“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

El organista de Catedral

A mediados de 1800, y cuando digo a mediados supongo que esta historia aconteció durante los meses de junio y julio de 1850; pues bien, fue en esa época que existió en la ciudad capital de Durango un raro acontecimiento que hasta la fecha nadie ha podido explicar a ciencia cierta qué fue lo que en realidad pasó. Pero para poder narrar esta terrorífica historia necesito antes hablarles de un personaje al que cualquiera con los mínimos conocimientos de piscología lo calificaría de introvertido, además de que era individuo flaco, casi cadavérico, de ojos hundidos, mirada perdida, andar lento como si arrastrara los pies sobre la banqueta empedrada de las calles de aquel viejo Durango. Vestía invariablemente de negro como si llevara luto.

Nuestro personaje tenía como nombre Julián Escamilla, o al menos así consta en los libros de archivo de Catedral, el único mérito de este oscuro e inadvertido individuo era el que se desempeñaba desde hace algunos años como el organista de la Catedral Basílica Mayor de Durango

Nadie tenía conocimiento cómo había llegado, ni quién lo recomendó, algunos viejos sacerdotes recordaban vagamente que el día en que murió el antiguo organista, don Carlitos de la Fuente, se presentó en la Sacristía, solicitando el puesto, lo más raro de todo esto es que en ese momento nadie se había enterado de la muerte de don Carlitos.

Según contaba el padre Manuel Oviedo, en aquel entonces rector de Catedral, que en efecto don Carlitos había faltado a sus deberes, alguien le comentó que el viejo organista se encontraba en cama y lo más seguro era que ya no regresara, por lo que la presencia de aquel joven de aspecto cadavérico le caía como anillo al dedo, decidió ponerlo a prueba y le pidió que echara a funcionar el enorme y complicado órgano, que, por cierto, este magnífico instrumento fue fabricado en la ciudad de York, Inglaterra, enviado pieza por pieza hasta esta entidad, el maestro Julián, como le llamaban algunos, pero a él le daba lo mismo lo llamaran como lo llamaran, retiró algunas mantas que cubrían el instrumento, encendió el fogón que producía el vapor para los fuelles, tomó una aceitera y se puso a lubricar las partes esenciales del instrumento, todo esto ante la sorprendente mirada del padre Manuel, que le parecía que ese hombre conocía desde hace años el funcionamiento del gigantesco órgano.

Cuando hubo terminado y el vapor se encontraba a lo máximo, el padre Manuel le pide que interpretara algo, fue entonces cuando el órgano de Catedral cobró vida, como si hubiera despertado de un largo sueño, la música cubría toda la nave del sagrado recinto y salía por el atrio, aquello era esplendoroso, en su larga carrera sacerdotal el padre Manuel no había escuchado algo igual, le dijo que el puesto era suyo, a la vez que le preguntaba.

  • ¿Conoce las entradas durante la celebración de la Santa Misa?

Julián no contestó, solo movió la cabeza en señal de asentamiento.

Bueno –dijo el padre Manuel– se le pagará un sueldo de dos reales, por misa tocada, sus alimentos que van incluidos en el pago se le servirán en la cocina de la sacristía, la primera misa es la llamada de gallo, a las seis de la mañana, claro, usted deberá estar antes para que prepare el órgano.

 Nuevamente el maestro Julián solo asentó con la cabeza que estaba de acuerdo en todo.

Al día siguiente en la “Misa de vísperas” que le correspondía oficiar al padre Manuel, por aquellos años era costumbre que el sacerdote oficiante saliera desde la sacristía ataviado con su vestimenta en procesión hasta el altar, acompañado de cuatro seminaristas que lo auxiliarían en el desempeño de la misma, cuando el padre Manuel y su séquito pisaron el suelo entarimado de Catedral, se escuchó el órgano que anunciaba el inicio de la misa, pero no era cualquier entrada, se trataba de algo estruendoso, como si se anunciara la entrada del Rey de Inglaterra a palacio, el padre Manuel se detuvo de súbito, la sangre le empezó a correr por sus venas, acelerando los latidos de su corazón, a los feligreses que ocupaban las bancas del recinto les pareció que el padre Manuel y sus acompañantes descendían del cielo, la magia de los sonidos que salían del órgano hacía que todos los presentes se llenaran de una fe espiritual que no cabía en sus pechos, el sacerdote subió hasta el altar y hablando siempre en latín celebró el santo misterio de la misa.

Cuando terminó la celebración, el padre Manuel pensó en subir hasta el tapanco y hablar con el organista, para decirle que aquello le parecía exagerado, pero un súbito orgullo de complacencia se lo impidió. Así de esa manera continuaron celebrándose las misas del día, los sacerdotes oficiantes se sentían bajados del cielo con la entrada musical que les reglaba el maestro Julián.

Por su parte el padre Manuel empezó a notar que el número de feligreses aumentaba día con día y por lo tanto las limosnas, desde que Julián pusiera un nuevo marco musical a las celebraciones, en una ocasión, durante la misa de “Medio Día” que un rico hacendado dueño de las mejores minas de la región, dedicaba cada año en memoria de su esposa, pidió como siempre que la misa fuera cantada oficiada por tres sacerdotes, en un momento en que los presentes deberían de contestar en coro “Amén” se adelantó de pronto el órgano y pronunció claramente la palabra “Amén”.

Aquello dejó con la boca abierta a sacerdotes y feligreses, que no daban crédito a lo que escuchaban. Menos al rico minero que hacía unos momentos había llegado hasta el atrio de Catedral en su litera cargado por cuatro mozos que lo depositaron en el suelo, entró al sagrado recinto de Catedral procedido por cuatro escuderos todos ellos portando espadas para proteger de cualquier improviso a su amo. Tenía todo el oro del mundo para pagar cualquier capricho que se le pudiera ocurrir. Por eso en ese momento se le ocurrió uno que no dejaba de ser descabellado, al término de la misa se dirigió a la sacristía para hablar con el padre Manuel, depositó en sus manos tres monedas de oro puro que era sin duda una cantidad considerable, esto lo hacía cada año con lo que pagaba la misa celebrada, el sacerdote guardó las monedas y se levantó para despedir y agradecer al rico hacendado, pero este le dijo.

  • No, no, padre, continúe sentado, quiero plantearle antes un asunto.
  • Pues usted dirá en qué le puedo servir.
  • Verá, padre, hace un momento al inicio de la misa el organista tocó una entrada que en realidad me parece digna del más grande rey, me quedé asombrado con aquellas notas que pareciera que venían del cielo.
  • Bueno, es que tenemos un nuevo organista que nos ha resultado mejor de lo que esperamos.
  • Bueno, pues de esto es de lo que quiero hablarle, no soy de los que asisten a Catedral todos los días, pero sí cuando menos una o dos veces al mes, mi petición es que cada vez que yo haga mi entrada a este recinto me reciba su organista con la misma música que les dedica a ustedes cuando van caminando hasta el altar, claro que este favor yo sabré agradecerlo sin importar lo que cueste.
  • Bueno, pues sí que es una petición bastante fuera de lo común, tendré que comentárselo a nuestro señor Arzobispo, y en el trascurso de la semana le tendré la respuesta.

En efecto al día siguiente el padre Manuel se encaminó hacia el Arzobispado en busca del buen consejo del alto prelado de la Iglesia Católica, cuando cruzó la puerta fue detenido por unos gritos que le llamaban.

  • Manuel, Manuel, qué milagro que te dejas ver –se trataba del padre Vicente, compañero de él desde sus años de seminaristas y que ahora se desempeñaba como secretario del señor Arzobispo– aquí no se habla de otra cosa que no sea relacionada con el organista, dicen que es extraordinario.
  • Pues precisamente de eso quiero que me permitas hablar con su Eminencia.
  • Mira Manuel, acaba de entrar el padre Jacinto párroco de la Iglesia de Santa Ana que tiene problemas con la terminación de las obras y de seguro viene a solicitar dinero, en cuanto salga entramos.

En efecto, a los pocos minutos salió el padre Jacinto y los dos amigos entraron al despacho, el padre Manuel se encamino hasta el sillón donde se encontraba el Arzobispo, poniendo una rodilla en tierra tomó su mano derecha y besó el anillo, símbolo del poder sacerdotal, al tiempo que le decía manteniendo sus manos cruzadas en el pecho.

  • Su Serenísima, lo veo gozando de excelente salud, a Dios gracias.
  • ¡Hola, Manuelito! Hasta mí han llegado los rumores de que tiene un excelente organista que ha duplicado la asistencia de fieles.
  • Precisamente su “Excelencia” de eso quería hablarle, no cabe duda que Dios nos lo mandó, en un momento en que más falta nos hacía, los feligreses están encantados, tengo llenos en todas las misas, tan es así que el asunto que me trae ante usted se relaciona con un rico hacendado, dueño de cuantiosas minas que le dan cantidades enormes de oro, es una persona muy fastuosa y me ha pedio que cada vez que él llegue a Catedral a escuchar misa se le reciba con la misma fanfarria con que el órgano indica la entrada del celebrante hacia el altar, me insistió en que no importa lo que cueste, como le digo, es un hombre excéntrico que basa su poder en el dinero.
  • Pues no cabe duda de que se trata de un persona bastante excéntrica, se me ha ocurrido una idea, hable con él y dígale que sí, que sí es posible acceder a su “capricho” porque me imagino que no asiste a misa todos días, dígale que la única condición que pone la Santa Sede es su contribución para la terminación de las obras de la iglesia de Santa Ana, nos falta cerrar los techos y construir un domo sobre el altar mayor, así como otros detalles, si es tan rico como dice aceptará, mándelo entonces con el padre Julián, para que firmen un contrato en donde se compromete a aportar lo necesario para concluir las obras, en fin, ya instruiré yo al padre Julián sobre lo que tiene que hacer.

Su “Excelencia” –intervino de pronto el padre Vicente– a mí también se me ha ocurrido una idea, dentro de un mes cumple usted 50 años de haberse ordenado como sacerdote, sería una magnífica ocasión para comprobar las cualidades del organista y de paso sorprender a todos los dignatarios y sacerdotes que vengan de fuera, con una misa cantada oficiada por usted.

El Arzobispo guardó silencio y después dijo me parece buena idea, les dejo a los dos la organización de todo el evento.

Ese día, Catedral estaba iluminada con una profusión asombrosa, el torrente de luz que se desprendía de los altares iluminaba como si fuera de día el santo recinto, las llamas que se desprendían de los enormes cirios chispeaba en las ricas gemas que adornan el Crucifijo que colgaba del cuello de Arzobispos, Obispos y demás dignatarios de la Iglesia, a esta clase de celebraciones, solo eran invitados de la Arquidiócesis sacerdotal, todos estaban ya arrodillados sobre los cojines de terciopelo que tendían un grupo de seminaristas y tomando el libro de oraciones vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del previsterio.

Esperando en la puerta de salida de sacerdotes se encontraba ya el Arzobispo, envuelto en su capa de colores galoneados, revestidos con hilos de oro, detrás un séquito que lo auxiliaría en la celebración de la Santa Misa; era la hora de que el organista marcara la entrada.

Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos, sin que el ejecutante apretara las teclas del enorme aparato musical, los presentes comenzaban a rebullirse, demostrando su impaciencia, el padre Manuel ordenó a dos seminaristas para que vieran qué pasaba con el organista, enseguida regresaron con la cara color ceniza, temblando como una hoja. ¿Qué pasa?, preguntó el padre Manuel, el organista está muerto, bueno, no precisamente muerto, será mejor que venga.

El padre Manuel subió rápidamente al tapanco y lo que encontró lo dejó horrorizado, en el piso de madera del tapanco se encontraba quebrado el cuerpo del maestro Julián. ¡Sí! Como lo escuchan, ¡quebrado!, como se quiebra un jarrón cuando cae de la repisa o como se quiebra un santo cuando se desprende de su nicho.

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