“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

DOMINGO DE RESURECCIÓN

Dos semanas llevaban de estar trabajando afanosamente la tierra cuando una tarde en que el sol empezaba a ocultarse se escuchó el precipitado redoble de los cascos del caballo de Remigio Montes.

Les llevaba la desalentadora noticia: la tierra que siempre habían considerado de ellos, y que con tanto esfuerzo habían trabajado, ya no les pertenecía, se las iban a quitar.

Durante algún tiempo había circulado el rumor de que el dueño de las tierras vecinas a la propiedad que ellos tenían y que llevaba por nombre “Las Huertas” reclamaba gran parte de ellas, aseguraba tener en regla los papeles que acreditaban la propiedad, además de que se ufanaba de tener muy buenas relaciones con la gente del gobierno. Que, según se dijo, no pasaría mucho tiempo para que le fueran devueltas.

La verdad es que los campesinos no se inquietaron, pensaron en que fue el propio gobierno el que dividió esas tierras e instaló en ellas a los hombres que las cultivaban desde hacía varias generaciones.

Pero ahora fueron las mismas autoridades del gobierno quienes notificaron a los campesinos:

  • ¡A ver cómo le van haciendo pero tienen que dejar esas tierras!
  • La frase tajante dejaba prendida su amenaza en los cerebros de los desconsolados campesinos, “A ver cómo le van haciendo”.

¿Qué acaso de verdad irían a echarlos a golpes y empujones como si se tratara de bestias, o a balazos como si fueran criminales?

Fue Jesús Robledo, uno de los campesinos más viejos que tenía la parcela junto al viejo roble, quien primero tomó la palabra:

  • Si todos juntos nos oponemos a esta arbitrariedad, no van a poder echarnos.
  • Claro, compañeros, a mí solo muerto me sacan de aquí -fue ahora Manuel Arteaga quien tomaba la palabra-.

Fue entonces el viejo Artemio de la Cruz, quien en tono por de más calmado les dijo:

  • Ya verán que de algún modo todo se arreglará, lo importante es no dejar de trabajar la tierra, porque si ven que hemos dejado de trabajarla entonces les será más fácil quitárnosla.

Los campesinos siguieron trabajando la tierra, pero con una angustia que les ponía dolor en el pecho, miedo en las carnes. Constantemente estaban viendo sus ojos cosas que les traían a la mente el recuerdo de eso que les amenazaba y que no alcanzaban a comprender.

  • Perder la tierra -se decían entre sí- pero si es nuestra vida.

Todos recordaban cómo se encontraban las tierras cuando les fueron entregadas por el gobierno, no se desanimaron y empezaron una ardua tarea, derribando los troncos y desvastados a golpes de hacha, las laderas fueron acondicionadas con esfuerzo y tesón, el desbroce de los montes, las siembras, las escardas, sacar agua del pertinaz y ronco del río, el maderero por las cuestas empinadas, la mezquindad de la tierra, su dureza para con el hombre, su miseria y su hambre.

Todo eso que les pertenecía y a lo cual estaban apegados como se apegan los terrones morenos a la tierra, en años y años de lucha constante.

La montaña y los valles, las cañadas y los desfiladeros, la nieve y el calor abrasador, todo esto adentrado en ellos, todo cuanto sus ojos miraban y su corazón sentía, y sufría su cuerpo, les recordaba su batalla por el mendrugo de pan, su arraigo en la tierra dura a veces y otras pródiga y blanda.

Pero eso ya no importaba, lo que realmente importaba ahora era la obstinación del patrón don Leonardo González por despojarlos de lo único que tenían a base de oscuras interpretaciones de los que instruyeron allí títulos de propiedad, desconociendo muchas veces el derecho de los que nacieron en la tierra y la trabajaron con sus manos, como lo hicieron las manos de sus padres y de sus abuelos.

Amargamente miraban los campesinos todo lo que habían trabajado y en sus mentes llameaba la primera vislumbre de una injusticia monstruosa; los querían expulsar de la tierra que estaban cultivando, decían que esos terrenos pertenecían al amo don Leonardo González, pero el gobierno no podía permitirlo:

  • Nosotros somos hombres de trabajo –decían- y de está tierra depende la vida de más de cien familias, acaso no somos también mexicanos.
  • ¿Qué acaso el gobierno solo se acuerda de nosotros solamente en épocas de elecciones, o cuando nos llevan a escuchar los discursos de los políticos?

Con esa inquietud socavándoles el ánimo, seguían en el trabajo. Pronto estaría lista la primera cosecha del año para ser levantada, la que habían sembrado con sus propias manos con la esperanza puesta en el cielo.

Se reunieron esa noche en casa de Evaristo, como habían acordado al terminar la faena del día, en donde una buena copa de mezcal les alegraría el alma, como un regalo a la dura faena de ese día, los hombres de mayor edad hablaban del pronto término de la cosecha, del trabajo que les esperaba en sus propias tierras y de la esperanza de obtener una recolección medianamente buena, pero evitaban hablar de aquello que más presente estaba en su animo: la posible pérdida de sus tierras.

De pronto se hizo el silencio, algunos comenzaban a adormilarse, cuando don Guadalupe tocó de soslayo el tema angustioso. Se refirió a ellos sin preámbulos, como si continuase en alta voz los pensamientos que le golpeaban la cabeza:

  • No me cabe en la mente, que llegáramos a perder la tierra, ni que estuviéramos meados de perro.

Sobrecogió a todos la pasión que el viejo Guadalupe ponía en sus palabras.

  • Será mejor que se duerma un rato don Guadalupe -le dijo de buena manera Macario mientras se servía otra copa de mezcal-.
  • Duérmase don Guadalupe, duérmase, ¿y cómo carajos quieren que me duerma? Si nos están amenazando con quitarnos nuestras tierras. Hoy me pasé todo el día en esa empinada ladera cuyos árboles habían sido derribados, convertidos a golpes de hacha en postes, tablones, ya tengo los arbustos prontos a ser quemados, el corral reforzado para el invierno, la cerca con estacas para cerrar el paso a los animales destructores de sembradíos; esfuerzos de años que podría perder en un instante.

Los demás guardaron silencio, sabían perfectamente bien que don Guadalupe tenía bien trabajadas sus tierras las que había cuidado con esmero, en lucha sin tregua con los fríos, el viento y las sequías, había logrado que el trigo resistiera el rigor del clima y alcanzara plenitud en la cosecha, todo eso podría serle arrebatado, solo porque al señor de las otras tierras quería más para acrecentar sus riquezas.

  • ¡No, no, carajo! ¡No puede ser! Antes tendrán que matarme, entonces pa’ que haber trabajado tanto, pa’ que otro se beneficie.

Aquellos hombres estaban enclavados en la tierra, toda la vida habían estado dependiendo de ella, cada surco, cada poste, eran obra de sus manos, cada hijo nacido allí era una nueva raíz que los amarraba al suelo. La voz de don Guadalupe tenía vibración de sollozo.

  • ¿Qué acaso van a jodernos?
  • Si es que nos dejamos que nos jodan.

Macario se había acercado al viejo Guadalupe, palmeándole la espalda.

Los más jóvenes alertaron las orejas, y lanzaron suspiros con el corazón apretado de miedo, mientras decían “perder la tierra, perder el trabajo”.

Macario se rascó la cabeza, como si ese gesto tuviera el don de concretar en su mente las ideas confusas que adentro le bullían, luego, con movimientos lentos se frotó los pelos crecidos de la barba.

  • No pueden quitarnos la tierra, todo lo hemos trabajado nosotros. Puro monte nomás había cuando le pusimos ganas al trabajo, puro monte, los del gobierno nos dieron las tierras pa’ que no nos muriéramos de hambre. Nosotros limpiamos el monte, nosotros tumbamos la mala hierba y la quemamos, nosotros levantamos nuestras casas. No puede ser que nos vengan ahora a quitar así como así, todo lo que hemos trabajado.

En sus palabras se advertía la confusión que lo dominaba. Como a todos, no solo la confusión, también el miedo como si de golpe hubiesen visto abrirse la tierra ante ellos, con amenaza de muerte.

Los hombres quedaron pensativos, estaba en ellos la visión de sus años en la tierra; más que nada, el término brusco de la vida segura para ellos y sus familias, el fin de todo lo que proyectaban hacer, les ponía angustia en la sangre. Eso de nunca más poder decir: “voy a levantar la cosecha para venderla y poder comprar unos animales” o “se acerca el invierno y hay que techar bien la casa”, era la más segura sentencia de servidumbre que caía sobre ellos.

¿Qué acaso siempre vagarían sometidos a la voluntad de los dueños de la tierra, hoy aquí, mañana en otro lado, sin tener jamás un trozo de suelo que pudieran llamar suyo?

Solos y abandonados, marginados en un país que siendo el suyo propio, les era enemigo.

La noche misma con todos sus misterios les llevaba la visión de los días soleados, de esas labores que les esperaban, de ese rudo trabajo de los veranos, y del darse vuelta amenazante de los inviernos amargos, de su vida entera encerrada entre peñascos, cercada por los montes altos, todo eso que era suyo y que sin duda amaban.

La injusticia les sacudió las entrañas, llevándolos al límite de la exasperación en que el hombre se humilla ante lo inevitable, aceptando con pasividad de bestia los golpes embrutecedores o se revela y en su sensación de abandono se lanza a la lucha, aunque no tenga siquiera vislumbres de éxito.

  • No, no puede ser.

Reiteraban la negativa. Decir no, era afirmar la confianza, alejar la amenaza y traer de nuevo la imagen de años y años de continua y pacífica labor campesina.

  • Nosotros no hemos más que trabajado siempre solos, sin otra ayuda que la de nuestros brazos de nosotros mismos. Ahora que en el pueblo el obrero tiene su salario seguro, cada semana o cada mes como quiera que sea, si se enferman, medicinas y doctor, leche y cuidados, pa’ los críos, nosotros ¿qué? No tenemos más que estas tierras que nos han costado sangre, que las hemos trabajado como verdaderos animales ¿y van a venir a despojarnos de ellas? Hay que organizarnos, compañeros.

Ahora el que hablaba era Clemente Rojas, se puede decir que era el campesino más tranquilo de todos ellos, pero también sentía que la sangre le ardía y expuso sus argumentos:

  • Entonces nos vamos a organizar, pero habrá que ver los pros y los contras, si nos echan ¿qué? ¿Y pa’ onde nos van a echar? ¿A morirnos de hambre en cualquier parte como perros? Porque para morir, hay que morir como hombres, con los pantalones bien fajados, porque eso sí se los digo, antes de que me echen me llevo por delante cuando menos a unos cuatro.
  • No será para tanto Clemente, con uno que te eches basta.

Había socarronería en el tono de Nicolás, tomaba parte por primera vez en la conversación y lo que dijo provocó las carcajadas de sus compañeros.

  • Esto no es para dar risa -protesto Clemente sin mostrar enojo- mejor es que lo maten a uno, antes que aguantar los palos como las vacas.

Insistió Nicolás:

  • Yo lo que quiero decir es que lo mejor es irse despacito, nos organizamos, formamos un frente como trabajadores del campo; tenemos derecho o no tenemos derecho.
  • ¡Eh, claro que sí!
  • Podemos proponerle esto al gobierno: que compre estas tierras, si es que le da la razón al patrón. Nosotros se las compramos al gobierno pagándoselas poco a poco, pa’ terminar en unos treinta años. ¿Qué les parece?
  • ¡Así se habla!
  • Si solo nos ponemos a patalear pa’ que nos oigan, el ruido no será nada, pero si juntos nos amachamos a que de aquí no nos sacan, van a tener que escucharnos.

Y así quedó acordado. La oscuridad de la noche se les hizo diáfana, el peligro inmediato estaba conjurado. Olvidaron el frío, olvidaron hasta el cansancio de los riñones.

Cuando don Guadalupe inició una pregunta, a poco después de meditar en eso de organizarse.

  • ¿Y en qué consiste eso de organizarse?

Ya nadie respondió a su pregunta, porque todos habían abandonado la casa.

No quiso vender el amo don Leonardo González, las tierras; ni el gobierno hizo nada por comprárselas, mucho menos se interesó en expropiarlas para vendérselas a largo plazo, “el problema de Las Huertas” dijeron, no es un problema nuestro, el gobierno no se deja intimidar, ni recibe órdenes.

Pero lo que sí hicieron fue mandar a un grupo de guardias rurales, para que fueran de nuevo de casa en casa, reiterando la orden de evacuar cuanto antes los terrenos que ocupaban.

Fue creciendo el malestar, ahondándose la inquietud y la desesperación de los campesinos. Pero también se acentuaba cada vez más hostilidad de los hombres del gobierno.

  • ¡Miren nomás!, qué tercos me han salido estos desarrapados –comento el delegado agrario– pero de tercos a tercos a ver quién gana.

Nadie quería escuchar la voz aislada de cada habitante de Las Huertas, nadie escuchó tampoco la voz de todos los campesinos organizados.

No nos moveremos de nuestras tierras, fue la respuesta de estos hombres a las puertas cerradas que encontraron en el gobierno, y si nos echan, no haremos otra cosa que defender lo que íntima y convencidamente consideramos es nuestro. ¿Qué más derechos de posesión quieren? ¿Qué no les basta el trabajo de años en la tierra?

Mientras tanto los trigales tendían su amarilla superficie de oro bruñido y los tallos enhiestos resistían los ligeros vientos que llegaban silbando entre las cañas y sacudiéndolos en ondulaciones como las del lomo del río. Santiago le decía orgulloso a su mujer:

  • En pocos días más ya estará el trigo en plena sazón y comenzaremos la cosecha.

Una noche, que por cierto era la noche del domingo de Resurrección el final de la Semana Santa, Nicolás, despertó de improviso, angustiado por una opresión indefinible, como si la pesadilla lo hubiera estado estrangulando con sus viscosas imágenes, se enderezó violentamente en la cama dando manotadas, clamando con un grito que era apenas estertor de la garganta.

  • ¿Qué? ¿Qué está pasando?

Le costó acostumbrar los ojos a la oscuridad, alguien lo había despertado de repente, agarrándolo, sacudiéndolo, alguien llegaba de pronto y empujaba de un golpe la puerta, sacudió la cabeza para espantar el sueño de una vez, y escuchó ya con todos los sentidos alerta:

  • ¿Qué está pasando?
  • Le prendieron fuego a todo el trigal, no se salvó ni una sola espiga.
  • Maldita sea. ¿Quiénes fueron?
  • Los hombres del gobierno.

Como les decía esto sucedió en la noche del Domingo de Resurrección, el lugar es lo de menos, cualquier lugar, el que ustedes mejor se imaginen.

          Salvador_delar@hotmail.com