“El Cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

Cuentos de Semana Santa

UN DOMINGO DE PALMAS

Aquella tarde la plaza de toros estaba llena a reventar, era una tarde de domingo ideal para una corrida de toros, todo estaba listo para que se celebrara el festejo más importante en la vida taurina de la ciudad de Durango, se trataba de la “Corrida de Domingo de Palmas” con lo que se daba inicio al serial de la Semana Santa.

Esta corrida era una de las más esperadas dentro del ambiente taurino de México, no solamente por la afición taurina de todo el país, también por los matadores que deseaban participar en este serial que se celebraba año tras año durante el transcurso de la Semana Santa.

Este año la corrida del domingo de palmas revestía una importancia muy especial, ya que se había anunciado la participación de la joven promesa del toreo mexicano Rafael García “El Seminarista”, que tomaría la alternativa como matador de toros de manos del maestro Lorenzo Flores y como testigo de honor estaría el también maestro de la tauromaquia Pascual Torres “El Pausado”.

A Rafael García se le conocía con el mote del “Seminarista” porque estuvo un par de años como alumno del Seminario Menor, en esta ciudad de Durango, del que escapó una noche para salir en busca de su verdadera vocación que era el toreo, ante la desilusión de sus padres, que se habían hecho a la idea de que su hijo llegaría a ser un cura de Iglesia.

En realidad “El Seminarista” pertenecía a una generación de aspirantes a toreros que se distinguían por haber andado en la verdadera “guerra”, de esos maletillas que han pasado por cornadas graves provocadas por toros con años y con mil mañas,  que ya habían sido corridos en varias ocasiones en otros cosos; haber pasado por verdaderas hambres dejando de comer un día y otro también, malos tratos de vaqueros y ganaderos, días enteros en huelga de hambre afuera de las plazas para que les dieran una oportunidad.

Esta generación de “maletillas” del toreo tienen siempre un sueño y su único anhelo es estar frente a un toro y saber si en realidad posen la capacidad y valentía suficientes para ser toreros.

En el caso de Rafael García empezó desde muy joven, a la edad de 12 años ya se le veía caminar por esos senderos polvorientos junto a otros “maletillas” soñadores del toreo como: Javier Arroyo “Arroyito”, Juan García “Condeno”,  Tomás Fuentes “Tabaco”, Lorenzo Gómez “El Artista”,  que también fueron toreros de alternativa.

Rafael García, junto con media docena de maletillas igual que él, salían desde muy temprano a esperar la pasada de los camiones de carga que cubrían la ruta a Zacatecas y con permiso o sin permiso del chofer se trepaban en la parte trasera del camión y de esta manera viajaban hasta el municipio de Saín Alto, en donde merodeaban por las ganaderías hasta lograr que se les diera oportunidad de participar en las faenas de tienta, no sin antes haber realizado unas cinco horas de faenas duras de campo para ganarse el derecho a torear una vaquilla.

De toda esa palomilla  de “maletillas” soñadores de la gloria del toreo, que acostumbraban juntarse, Rafael era el que más descollaba, por su afición y valentía, era el primero en salirle a todo lo que les permitían torear, tenía ese don que en realidad muy pocos tienen, la llamada “intuición” para entender a los toros, con tan solo ver su desempeño en la plaza, con tan solo ver al toro salir de toriles y la forma en que remataba en los burladeros, sabía cuál era su mejor lado, no fueron pocos los toreros que se dejaron guiar por los consejos de Rafael y en realidad sacaron provecho de sus toros.

 Después de un par de años de andar en la “brega” como maletilla, toreando en los pueblos de Dios, todo lo que saliera por la puerta de los sustos, ganando solamente satisfacciones porque de dinero no se podía hablar, además de que ningún empresario se podía dar el lujo de presentar a un maletilla en su plaza y pagarle, eso estaba completamente fuera de toda realidad. Llegó por fin su presentación de novillero, el sueño dorado de todo aquel que aspira a ser algún día figura del toreo.

Su labor ya como novillero fue exitosa, se presentó por primera vez en su vida vestido de luces en la plaza de la tierra que lo vio nacer, el coso Alejandra, en donde resultó el triunfador de seis novilleros que esa tarde se disputaban el derecho a presentarse nuevamente en una corrida de novilladas.

A partir de ese día, las cosas cambiaron para el torero de Durango, el nombre de Rafael García “El seminarista”, empezó a aparecer en los principales diarios del país, y en revistas especializadas en temas taurinos, los empresarios lo empezaron a ver como un “imán” de taquilla para meter a los aficionados a la plaza, como en realidad así sucedió.

Muy pronto los contratos empezaron a salir, los carteles lo empezaron a anunciar como el nuevo torero de México, recorrió las principales plazas de toros de este país y algunas de Sudamérica  con bastante éxito, para culminar con tres presentaciones en la monumental Plaza de toros México, en donde despertó mucho interés al grado que en la última presentación casi llenó el coso más grande del mundo.

Su ilusión era tomar la alternativa en la plaza Alejandra, aunque le ofrecieron realizar esta corrida en otras plazas del país y en la misma monumental México, prefirió que fuera en el coso taurino de su tierra natal.

Se fijó como fecha definitiva de su alternativa el Domingo de Palmas, con lo que se iniciaba la feria taurina que durante años se celebraba en la plaza de toros Alejandra durante el transcurso de la Semana Santa.

Por eso este cartel llamó la atención de la afición taurina de todo México, de distintas partes del territorio nacional confirmaron su asistencia, ya que el cartel no era para menos.

Rafael había estado entrenando fuerte, durante los últimos 15 días antes de la corrida, el viernes y sábado los tomó de descanso para relajarse y estar listo para el domingo de palmas, que era la fecha para tomar la alternativa.

Se había hospedado en el Hotel Casablanca, de donde pensaba salir vestido de luces rumbo a la plaza, este lugar en realidad le traía suerte, puesto que en muchas tardes había escogido este hotel para vestirse de torero y por lo regular siempre llegaba con las orejas de sus enemigos en la mano.

Aquel mediodía del viernes su apoderado don Miguel Fonseca y él decidieron bajar a comer al restaurante del Hotel Casablanca, ocuparon una de las mesas y se dispusieron a comer.  No habían aún ordenado lo que deseaban cuando se presentaron ante ellos dos hombres vestidos totalmente de negro, un sombrero negro de ala caída les cubría parte del rostro, uno de ellos llevaba un maletín negro colgado de su mano derecha, sin mover uno solo de sus músculos ni demostrar emoción alguna, el que parecía ser el más viejo, preguntó:

  • ¿El matador Rafael García?

Sin salir aún del asombró que les había causado la presencia de esos dos personajes, don Miguel el apoderado, contestó:

  • ¡Es él! ¿Para qué lo buscan?

Los dos hombres vestidos de negro voltearon al mismo tiempo para fijar su mirada en Rafael, al tiempo que uno de ellos manifestaba:

  • Queremos que mañana sábado toree la corrida de Santa Catalina, la santa patrona del pueblo, a la que cada año ofrecemos una corrida en su honor.
  • Pero eso es imposible -continuo hablando don Miguel el apoderado- el matador tiene un compromiso muy importante, mañana es la corrida de su alternativa. Lo que puedo hacer es mandar a uno de los toreros que yo represento.
  • No señor, de ninguna manera, lo que queremos es que la corrida la toree Rafael García, porque así está escrito.
  • Yo no sé si estará escrito o no, pero mi torero no puede arriesgarse a ir a torear a un pueblo, cuando tiene un compromiso tan importante mañana. Lo que podemos hacer es que transfieran la corrida para la próxima semana y entonces ya estaremos hablando de las condiciones.

Los dos hombres vestidos de negro ya no contestaron nada, se concretaron a abrir el maletín que llevaba uno de ellos y le mostraron el contenido al torero y apoderado, al tiempo que decían:

  • ¡Aquí hay 500 mil pesos!, que serán para el maestro Rafael García si accede a participar al lado del torero Antonio Granada en la lidia de esta corrida.

El apoderado don Miguel quiso decirles a los desconocidos que el matador Antonio Granada hacía un par de años que había muerto por cornada de toro en la plaza de “La Luz” en León, Guanajuato, pero pensó enseguida que a lo mejor se trataba de otro torero que estaba utilizando el nombre de ese gran torero. Además le interesaba el medio millón de pesos que estaban ofreciendo aquellos hombres y que a decir verdad ninguna figura del toreo había ganado jamás.

  • ¿Los toros que se van a lidiar son de primera?
  • De la mejor que existe en México, de San Diego de los Padres.
  • ¿Cuánto se hace de aquí al lugar donde se tiene que celebrar la corrida?
  • En un par de horas por carretera estamos ahí.

El apoderado Don Miguel Fonseca miró fijamente a los ojos de Rafael García y con un ligero movimiento de la cabeza le dio a entender que estaba de acuerdo en que lidiara esa corrida. Lo que ofrecían aquellos desconocidos era más de lo que se pudieran ganar en cuatro corridas en plazas de primera categoría, por lo tanto no era momento para desperdiciar tan atrayente oferta.

Quedaron de acuerdo en que un automóvil pasaría al día siguiente sábado a las 12 del día para llevarlos hasta el poblado de Santa Catalina y regresarlos de la misma manera una vez que se hubiera terminado la corrida.

Los dos misteriosos personajes pusieron en manos de Rafael García el maletín que contenía los 500 mil pesos, sin exigir ningún recibo a cambio, solo se concretaron a decir:

  • Lo esperamos mañana en la plaza de toros, matador.

Dicho esto se retiraron y desaparecieron por la puerta del restaurante del Hotel Casablanca con el mismo misterio con el que habían llegado. Rafael García, que no había hablado, le dijo a su apoderado.

  • Todo esto me parece muy sospechoso.
  • ¡Vamos, Rafael!, qué tiene de sospechoso que quieran que torees una corrida en un pueblo, en este momento eres la figura más importante y todos quieren verte en sus plazas, además se trata de una corrida pueblerina, donde estarás como quien dice practicando para el compromiso del domingo.
  • Pues a mí me sigue pareciendo muy sospechoso, sobre todo esos tipos que no dejaban ver sus caras.
  • Mira, Rafael, por esa paga que nos han dejado yo hubiera toreado en el mismo infierno si fuera necesario.

Minutos antes de la doce del día del sábado un carro negro muy elegante se paró a las puertas del Hotel Casablanca, de donde descendió un hombre vestido con el uniforme negro de chofer, se dirigió a la recepción y dijo:

  • Avise al matador Rafael García que vengo por él.

Después de algunos momentos bajó por las escaleras el torero Rafael García, a quien todos llamaban “El Seminarista”, vestía un elegante terno en grana y oro, iba seguido por su apoderado y su mozo de estoques que llevaba la espuerta con todos los implementos que el matador necesitaba para realizar su labor.

El chofer les indicó que el coche estaba a su disposición, cuatro miembros de su cuadrilla vistiendo la plata y seda de los subalternos se encontraban ya dentro de la camioneta que el torero usaba para viajar por las plazas de los estados, con la intención de seguirlos ya que todos desconocían por completo cuál era el lugar en donde se encontraba la plaza que tenían que visitar.

Después de haber caminado por más de dos horas por un camino de terrecería, algunas veces en buen estado y otras realmente difícil, divisaron un pequeño pueblo, que a primera vista parecía deshabitado, no se veía por las calles una sola alma, ni en las puertas de las casas ni en los comercios -a lo mejor están todos en la plaza, pensó don Miguel el apoderado, mientras los vehículos continuaban rodando- de pronto se presentó ante sus ojos una hermosa plaza de toros, digna de la ciudad más importante del mundo, labrada toda en cantera, que al apoderado del “Seminarista” le pareció que se trataba de la Real Maestranza de Sevilla.

Entraron por la puerta de servicio y se dirigieron hacia la capilla de la plaza, que se encontraba frente al patio de cuadrillas, descendieron de los vehículos y entraron en la capilla, una de las más hermosas que habían contemplado jamás.

Algo no estaba bien, se preguntaban todos los miembros de la cuadrilla, los patios y pasillos se encontraban solos, no había el ambiente que suele haber en toda corrida de toros, ni tan siquiera se escuchaba un solo grito de los asistentes en los tendidos, el apoderado trató de calmar a su gente diciéndoles: “Nosotros venimos a torear y eso es lo que vamos a hacer, lo demás no nos importa”.

Cuando se encontraban en el patio de cuadrillas, en espera de que se diera la orden de partir plaza, apareció el otro espada acompañado de su cuadrilla, don Miguel el apoderado se quedó frío al ver la figura del torero que acababa de llegar:

  • ¡Dios mío! Esto no puedo ser, se trata de Antonio Granada, pero si este hombre fue enterrado hace poco más de dos años, yo mismo estuve en su sepelio.

Manuel Gómez, el más viejo de los subalternos de la cuadrilla de Rafael García, se acercó a don Miguel sumamente alterado para decirle:

  • Don Miguel, esto que estoy viendo es imposible, todos los que vienen de subalternos con Antonio Granada hace años que murieron, algunos fueron muertos por cornada de toro, yo mismo estuve en su lecho de dolor y los acompañé al cementerio.
  • Pues no sé qué coños está pasando, ustedes tranquilos, vamos a ver en qué termina todo esto.

En eso se escuchó el sonar de las trompetas y timbales anunciando el inicio de la corrida y todos los participantes se acercaron a la puerta para iniciar el paseíllo.

 Cuando salieron a la plaza se dieron cuenta que los tendidos estaban completamente solos, ni una sola alma se encontraba presenciando la corrida, cuando llegaron al burladero de matadores Rafael preguntó a su apoderado qué era lo que iban a hacer y este le contestó “pues a torear, que para eso nos han pagado”.

Se anunció la salida del primer toro de la tarde y Antonio de Granada realizó una de las faenas más hermosas que jamás se ha presenciado, lo mismo aconteció con su segundo toro, al que toreó magistralmente, y al que mató de una certera estocada, fue en ese momento cuando matador y cuadrilla desaparecieron del ruedo, ni una sola alma se encontraba a los alrededores, don Miguel dio la orden de que todos subieran a la camioneta y abandonaran el pueblo, cuando habían caminado algunos 300 metros volvieron a mirar hacia atrás y se dieron cuenta que tanto el pueblo como la plaza de toros habían desaparecido.

Don Miguel, el apoderado, en tono solemne les dijo a todos:

  • Hemos participado en una corrida de toros donde uno de los mejores toreros que han existido regresó del más allá para realizar la mejor de sus faenas.

Después de esto, todos guardaron silencio y así permanecieron hasta que llegaron al hotel.

                                                      Salvador_delar@hotmail.com