“El cuento del Ramadán “, por Salvador de la Rosa

 

El despertar del amor

Como sí se tratara de verdaderos asaltantes del camino moviéndose en la oscuridad, tres jóvenes, casi unos niños, se escabullían lentamente entre los matorrales del campo bravo zacatecano, casi a rastras avanzaban hacia los cercados para no ser detectados por los caporales. Miraron hacia los lados y esperaron un momento antes de brincar la barda de piedra que cercaba la ganadería.

Los tres estaban resueltos a sufrir las consecuencias que se pudieran presentar, habían acordado un día anterior, en la pequeña vivienda que tenía José Gómez “Pepete” que partirían al campo para ir en busca del toro, tomarían un camión que los llevaría a la población de Sombrerete y de ahí en aventón hasta la ganadería de don José Julián Llaguno, que se encontraba en los límites del municipio de Saín Alto, Zacatecas, procuraron llegar de noche, para que amparados en las sombras apartar uno de los toros que pastaban en la ganadería y torearlo a sus anchas, al menos eso tenían en mente, aunque las cosas no siempre resultaban como se planeaban.

Dijo resuelto el más joven de los tres, Andrés Martínez, a quien apodaban “El Zarco” por sus profundos ojos verdes, pero de un verde oscuro que le daban una personalidad única.

  • Miren nada más qué toros tan hermosos están pastando, hasta parece que me están esperando para que les ponga la muleta enfrente, no me puedo hacer del rogar, al fin y al cabo nadie quiere darme la oportunidad, tengo que probar si en realidad sirvo para esto, porque si no es así, para dedicarme a otra cosa, pero solo lo sabré poniéndome frente al toro.
  • Tienes razón, Andrés, nunca sabré si en realidad sirvo para torero, hasta que me ponga frente al toro -esto lo decía Antonio Gómez, uno de los tres maletillas- ya me quemo por dentro saber qué se siente pasarse a un toro por la cintura, ya fue mucho el estar toreando solo de salón, tenemos que experimentar con un toro de verdad.
  • Tienen razón, yo también le entro con ustedes y que pase lo que tenga que pasar.

Gerardo y Antonio eran los otros dos amigos del “Zarco” que soñaban con ser toreros, los tres curiosamente tenían 16 años cumplidos, pero Andrés era el que manifestaba menos edad de los tres, pero era el que más resuelto estaba a hacerse torero a como diera lugar.

Aquella noche habían llegado a las afueras de la ganadería de don José Antonio Llaguno, en un viejo camión de volteo que los levantó a la salida de la población de Sombrerete, les dijo el chofer que si querían viajar en la parte de atrás que se subieran.

No era como para pensarlo dos veces, acurrucados uno contra otro, y tapados con sus viejos capotes de brega, soportaron todo el viaje hasta la ganadería, el chofer los despidió de buen agrado y les entregó unas tortas que le habían sobrado de su comida, las cuales les cayeron de perlas, ya que ninguno de los tres había probado alimento.

Esperaron dos horas más a que oscureciera, tirados entre los matorrales, mientras cada uno recordaba los consejos que les había dado “Pepete” la noche anterior en el cuarto de la vecindad y que tenía algunos años de andar en la brega buscando la tan ansiada oportunidad. No se olviden –les dijo– tienen que brincar los cercados de las ganaderías lo más rápido posible, pero esto lo tienen que hacer solo de noche, se meten en los corrales donde estén los toros más cercanos al cercado, cortan el que mejor les parezca sin importar su tamaño, peso o edad y empezar a pegarle capotazos; cuando se escucharan los cascos de los caballos de los caporales, es el momento de correr en direcciones distintas y que sea lo que Dios quiera.

Este consejo lo tenían bien grabado en sus mentes, por eso escogieron un lugar frente al cercado en donde se veían pastando como 10 toros, Andrés fue el primero en hablar:

  • Venga, creo que este es el momento, vamos a entrar, yo corto al toro y ustedes se hartan de torear, después me dejan “las tres” para darle una probada.

En efecto Andrés, con la muleta en la mano se enfrentó a un toro grande y gordo, que pastaba muy quitado de la pena bajo la luz de la luna, ante la mirada atónita de sus compañeros, lo llamó dos veces:

  • ¡Eh, venga toro, venga bonito!

El animal al ver la figura del muchacho que agitaba un trapo rojo se lanza al trote sobre lo que llamaba su atención.

Andrés trató de darle salida con un ayudado por alto, que lo había practicado muchas veces en el toreo de salón bajo la mirada de su maestro Javier Arroyo “Arroyito” que le había dicho que cuando un toro se arranca de largo, lo mejor es sacarlo por alto.

Pero el toro no obedeció a la muleta que le presentaba Andrés, se fue sobre el bulto, sobre el muchacho, lo prendió y lo lanzó por los aires como si se tratara de un frágil muñeco, el animal buscó al joven maletilla para rematarlo, pero la intervención de un caporal que interpuso su caballo entre el muchacho y el toro evitó una verdadera tragedia.

Andrés sangraba por el vientre, la camisa que era blanca estaba tinta en rojo, el vaquero subió al joven a su caballo y lo llevó de inmediato a la casa del ganadero, no podía dejarlo que se desangrara y muriera entre los matorrales.

Cuando Andrés despertó vio la figura borrosa de una bella y joven mujer, que poco a poco se fue aclarando ante su vista, quiso levantarse a la vez que preguntaba:

  • ¿En dónde estoy?
  • No te muevas, tienes un fuerte “cate” en el estómago, el médico batalló mucho para pararte la hemorragia, por poco y en este momento estarías bajo tierra.
  • ¿Pero? ¿Qué fue lo que pasó?
  • ¿Que no recuerdas? Quisiste pegarle unos pases a un semental, pero te paraste frente al semental más viejo de la ganadería, ese toro se las sabe de todas, todas, qué puntadas las tuyas.
  • ¿Y mis compañeros? ¿En dónde están?
  • Esos están bien, hace dos días que se regresaron a su tierra muy asustados, mi padre no quiso que se quedaran, le molesta mucho que vengan a maltratar a los toros.

Andrés nuevamente se volvió a quedar dormido, la muchacha se quedó contemplándolo y un raro estremecimiento que no había sentido jamás recorrió su cuerpo.

Andrés estuvo en cama un par de semanas más, siempre atendido por Violeta, la hija del ganadero, que se esmeraba en el cuidado hacia el muchacho, hasta que pudo ponerse en pie y empezar a caminar, todas las tardes se sentaban sobre la barda de uno de los corrales en donde estaban los toros que serían embarcados para las diferentes plazas del país.

Don José Julián Llaguno los miraba desde la ventana de su pequeño despacho y recordaba que su hija ya había entrado a la edad en que una mujer se tiene que fijar en un hombre.

  • Violeta, me doy cuenta que te pasas mucho tiempo junto a ese muchacho, te recuerdo que es un maletilla, un vago, que toman como pretexto lo del toro para no hacer nada, no estudian ni tienen un oficio.
  • Pero, papá, ¿por qué dices eso? Yo solo me preocupo porque se reponga de la herida.
  • Bueno, lo que dices me consuela, no me gustaría llegar a tener un disgusto contigo.

Violeta sabía que le había mentido a su padre, que Andrés había despertado en ella una pasión muy agradable, que solamente quería estar cerca de él; lo mismo le pasaba al muchacho, nunca había conocido a una joven tan bella y agradable como Violeta, y a punto estuvo muchas veces de decirle que la quería.

Después de 15 días más de convalecencia, el ganadero mandó llamar a su despacho al joven aspirante a novillero.

  • Mira, muchacho, me molesta mucho que se metan a mi ganadería y me echen a perder a los toros, por si no lo sabes, un toro toreado no lo puedo mandar a ninguna plaza porque sería un acto criminal; no quise dejarte morir en el campo ni tampoco te entregué a las autoridades como era mi obligación, independientemente de todo lo que hicimos por ti, te voy a pedir un favor, no te metas con mi hija, es lo único que tengo en la vida, su madre murió cuando ella nació, nunca ha salido de la ganadería y desconoce las cosas del mundo.

Muy temprano sin que todavía amaneciera, Andrés salió a bordo de una camioneta de la ganadería, un empleado tenía instrucciones de llevarlo hasta Durango, en el camino un par de lágrimas salieron de sus ojos y en su mente bailó la idea de dejar los toros y dedicarse a otra cosa que le hiciera olvidar sus sueños de ser una figura grande del toreo.