“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

El Entierro

El cortejo venía caminando despacio por la calle principal del pueblo, los cuatro que cargaban el ataúd se detuvieron frente a la tienda de don Cosme.

  • ¿Qué pasa?, ¿Por qué se detienen?

Pregunto a gritos el padre Damián que marchaba al frente del cortejo.

  • Soy yo padre, le contesto don Virgilio, lo que pasa es que me viene dando un calambre en la pierna y necesito que alguien me supla no vaya a ser que deje caer el cajón.

El padre Damián volteo a ver a los que venían marchando detrás del cortejo, los midió por la estatura y como si fuera un capitán seleccionando a sus hombres dijo con autoridad:

  • A ver, tú Justino, hazte cargo de la esquina del cajón para que podamos seguir caminando.

Los que cargaban el ataúd eran de baja estatura, pero del lado del substituto el cajón se inclino un poco más, don Justino, se imagino que la cabeza del difunto don Ruperto se encontraba muy cerca de la suya, y se le vino a la mente hablarle al oído:

  • “Pos, lástima que ya esté bien muerto este recabrón, pero sería bueno hacer el intento para preguntarle donde quedo la letra de cambio que le firme cuando me presto aquellos centavitos, no me gustaría que fuera a parar a otras manos, por ejemplo a las de su hermano, que ese resulto más ratero que usted”.

Mientras tanto en la tienda de don Cosme, que más que tienda era una cantina, los que se encontraban agazapados dentro continuaron con su labor de seguir bebiendo.

  • Vamos a echarnos las otras, al fin que ya paso el entierro de ese desgraciado de don Ruperto ni modo que se salga del cajón para venir a fregarnos.

Don Cosme el dueño del local, se quedo con la mirada perdida dirigida hacia la puerta de la calle, se dio unas palmaditas en la barriga que ya alcanzaba proporciones descomunales, y recordó lo que el doctor le había dicho en días pasados: “necesita cuidarse don Cosme, un día de estos nos va a sacar un buen susto, sí no le baja a las comidas y las copas”. Don Amancio que se encontraba a un lado de él, le adivino el pensamiento y le dijo en tono de burla:

  • No se apure, don Cosme, ya le haremos a usted su cajón a la medida, nada más que vamos a necesitar de menos una media docena de tablones.
  • Que la lengua se le haga chicharrón don Amancio, a lo mejor se va usted primero.
  • Pos, ya ve, se están yendo los que no se pensaba que se fueran, el mentado ese de don Ruperto, disque era muy devoto de la Túnica de San Marcial, hasta formo la cofradía, cuando le pegaron las calenturas y vinieron siendo los riñones los que le Fallaron y que al final se lo llevaron, San Marcial y su Túnica nada hicieron por él, hay lo llevan dentro de un cajón de mala gana, todos aquellos que le debían dinero con la esperanza de que no les cobre el hermano.

Don Cosme, lleno otra vez las copas con un gesto de resolución, y vacio la suya de un golpe, la cara se le puso brillante de sudor y los ojos se le llenaron de lagrimas, su cuerpo ya no soportaba como en otros años el consumo de alcohol.

Don Cipriano, se encontraba en esos momentos tallando las lozas rojas del pequeño patio de su casa, mientras su mujer doña Eustaquia, recostada en la hamaca que colgaba de las paredes del zaguán, se mecía plácidamente, detuvo el ritmo placentero en que se encontraba para gritar:

  • ¡Cipriano! Ya deja de estar tallando esas lozas que les vas a sacer sangre y vete al entierro del viejo de don Ruperto, le llevas mis condolencias a la viuda, rézale en el panteón de manera que todos te vean, unos padres nuestros y unas Aves Marías, y cuando lo bajen al hoyo, le hechas un puñito de tierra, como quiera que sea era un buen hombre, tenia sus detalles buenos; la última vez que estuvo aquí, no vas a creer lo que me dijo: “hay Eustaquia, con lo guapa que siempre has sido, yo debía haberme casado contigo, pero escogiste a Cipriano”.

Don Cipriano como era su costumbre no le contesto nada a su mujer, se quito el mandil que llevaba atado a la cintura y salió con su paso meneado de pingüino, doña Eustaquia levanto la cabeza de la hamaca para gritarle:

  • ¡Cipriano! No se te olvide de regreso llegar a la botica me compras la loción de geranio de San Bartolo y la loción de pétalo de rosa de Santa Rita, porque en la noche quiero que me des una friega en todo el cuerpo para ver si se me quitan estos dolores que no me dejan en paz.

Nuevamente acomodó la almohada en la hamaca y recostó la cabeza, tomo el ejemplar de “Lágrimas y Risas” y continúo la lectura.

   Pero no pudo concentrarse en su pasquín, su mente estaba en otro lado, se dijo a sí misma: “¿un buen hombre”? ¡Viejo jijo de la tiznada! Nomás venía a calentarla a una y a la mera hora de la verdad se pandeaba todito, disque que era todo un caballero, a lo que realmente venía era a cobrar los intereses del dinero que nos había prestado para ampliar la casa. Y ahora con toda seguridad que va a venir a chuparnos la sangre el hermanito.

De pronto a mero adelante del cortejo, se colocó don Wenceslao, hermano del difunto, va vestido completamente de negro, pero en traje de charro, con abotonaduras de plata, va montando el mejor caballo que hay en la región, es un caballo de fina alzada, mojino, medio zarando, que a cada momento parece que va a aventarlo de la silla. Por cierto la silla que lleva puesta el caballo, perteneció al general don Porfirio Díaz, su padre se la compro a un militar que venía de Zacatecas, se la llevaba al general Díaz, pero había perdido todo el dinero a las cartas, el capitán que le vendió la silla le pidió que guardara el secreto, pues el iba a reportar que fue asaltado en el camino por unos cuatreros que le quitaron todo lo que llevaba incluyendo la silla del presidente.

El padre del difunto y de don Wenceslao, que era hombre de campo y que sabía lo que valía esa silla de montar, la tomo para su uso personal, antes de morir se la heredo al hijo mayor o sea a don Ruperto, pero como este no era hombre de campo, se la cambio al hermano por cuatro mulas cerreras, que también eran parte de la herencia y las que vendió a muy buen precio. Uno de los que veían al hermano del muerto muy horondo “caracolear” al caballo al frente del cortejo fúnebre le dijo al que tenia a lado:

  • Es la primera vez que don Wenceslao saca a relucir esa montura tan fina.
  • Fíjese usted nomás lo que son las cosas, en el entierro del hermano.

¡Ya deja de estar atizando la fragua Calistrato! ¡Qué ahí viene el entierro de don Ruperto!, Calistrato le dio más duro al mazo sobre el yunque, para no escuchar las palabras de su mujer que le gritaba desde la ventana.

  • ¡Deja un momento el marro Calistrato y asómate a la puerta! ¿Por qué no vas al entierro sí fue tu amigo?
  • ¿Mí amigo ese viejo jijo de la tiznada? A mi se me hace que se murió nomás para no rendir cuentas del dinero que le mandaron para hacer la capilla de San Marcial, cuando le avisaron que venía un representante del Arzobispo a verificar los gastos, del susto que le dio hasta le tuvieron que poner una inyección de quien sabe que, para que volviera a serenarse, pero ya ves, de nada le sirvió por que hasta se murió.
  • Por amor de Dios, Calistrato no digas esas cosas, acuérdate muy bien que don Ruperto siempre te daba trabajo de herrería.
  • Me daba porque le convenía, con eso de que era el presidente del patronato para la construcción de la capilla de San Marcial, me hacía firmar recibos con cantidades tres y hasta cuatro veces más de lo que yo le cobraba, cuando me daba a firmar el papel tapaba con la mano la cantidad para que yo no la viera.
  • Hay Calistrato ¿Qué no sabes que a todos nos llega la muerte de lo alto?

Calistrato alzó los ojos y vio en el cielo un cúmulo de nubes negras.

  • Pos, se me hace que lo único que va a caer es una tormenta.

Calistrato salió del tejaban que cubría su fragua, extendió la mano como si fuera un pordiosero, una gota le cayó en la palma, gruesa como una moneda.

  • Bendito sea Dios, ¡Qué buena mojada se van a dar todos esos lambiscones que van al entierro! sólo para que los vea el hermano y les condone las deudas que tenían con el viejo avaro de don Ruperto.
  • ¡Cállate, cállate, Calistrato por el amor a Dios.

Calistrato de pronto se sintió culpable y lleno de remordimientos.

  • Ta, bueno, enterrar a los muertos, es una obra de misericordia.

Don Wenceslao, iba como a diez metros adelante presidiendo el cortejo, con su traje negro de charro, que según parece fue el de su boda, buen paño, pero ya deslavado y encogido, lleva flojo el nudo de la corbata y las botas con huellas de que antes de salir de su casa se dio una vuelta por el corral de las vacas. De pronto unos pensamientos pasan por su mente: “pobre de mí hermano, yo no se como pudo ser tan pendejo yo no sé como pudo echarse semejantes compromisos en la construcción de la capilla, con lo difíciles que están las cosas con los curas, tal vez se dio cuenta de que no iba a poder cumplir con todas las obras que le ordenaron que hiciera y sobre todo que el dinero lo había prestado a todos los del pueblo, el pobrecito prefirió morirse para no quedar mal”.

  • ¡Gudelia, muchacha! Deja de rezar el rosario y ven corriendo al patio. ¡Ven tú también Grimoaldo! ¡Ayúdame a meter todas las jaulas! ¡por todos los arcángeles del cielo! Qué tormenta viene. Y el pobre de don Ruperto, que han de ir llegando con él al panteón de San Miguel, si siquiera les hubiera agarrado el agua al ir pasando por la capilla de San Gabriel, ahí pudieron haberse metido para cubrirse del agua y el difunto saldría ganando unos momentos más en la casa de Dios antes de que lo echen al hoyo.

En la casa de doña Sofía, tenía lugar un dialogo con su hijo Ciriaco:

  • Ya mamá no hable usted mal de los muertos, al fin y al cabo ya no están en este mundo y no pueden hacernos nada.
  • Pues yo, y con perdón tuyo, pero sí hablo mal de algunos muertos, no de todos, y el que la tiene que pagar, pues que la pague, allá ellos con su conciencia; y sí el maldito viejo de don Ruperto se va al infierno, pues que los diablos le aticen leña, que al cabo para eso están, ¿O no?
  • Hay mamá, ¿Por qué al infierno? Yo considero que cuando mucho el viejo don Ruperto, va a irse al purgatorio, ya ve usted toda la gente que va detrás del cajón, lo esta acompañando porque era un hombre bueno, además el padre Damián, le dedicara nueve misas gregorianas durante el novenario para el descanso de su alma.
  • Pues que se quede un rato esperándolas, porque las misas cantadas son caras y al hermanito no creo que quiera pagarlas.
  • Pero sí el no tiene la culpa de haberse muerto, ya ve usted, a todo el mundo le prestaba dinero para que resolvieran sus problemas.
  • No, sí yo no le reprocho que se haya muerto, cada quien puede morirse a la hora que le de la gana, lo que no le perdono es que haya utilizado el dinero que le mandaban del Arzobispado para construir la capilla de San Marcial, para prestarlo a todo el pueblo con intereses muy altos, y para colmo de los males, ahora nos ha dejado en manos del hermanito.
  • Hay mamá deje en paz a los muertos.
  • ¡Sí! Yo le voy a dar su paz, al viejo desgraciado ese, de aquí en adelante ya veremos sí descansa en paz, por todas las mentadas de madre que le vamos a echar por sus malditas letras de cambio, que ya le he pagado tres veces los mugres pesos que me presto. Ahora tú crees que alguien va a estar a gusto en el infierno o a donde quiera que tenga que ir, mientras aquí en este mundo siguen sangrando a la gente por su cuenta.

Doña Julia, que se encontraba escuchando la plática, muy horonda intervino para decir:

  • Pues gracias a Dios, que yo no le quede debiendo al viejo de don Ruperto ni los buenos días. Pero no se me olvida la última vez que lo vi y que me dijo: – “Hay doña Julia, espéreme, déjeme ver, ahora que me acuerdo, creo que la última vez que vino no me puedo completar lo que le restaba para pagar la letra, déjeme ver, creo que me quedo debiendo treinta pesos, o eran cuarenta” –  ahora recuerdo el muy indino se llevó la letra y me dijo que al día siguiente regresaba por lo que faltaba y entonces me daría la mentada letra de cambio. Pero nunca lo volví a ver.
  • Pues cuídese que un día de estos, se le vaya a aparecer para cobrarle otra vez la letra.
  • ¡Cállese la boca doña Sofía! Ya mero que don Ruperto iba a venir a asustarme por treinta pesos, de todos modos, yo no pensaba quedarme con ellos.
  • Pues mándeselos al hermano que al fin y al cabo es el que se va a encargar de todos sus negocios, ya lo vera sí no al tiempo, sólo que este chupa la sangre más que el otro.
  • ¡No doña Sofía! Ahora a la noche que vaya al Rosario, voy a echarle los treinta pesos en la alcancía de la Venditas Animas del Purgatorio, para que intervengan por él, ante nuestro señor, no sea que de verdad venga a cobrarme.

 El cortejo se detuvo ante la puerta del panteón y el padre Damián que en esos momentos estaba bien cubierto por un paraguas que sostenía un monaguillo, se abrió de brazos en forma de cruz, para recibir al difunto en lo que iba a ser su morada eterna.

El cortejo siguió caminando en medio de un torrencial aguacero, don Wenceslao, el hermano del difunto, busco a uno de sus mozos que iban por ahí:

  • A ver tú, vete a la casa y dile a la señora que me mande un paraguas, pero vas y regresas como de rayo, con esta agua este traje negro que tanto cuido se lo va a llevar la tiznada.

Justino que seguía pensando en su letra de cambio que le quedo debiendo al difunto, queriéndose congraciar con el hermano del difunto le dijo:

  • A mí se me hizo que iba a llover y traje mi paraguas, pero no puedo permitir que usted se moje, sí lo permite don Wenceslao, me agradaría mucho que usted lo usara.

La tierra del panteón estaba echa un lodazal, alrededor de la fosa todos buscaban los sitios menos húmedos, y se subían a las tumbas. Don Wenceslao se acerco reservadamente hasta donde se encontraba don Remigio que era el dueño del periódico “El Informador” el único que circulaba en el pueblo, y que sería el encargado de pronunciar la oración fúnebre:

  • ¡Miré don Remigio! Ya quedamos muy pocos y todos estamos cansados, por qué no, lo que piensa decir, lo pública mejor en el periódico.

A la hora de bajar el cajón, todos se acercaron para echarle al presidente municipal un puño de lodo, para no mancharse los dedos, don Cipriano le arrojo una pequeña flor, como se lo había indicado su mujer doña Eustaquia. El señor cura dijo las oraciones rituales y echo sobre la tumba unas gotas de agua vendita que se confundieron con la lluvia. Todos empezaron a buscar precipitadamente la puerta de salida.

Sólo don Justino que se sentía muy reprimido permaneció bajo un árbol, pensando en su letra de cambio: “por lo menos don Ruperto, siempre me esperaba con tal de que le pagara los intereses, a lo mejor don Wenceslao hace lo mismo, o a lo mejor ya ni nos cobra.

Mientras tanto el padre Damián buscaba desesperadamente al hermano del difunto, para que le pagara la misa de honras y el acompañamiento hasta el panteón, como habían convenido.

                                                                  Salvador_delar@hotmail.com