y empezaron a cobrar una serie de impuestos que puso en predicación a todos los habitantes de la Nueva Vizcaya.

En realidad estas provincias se encontraban completamente aisladas de la capital de la Nueva Vizcaya, resultaba muy difícil el tener comunicación con las autoridades de la guardia real, ya que esto significaba cuando menos un par de meses de camino y el riesgo de perecer en el intento, por lo tanto a los residentes de esta ciudad no les quedaba de otra más que soportar a estos tres bandoleros.

Pasó el tiempo y las cosas iban de mal en peor, ya eran muchos los atropellos que estos hermanos cometían con los pacíficos colonizadores de la Nueva Vizcaya.

En una ocasión llegó un viajero a la ciudad, de nombre Mariano Abella de la Cruz, buscando posada para pasar la noche, no faltó una de las familias que le ofreció un lugar en donde dormir y matar el hambre; el hombre en agradecimiento les regaló una pequeña pepita de oro de las varias que llevaba en su alforja, y les contó que era español de la provincia de Santiago de Compostela que había venido a tierras de la Nueva España en busca de oro, que había recorrido casi todo el territorio y que en realidad era muy poco lo que había encontrado, que estaba pensando en regresarse a su lugar de origen si en los siguientes días no encontraba algún negocio próspero que lo hiciera quedarse.

La familia que le brindó posada y comida, a su vez, le comentaron las penalidades que estaban pasando con la presencia de los tres hermanos que se habían apoderado por completo de la ciudad y autonombraron autoridades.

Esto interesó de alguna manera al viajero, quien les propuso que él podría terminar con el trío de bandoleros, si a cambió le aseguraban el cargo de alcalde de la ciudad con un sueldo decoroso que le permitiera vivir plácidamente.

A la familia le interesó la propuesta y pronto se comunicaron con los demás moradores de la ciudad y emprendieron una junta en la que se acordó aceptar lo que el viajero proponía.

 A la mañana siguiente el viajero empezó a poner en marcha su plan, se encaminó hasta la casa que servía de cuartel general a los hermanos y mostrándoles las pepitas de oro que llevaba consigo, les dijo:

  • Conozco un lugar que se encuentra como a tres días de camino de esta ciudad, en donde existe una montaña de puro oro, el oro más puro que se puedan imaginar, nada más es cuestión de tomarlo para convertirse en los hombres más ricos del mundo; el único inconveniente que existe es que este cerro está custodiado por una docena de indígenas que no permiten que se tome ni un gramo del precioso metal.
  • Pero ¿es verdad lo que nos estás diciendo?
  • Claro, por eso estoy aquí, con la ayuda de cuando menos tres hombres podré quitar de en medio a los indígenas que cuidan del cerro y tomar todo el oro que sea posible, desde luego que lo pienso compartir con quien me brinde la ayuda.

La codicia brilló en los ojos de los tres hermanos y aceptaron salir al día siguiente hacia el lugar que aseguraba el viajero se encontraba el cerro de oro.

Los asombrados habitantes de la Nueva Vizcaya vieron cómo salían por la calle principal los tres hermanos acompañados del viajero rumbo a la sierra por el camino de Coyotes, viajaron todo ese día y parte de la noche y ya por la tarde, cerca de una cordillera (que hoy se conoce como el Espinazo del Diablo) el viajero les señaló una cueva que se encontraba en un costado de la montaña, y les dijo:

  • Habrá que dejar a los caballos pastando y seguir a pie, al final de esa cueva, dentro de la montaña, se encuentra el pequeño cerro de oro del que les he hablado, pero para eso tenemos que atarnos a la cintura este grueso y resistente cordel para no perdernos dentro de los laberintos de la cueva; yo iré adelante y ustedes me seguirán, ataremos el cordel a la entrada de la cueva y de esta manera saldremos sin dificultad puesto que la cuerda misma nos guiará.

Los tres emprendieron la marcha con la cuerda atada a su cintura, en efecto la cueva estaba llena de pasadizos y laberintos que el viajero con mucha facilidad recorría, de pronto los hermanos no vieron más al hombre que les servía de guía y que llevaban como a cinco metros de distancia, jalaron la cuerda y solo se encontraron con la punta en las manos.

Después de seis días, los habitantes de la capital de la Nueva Vizcaya vieron entrar por la calle principal de la ciudad al viajero que montado en su caballo jalaba a otros tres pero sin sus respectivos jinetes.

Cuenta la leyenda que son muchos los arrieros que recorren la sierra que han escuchado por la montaña los gritos desgarradores de tres hombres que claman ayuda para salir de los laberintos de la cueva, pero que hasta hoy nadie ha podido dar con ella, pero los gritos desesperados aún se siguen escuchando, son gritos desgarradores de hombres que claman ayuda, pero como les decía, ninguno de los viajeros ha encontrado la entrada de la cueva que según cuenta la leyenda desapareció de la noche a la mañana.