“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

Lo visitó después de muerta

Al día siguiente de la celebración de la fecha dedicada al santo protector contra los bichos malos San Jorge Bendito, en la Catedral Basílica Mayor, de nuestra ciudad capital de Durango, empezaron a distribuir las velas de diferentes tamaños y contexturas que los fieles católicos de esta comunidad habían dejado a los pies del santo en señal de agradecimiento por haberlos salvado de la picadura de algún bicho ponzoñoso, sobre todo de los terribles alacranes.

Todo el día desde la mañana se estuvieron repartiendo velas ya benditas a todos aquellos que se acercaban a solicitar una, para llevarlas a su domicilio, se asegura que quien tiene una de estas queda exento de la presencia de alacranes y otros bichos malignos.

La noche había llegado a la ciudad capital de Durango, por lo tanto las velas se apagaban, los pabilos humeaban, en el interior de la Catedral todo estaba como bañado en tinieblas, las gentes empezaban a abandonar el recinto. Al sacristán Ambrosio, que se sentía molesto por la forma en que se conducían los fieles y sobre todo por la basura que dejaban entre las bancas, le parecía que todas las caras, las de los viejos y las de los jóvenes, las de las mujeres, eran iguales; y que todos los que venían a recoger las velas tenían la misma expresión en los ojos. El gran templo se encontraba casi en oscuras, solo se veía una luz muy tenue en las puertas abiertas de salida, los cientos de fieles estaban en continua marcha hacia ellas, y parecía que nunca terminarían de abandonar el templo, las mujeres en su camino a las puertas cantaban a coro una letanía, una monja dirigía el coro.

Qué calor sofocante hacia dentro, ni una brisa de viento fresco se colaba a sus interiores, el padre Gerardo estaba cansado, su respiración era trabajosa, frecuente, seca, le dolían los hombros de tanto cargar montones de velas, le temblaban las piernas.

Y para colmo, como en sueño o delirio le pareció de pronto al sacerdote que entre la gente se le presentaba su propia madre, doña Eduviges, a la que hacía diez años que no había visto, o tal vez sería alguna anciana que se parecía a su madre que después de recoger su vela se retiraba pero seguía mirándolo con una sonrisa llena de ternura, y agradecimiento, hasta perderse con la multitud.

El padre Gerardo no sabía por qué tenía lágrimas en su cara, su alma estaba quieta, todo cuanto lo rodeaba estaba bien, pero sin proponérselo miraba insistentemente hacia el lado izquierdo del altar, donde ya no había nadie, pero él seguía llorando, las lágrimas corrían por sus mejillas, algunos que se encontraban a su lado también empezaron a llorar, y después otros y luego otros, en un momento todos los que quedaban en el templo estaban llorando.

Pero poco más tarde se seguía escuchando el canto de las mujeres dirigidas por la monja, y la gente ya no lloraba, solo cantaba.

El reparto de las velas benditas de San Jorge había terminado, no quedaba ni una sola, el padre Gerardo salió de Catedral para abordar su coche, para regresar a su casa, al ir en camino se escuchaban los tañidos de las campanas de Catedral.

Era el comienzo de abril y después de una jornada templada primaveral, había refrescado con esa ligera helada y en el aire blando y frío se sentía aún el soplo de la primavera. Mientras el coche del padre Gerardo caminaba, a su alrededor trotaban algunos feligreses alzando sus manos para saludarlo.

El coche rodó por las principales calles de la ciudad, las tiendas estaban ya cerradas, el carro siguió avanzando hacia las afueras de la ciudad, de pronto surgió un muro blanco con acabados de piedra tallada y tras él un alto campanario.

Todo construido en piedra de cantera; una enorme puerta de madera de caoba con finos trabajos de labrado, era la única entrada  de aquel monasterio, puesto que estaba rodeado por una alta barda también de piedra que impedía la entrada a cualquier intruso.

Se trataba del monasterio de San Remigio, que era en donde vivía el padre Gerardo.

Muy en alto del monasterio se encontraba la luna quieta y altiva que se asemejaba a una enorme pelota.

El coche del sacerdote entró por el portal una vez que alguien desde adentro recorrió la gruesa puerta de caoba, por todos lados se vislumbraban las siluetas negras de los monjes, el carro tirado por un caballo negro paró frente a la puerta principal del monasterio y descendió el padre Gerardo, ya lo estaba esperando Aquiles, que era un especie de ayudante de recámara del sacerdote, con las manos sobre el pecho recibió al sacerdote al tiempo que le decía:

  • ¡Padre! En su ausencia llegó su señora madre.
  • ¿Mi madre? ¿Pero cuándo llegó?
  • Pasado del mediodía, primero preguntó dónde se encontraba usted y luego partió hacia la Catedral.
  • ¡Entonces fue ella, a quien vi en la Catedral!
  • Pudo haber sido, puesto que dijo que iría para allá.
  • ¡Oh, señor Dios, gracias por tu infinita bondad!
  • Me pidió, padre, que le dijera que vendría mañana, venía acompañada de una niña, debe de ser su nieta. Que se alojaría en casa de la familia González.
  • ¿Qué hora es?
  • Las once pasadas.
  • ¡Ah, qué lástima!

El padre Gerardo se quedó un rato en la sala reflexionando y como dudando que fuera ya tan tarde, sentía un dolor sordo en los brazos, en las piernas y en la nuca, sentía bastante calor y esto lo hacía que se sintiera molesto. Después de descansar un poco se dirigió a su dormitorio y ahí también se quedó sentado un rato pensando en su madre.

Escuchó cómo se retiraba en silencio su ayudante de recámara y hasta le pareció oír toser al padre Miguel en la recámara siguiente, mientras que el reloj del monasterio mercaba las once y cuarto.

El padre Gerardo de desvistió y empezó a rezar las oraciones que acostumbraba recitar antes de acostarse. Rezaba con atención estas viejas oraciones que le fueron enseñadas desde que era un niño, al mismo tiempo pensaba en su madre.

Su madre había tenido siete hijos y alrededor de veinte nietos. Había vivido con su marido desde que contrajeron matrimonio en un pobre pueblo, desde que ella tenía diecisiete hasta hoy que tiene cerca de sesenta.

El padre Gerardo la recordaba desde sus primeros años de vida, concretamente desde que tenía tres años. Y en ese momento se daba cuenta cuánto la amaba, también cuánto amaba aquella hermosa y querida infancia. ¿Por qué será que ese tiempo irrevocablemente pasado parece en ocasiones más claro, alegre y rico de lo que fue en realidad? Recordaba también, cuan tierna, cuan sensible era su madre.

Terminada la oración que rezaba todas las noches, se desvistió y se acostó; de pronto en el mismo momento en que el cuarto quedó a oscuras, surgió ante sus ojos la figura de su difunto padre, su pueblo natal de Los Remedios, en el municipio de Tepehuanes; parecía escuchar el crujido de las ruedas que producían las carretas, el balido de las ovejas, el tañido de las campanas de la pequeña parroquia, en las mañanas frescas llamando a misa, la llegada del señor que proyectaba las películas mudas del cine y que cargaba los aparatos en dos mulas con las que recorría todos los pueblos de aquella región. Qué dulce era para él pensar en todo eso. Recordó también al padre Antonio el cura de su pueblo, un hombre manso, quieto, benévolo; recordó que era gordo y bajito, bonachón y sobrado de carnes, que tenía un sobrino que era seminarista que era enorme, tal vez lo doble de estatura que el padre Antonio, el sobrino tenía una voz muy fuerte como de tenor de opera, en una ocasión ya siendo seminarista y ayudante de su tío en la parroquia, se enojó con la cocinera que preparaba los alimentos en la sacristía, y la llamó “estúpida”, y el padre Antonio que lo escuchó no dijo palabra alguna, comprendí que estaba avergonzado de la actitud de su sobrino y prefirió guardar silencio.

Después del padre Antonio llegó como cura de la parroquia de Los Remedios el padre Abraham, que tenía el grave defecto de ser un bebedor empedernido, al grado de que cuando se emborrachaba en su creciente delirio veía animales que se le echaban encima, como arañas gigantes, siempre pedía a gritos que se las quitaran de encima.

Recordó que el maestro de la única escuela que existía en el poblado de Los Remedios se llamaba Eleuterio, había salido de la Normal del Estado, era un hombre bueno y bastante inteligente, pero también le gustaba emborracharse, invariablemente los fines de semana, nunca le pegó a sus alumnos, pero extrañamente tenía un par de varas de membrillo colgadas atrás de su escritorio con un letrero que decía: “cuando se agota la paciencia, bueno es utilizar otros recursos”. Tenía un perro negro enorme que alguien del pueblo le había regalado.

Al recordar todo esto, el padre Gerardo se echó a reír, recordó también que a seis kilómetros del pueblo de Los Remedios se encontraba el pueblo de Las Lajas, que contaba en su parroquia con una imagen muy milagrosa, que la sacaban en procesión durante los meses que escaseaban las lluvias, por todas las aldeas y rancherías vecinas, las campanas de todos las iglesias tocaban casi todo el día entero, parecía que de un pueblo a otro se hacían competencia. Recordaba el padre Gerardo que el júbilo estremecía el aire y él, cuando era entonces un niño, seguía la imagen, sin sombrero, descalzo, con ingenua fe, pero recordó con satisfacción qué feliz lo hacían todos esos acontecimientos, los saboreaba como sí hubieran sido ayer.

Le venia a la mente entonces el pequeño pueblo de Las Ventanas, en cuya parroquia siempre había mucha gente, y el cura del lugar, el padre Dionisio, para terminar pronto la misa, leía de dos en dos los salmos en latín, tenía un pequeño negocio que le dejaba pingües ganancias, se trataba de la venta de panes benditos, que él aseguraba que eran buenos para la salud y para el eterno descanso, invariablemente cada feligrés compraba uno a la salida de misa que tenían un precio muy por arriba de los que vendían en las panaderías.

Recordó también que cuando estaba estudiando en el seminario, se desarrollaba lentamente y estudiaba mal; hasta pensaron sacarlo del seminario porque alguien le dijo a sus padres que a ese muchacho le asentaba mal el encierro, que no estaba hecho para ser cura, su padre pensó en llevarlo con don Urso, el dueño del único almacén que existía en el pueblo para que le diera trabajo, pero se dio cuenta que don Urso tenía once hijos y todos estaban metidos en el almacén, por lo tanto no hubo más remedio que dejarlo que continuara en el seminario.

El padre Gerardo se persignó y se volvió del otro lado para ya no pensar más en recuerdos, y poder dormir, pero antes de hacerlo dijo en voz baja: “Ha llegado mi madre” y se echó a reír.

La luna se asomaba por la ventana de su recámara, el piso estaba iluminado y rayado de sombras, cantaba un grillo en el jardín, en el cuarto de al lado detrás del muro roncaba el padre Miguel y ese roncar de anciano tenía un son como de acordeón de esos que le faltan algunas muelles. Hacía tiempo que el padre Miguel era el ecónomo del obispo titular y ahora los muchachos del seminario lo llamaban el expadre Miguel, porque ya tenía setenta y seis años y la mayoría del tiempo se la pasaba dormido.

A las dos de la madrugada las campanas del convento empezaron a tocar a maitines, escuchó al padre Miguel toser al tiempo que refunfuñaba por algo con voz visiblemente disgustada, después lo escuchó levantarse descalzo y caminar por la habitación, por lo que optó por llamarlo.

– ¡Padre Miguel! ¡Padre Miguel!

El padre Miguel se presentó después de un rato ya calzado y con una vela encendida en la mano, encima de la ropa interior llevaba puesta una sotana, y en la cabeza un gorro de estambre viejo y descolorido.

  • No puedo dormir, dijo el padre Gerardo, sentándose en la cama, debo de estar enfermo, no sé lo que en realidad tengo.
  • Se habrá resfriado padre Gerardo, debería friccionarse con alcohol.

El padre Miguel se quedó de pie mirando al padre Gerardo, de pronto un fuerte bostezo salió de su boca.

  • ¡Oh, padre Gerardo, perdóneme! Pero no puedo evitarlo, siempre bostezo cuando no debo, esto no me gusta.

 El padre Miguel era viejo, flaco, encorvado, siempre disgustado con algo y tenía los ojos coléricos, a flor de cara, rojos como los de un conejo.

  • ¡No me gusta! ¡No me gusta!, salió repitiendo del cuarto.

Cuando hubo salido el padre Miguel, como sí estuviera esperando afuera entro su madre. El padre Gerardo la vio y le dijo:

  • Cuánto tiempo hace que no nos hemos visto, la extrañé mamá, la extrañé mucho.
  • Gracias hijo, gracias.
  • Cuántas veces de noche en el seminario me quedaba sentado cerca de la ventana abierta, solo, solito, tocaba alguna música y de pronto se apoderaba de mí la nostalgia de mi tierra, y hubiera dado cualquier cosa por regresar a casa, para verla a usted.

La madre sonrió, su rostro se iluminó, pero enseguida se puso seria, y solo dijo “gracias”.

De pronto el padre Gerardo, sin saber por qué, cambió de humor, miraba a su madre y no llegaba a comprender de dónde le venía esa expresión respetuosa, tímida, en la cara y en la voz, se preguntaba por qué ya no la reconocía, sintió tristeza y enojo.

Bien sabía que su madre hacía muchos años que había muerto, pero eso no era motivo para que ella no fuera la misma.

                                                                               Salvador_delar@hotmail.com