“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

Un toro con malas intenciones

Don Francisco “Paco” Aldana, empresario de la plaza de toros de Linares, llegó muy temprano a la ganadería de reses bravas propiedad de don Eduardo Miura.

  • Hombre, don Paco, no lo esperábamos tan temprano, pero pase usted que el campo está fresco a estas horas, empiezan ya los fríos de agosto.
  • La verdad don Eduardo es que salí anoche de Córdoba y preferí dormir en el camino para llegar temprano, pero nunca me imaginé que fuera a ser muy de mañana.
  • No se preocupe, don Paco, aquí estamos acostumbrados a madrugar, además usted siempre será bienvenido a la hora que llegue.

El propietario de la famosa ganadería de los Miura y el empresario de la plaza de toros de Linares, caminaron hasta el comedor en donde los esperaba un café caliente y un opíparo desayuno, se sentaron en la mesa y entre bocado y bocado recordaron viejos tiempos de corridas pasadas en las que don Paco había adquirido toros de la misma ganadería y los triunfos de los toreros que salieron por la puerta grande con las orejas de los toros. Después don Eduardo ordenó que les sirvieran café en el estudio y hasta ahí se dirigieron los dos amigos, se veía a leguas que a los dos hombres los unía una vieja amistad, eran hombres de palabra acostumbrados a cumplir a como diera lugar

  • Verá usted, don Paco -dijo el ganadero- qué licor tengo reservado para esta ocasión, lo acompañamos con el café y continuamos la plática.
  • Don Eduardo, usted siempre tan especial, tengo más de 30 años de comprarle toros y siempre me recibe con una copa de buen licor.

Los dos amigos continuaron platicando y bebiendo aquel exquisito licor acompañado de una taza de café caliente, hasta que fue don Eduardo Miura quien entró en los negocios.

  • Don Paco, a qué se debe que nos visite tan pronto.
  • Verá usted, don Eduardo, ya viene la feria de San Agustín en Linares y pienso montar unas cuatro corridas, pero la principal, la del mero día del santo patrón, o sea la del 28 de agosto, me gustaría que fueran sus toros los que se corrieran.
  • Hombre, don Paco, pues ese es un honor para la ganadería, esperamos no defraudarlo.
  • Para ese día tengo ya firmado a Manolete, que le confieso me costó trabajo, el hombre ya piensa en retirarse y quiere torear lo menos posible, pero al final aceptó torear esta corrida, pienso incluir en el cartel a Gitanillo de Triana y Luis Miguel Dominguín, es un chaval que viene pisando fuerte por lo que considero que el cartel ha quedado más que rematado.
  • Pues me parece un buen cartel don Paco. Tengo un bonito encierro que pensaba mandar para la feria de San Isidro en Madrid, pero qué mejor que vaya a Linares con ese cartel.
  • Entonces no se hable más don Eduardo, me gustaría contar con el encierro la próxima semana.
  • No se preocupe, don Paco, el encierro estará a tiempo, ya lo tengo apartado en el campo, son seis hermosos toros con peso y presencia, sobrados de casta que van a armar la escandalera.

Cerraron el trato ganadero y empresario como se hacía antes, con un simple apretón de manos, iba de por medio la palabra de dos hombres.

De está manera todo quedó arreglado para que los toros con los números y pesos que el dueño de la ganadería le proporcionó salieran la próxima semana a la plaza.

El día en que don Eduardo Miura se comprometió a mandar la corrida a Linares, las labores de encajonamiento empezaron muy temprano, los caporales a llevar a los toros a los corrales de embarque, cuando uno de ellos de nombre “Pendenciero” de pronto remató contra las tablas de los chiqueros y se despitorró, uno de los caporales fue a la casa grande para avisarle al ganadero de lo que había ocurrido:

  • Don Antonio el toro “Pendenciero”, el del lucero en la frente, remató muy fuerte contra las tablas y se arrancó el pitón izquierdo.
  • Qué lastima, son cosas que pasan, ese toro me gustaba mucho, era el mejor del encierro, pero qué le vamos a hacer.
  • Nos tomó de sorpresa, don Eduardo, no pensamos que fuera a rematar en tablas.
  • ¿Qué toros tenemos para sustituir al despitorrado?
  • Pues el cárdeno bragado número 23 y el negro saíno al que bautizó usted como Islero.
  • Me justa más el cárdeno bragado, a Islero déjalo para otra corrida.

Las órdenes de don Eduardo Miura fueron tomadas al pie de la letra, dos de los caporales salieron al campo a traer al toro cárdeno bragado para que parchara la corrida que estaba preparada.

En las ganaderías donde se crían toros bravos o de lidia están preparados para enfrentarse a todo tipo de animales, algunos son difíciles por su comportamiento ante los caballos o ante la gente, pero en este caso el toro cárdeno bragado presentó un comportamiento muy extraño, huía de los caballos y tiraba para el monte, cuando después de muchos esfuerzos lograron traerlo hasta los corrales auxiliados por cabestros no pudieron meterlo al corral principal, al llegar a la puerta salía huyendo, como que presentía hacia el lugar que era llevado.

Después de algunas horas de estar batallando con ese toro, los caporales se dieron por vencidos, no pudieron meterlo a los corrales, uno de ellos se fue hasta la casa grande y avisó a don Eduardo de la situación:

  • Don Antonio, resulta verdaderamente problemático meter el toro a los corrales de embarco, además está haciendo algunas cosas que no me gustan, me está dando a entender que este mismo juego lo puede hacer en la plaza y eso en realidad no nos conviene.
  • Bueno, Isidro, te tengo mucha confianza, si tú dices que ese toro no es conveniente incluirlo en el encierro de Linares, pues que no vaya.
  • Entonces, señor, qué ordena para cubrir el faltante.
  • Prepara al toro negro saíno, de nombre Islero, aunque no le tengo confianza, no tenemos de otra.

Con las nuevas órdenes los caporales salieron a buscar en el campo bravo al toro negro saíno al que el ganadero había bautizado con el nombre de Islero, su comportamiento fue distinto al toro anterior, muy dócil acudió al llamado de los caporales y entró sin ninguna dificultad al corral de embarque, fue metido en el cajón y reseñado como apto para estar en la corrida del 28 de agosto en la plaza de toros de Linares, uno de los caporales de nombre Pablo, le dijo a un compañero:

  • Te has fijado, ese toro al que llaman Islero es demasiado dócil, lo que es a mí no me la “peja” que nos está dando “coba”, para mí que es de los toros que ocultan algo.
  • Tienes razón, Pablo, es uno de los toros a los que jamás me gustaría enfrentarme en una plaza, se le ve a leguas que tiene malas intenciones.
  • Pero lo que es peor, no las demuestra, como que está esperando el momento de pegar el “gazapo”.

La historia todo el mundo la conoce, fue este toro el que se encargó de dar muerte al más grande torero que haya existido, Manuel Rodríguez Manolete.