“El Cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

Hace muchos años, tantos que ya muy pocos recuerdan esta leyenda, el caso es que según cuentan los que fueron testigos de estos hechos, que vivió por la calle “De la Santísima Trinidad” (hoy calle de Bruno Martínez) un hombre muy rico, de los más ricos que existían en el Durango de los tiempos de La Colonia.

Su casa quedaba precisamente detrás del Convento de San Francisco, que hoy en día es el edificio central de la Universidad; este hombre se llamaba don Carlos de la Llave y Torres.

Estaba legalmente casado por la Iglesia con una mujer muy bella, que además tenía virtud de ser muy buena y sobre todo hogareña.

Pero a pesar de que don Carlos lo tenía todo, dinero, tierras, ganado, y sobre todo una bella esposa, no se sentía feliz, la desdicha se le miraba en el rostro, tenía una mirada de melancolía y por todo se irritaba, al grado de que muy seguido golpeaba con un látigo a los sirvientes a la menor falla que estos tuvieran; y todo porque no había tenido hijos con su bella mujer, un sucesor como él le decía, que se encargara de sus negocios cuando fuera viejo o pasara al otro mundo.

Conforme pasaba el tiempo, la tristeza lo consumía, el fastidio lo exasperaba, no sentía ninguna satisfacción por lo ascendente de sus negocios, y para hallar algún consuelo a sus pesares resolvió consagrarse a las prácticas religiosas.

Empezó por asistir todos los días a misa desde la de gallo hasta la de medianoche, pero con el tiempo sintió que tampoco esto llenaba su melancolía, por lo que tomó la determinación de separarse de su esposa e ingresar como fraile al convento de San Francisco.

Fue por esto que mandó traer a un sobrino que residía en España, para que se encargara de administrar todos sus negocios, ya que él nada quería saber de números y peones.

Al mes exacto de haber enviado la misiva llegó el pariente, se trataba de un joven bastante apuesto y con toda la vida por delante; tal vez por esto, muy pronto don Alfonso empezó a sentir los terribles celos, porque suponía que su joven y bella esposa tenía relaciones con su sobrino.

Esto lo trastornó de tal manera que una noche invocó al diablo, y le prometió entregarle su alma si le proporcionaba el medio de poder descubrir el momento preciso en que su mujer y su sobrino se encontraban en el lecho de amor, tal y como él se lo suponía.

El diablo acudió solícito, y le ordenó a don Alfonso que saliera de su casa a las once de esa misma noche y que caminara por las calles de la ciudad de la Nueva Vizcaya, hasta encontrar a un transeúnte y lo matara sin más ni más.

Don Alfonso de la Cortina y Torres no lo pensó dos veces y así lo hizo, tal y como se lo había ordenado el diablo; al día siguiente, cuando creyó que ya estaba vengado, se encontraba satisfecho, porque pensó que al que había matado era su sobrino.

Pero el demonio se le volvió a presentar esa noche y le dijo que aquel individuo que había asesinado era otra persona; pero que siguiera saliendo todas las noches y continuara matando hasta que él se le apareciera junto al cadáver de su sobrino.

El viejo comerciante don Alfonso de la Cortina obedeció sin replicar.

Noche con noche salía de su casa dispuesto a cumplir con el encargo que le había impuesto el diablo, envuelto en su capa negra esperaba recargado junto al muro del patio de su casa a que pasara su víctima; por aquellos tiempos nuestra ciudad no tenía alumbrado, solo algunos mechones que aparecían de vez en cuando conducidos por algún caminante que tenía urgencia de andar a esas horas.

En medio de la oscuridad y del silencio, don Alfonso escuchó lejanos pasos, cada vez más perceptibles, se trataba de la figura de un caminante solitario, don Alfonso se le acercó al tiempo que le preguntaba:

  • Perdone, buen hombre, ¿acaso sabe usted qué horas son?
  • Las once aproximadamente.
  • Pues dichoso usted, que sabe la hora en que tiene que morir.

En ese momento brillaba el puñal en las tinieblas, se escuchaba un grito sofocado, el golpe de un cuerpo que caía, y la presencia de un asesino mudo, impasible, que una vez que cumplía con su encargo regresaba a su casa, abría el postigo, atravesaba de nuevo el patio, subía las escalera y tranquilamente se recogía en su habitación como si nada hubiera hecho.

La ciudad capital de la Nueva Vizcaya amanecía todas las mañanas muy consternada, en sus calles empedradas la ronda de serenos recogía un cadáver salvajemente mutilado por arma punzocortante, nadie podía tan solo explicarse el misterio de aquellos homicidios tan espantosos como frecuentes.

En uno de tantos días, muy de temprano, se presentó ante la casa de don Alfonso de la Cortina y Torres la ronda de serenos que pertenecían al Honorable Ayuntamiento de la Nueva Vizcaya; llevaban consigo un cadáver que de inmediato se percibía que había sido asesinado, al contemplarlo el viejo español se dio cuenta que se trataba de su sobrino, al que había mandado traer de España y que era el causante de sus terribles celos hacia su bella esposa.

Don Alfonso, al verlo, trató de disimular, pero un terrible remordimiento conmovió todo su ser, y pálido, tembloroso, arrepentido, se fue de inmediato hasta el Convento de San Francisco que se encontraba frente a su casa y entró a la celda del más viejo y sabio de los monjes que allí moraban, y arrojándose a sus pies se abrazó a sus rodillas, le pidió que lo escuchara en santa confesión y le contó uno a uno todos sus pecados, todos sus crímenes engendrados y ordenados por el espíritu del demonio, a quien había prometido entregar su alma.

El anciano monje de la orden de San Francisco lo escuchó con la tranquilidad de un juez y con la serenidad del justo; y luego que hubo concluido le dio por penitencia que durante el transcurso de la Semana Santa, que estaba por iniciar, fuera a las once de la noche en punto, a rezar un Rosario al pie de la gran Cruz construida de piedra santa, que se encontraba precisamente en donde hoy está la casa del notario José Luis González Moreno, en la calle de Negrete esquina con Apartado, en descargo de sus faltas y para poder absolverlo de sus culpas.

Intentó don Alfonso cumplir al pie de la letra esta penitencia, pero no había aún recorrido las cuentas todas de su Rosario, la primera noche que acudió ante la gran Cruz, cuando percibió una voz sepulcral que imploraba en tono dolorido:

  • ¡Un Padre Nuestro y un Ave María, por el alma de don Alfonso de la Cortina y Torres!

Se quedó mudo, se repuso enseguida, se fue a su casa, y sin cerrar un minuto los ojos esperó el alba para ir a comunicar al fraile confesor, lo que había escuchado.

  • Vuelva esta misma noche -le dijo el religioso- considere que esto ha sido dispuesto por el que todo lo sabe para salvar su alma y reflexione que el miedo se lo ha inspirado el demonio como un ardid para apartarlo del buen camino, y haga la señal de la cruz cuando sienta espanto.

Humilde, sumiso y obediente, don Alfonso estuvo a las once en punto de aquel jueves santo, en la gran Cruz de piedra, pero aún no había comenzado a rezar cuando vio un cortejo de fantasmas, que con cirios encendidos conducían su propio cadáver en un ataúd.

Más muerto que vivo, tembloroso y desencajado, se presentó al día siguiente en el convento de San Francisco.

  • Padre -le dijo- por Dios, por su santa y bendita madre, antes de morirme concédame la santa absolución.

El religioso se hallaba conmovido, y juzgando que hasta sería falto de caridad el retardar más el perdón, le absolvió al fin, exigiéndole por última vez esa noche de Viernes Santo fuera a rezar el Rosario que le faltaba.

Los serenos que hacían la ronda encontraron al día siguiente, Sábado de Gloría, a don Alfonso colgando de uno de los brazos de la Santa Cruz de piedra, nunca se supo el porque de tan extraña muerte.

Pero se dice que los habitantes del Durango antiguo, cada Semana Santa, acudían hasta la vieja Cruz de cantera y se detenían a rezar una oración por el alma de don Alfonso, que fue víctima de sus propios celos.

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