“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa  

La codicia de Don Max

Allá por los años treinta o cuarenta existió en la ciudad de Durango un bazar que se localizaba por la calle de Juárez frente a la Plaza de Armas, que se dedicaba a comprar y vender toda clase de objetos, su propietario un judío alemán de nombre Max Recht Braun.

Don Max como lo llamaban sus asiduos clientes que acudían muy seguido a vender objetos que sustraían de residencias de esta capital y de otros estados, consistían principalmente en joyas que resultaban menos problemáticas para vender.

“El Bazar de don Max” que así se le conocía porque el local carecía de nombre, pero la gente de esta ciudad se acostumbró a llamarlo de esta manera; no tenía ningún otro empleado, por no tener problemas -decía don Max- la realidad es que no quería pagar sueldos.

Una fría noche del mes de enero de 1937 se encontraba don Max durmiendo en la parte de atrás del negoció que consistía en un pequeño cuarto, baño y cocina, todo junto donde el judío preparaba sus alimentos y dormía; de pronto escuchó unos tóquidos en la puerta del bazar, prendió la pequeña lampara que se encontraba sobre el buró, miró el reloj despertador cuya carátula de vidrio se encontraba quebrada, motivo por el cual nunca lo pudo vender y decidió quedarse con él; marcaba las doce de la noche, pensó: “¿quién podrá ser a estas horas?”. Apagó la luz y decidió quedarse en la cama, pero los golpes en la puerta continuaban, esperó un momento confiando en que quien tocaba con tanta insistencia se cansara y marchara; pero no fue así, tal pareciera que la persona conforme pasaba el tiempo sus llamados eran más fuertes e insistentes.

No le quedó más remedió que dejar la cama y salir a verificar quién tocaba con tanta insistencia.

Cuando abrió la puerta que daba acceso al bazar se encontró con una mujer que vestía totalmente de negro, un sombrero modesto de color negro del que se desprendía un velo también de color negro que le cubría totalmente la cara, en sus manos portaba un bulto que a simple vista parecía un objeto voluminoso, que iba envuelto en una fina tela de seda de color negro, la mujer sin siquiera disculparse por haber levantado de la cama al dueño del bazar habló con una voz que se antojaba lejana:

  • Tengo urgencia de dejar esto.

El viejo don Max, como que se sorprendió de lo que la mujer le estaba diciendo y solamente atinó a decir:

  • Pero, pase, pase, aquí hace mucho frío.

La mujer de negro caminó hasta el mostrador, mientras Max cerraba la puerta, en efecto se sentía un frío que calaba los huesos.

  • Bien, veamos qué es lo que usted me ofrece en venta.
  • Véalo usted mismo, dijo la mujer mientras que colocaba sobre el mostrador el bulto que había estado cargando, don Max, que ya se encontraba del otro lado, empezó a desenvolver el pesado bulto, que en segundos puso al descubierto un hermoso terno de luces en color grana, con bordados en oro que de inmediato brillaron con la escasa luz que había en el bazar.

Se trataba de un traje de torero totalmente nuevo, con un trabajo de adornos bordados en oro, que para cualquiera que hubiera visto un terno de luces se daba cuenta de inmediato que este era un trabajo único. Y don Max lo sabía, había estado un par de años en España antes de venir a México, conocía el precio y la calidad del vestido que tenía enfrente y sabía que ese era un trabajo muy fino que andaría muy por encima de los siete mil pesos mexicanos.

  • Y ¿cuánto es lo que pide usted por este traje?
  • No señor, no quiero dinero, se lo dejo a cambio de un favor.
  • ¿Cuál es el favor que usted solicita?
  • Que ofrezca una misa cantada con tres padres en la Catedral Basílica de este lugar, por el alma de quien en vida llevara este nombre.

Le entrego un papel en donde escrito con fina letra tipo gótico se encontraba el nombre de: Francisco “Curro” De la Cruz, fallecido por cornada de toro el 27 de enero de 1936, en la plaza de toros Durango, en la ciudad del mismo nombre.

Inmediatamente don Max hizo cuentas en su mente y calculó que una misa cantada con tres padres en la Catedral Basílica no le costaría más allá de 50 pesos, lo que resultaba un fabuloso negocio tomando en cuenta la calidad del terno de luces.

  • Si esos son sus deseos, estoy dispuesto a cumplirlos.
  • Solamente existen dos condiciones, que este traje no lo venda a alguien que sea torero o novillero y que la misa sea celebrada en el primer aniversario de su fallecimiento o sea dentro de tres días.

Don Max, con tal de cerrar pronto el negocio le contestó.

  • Ah, no se preocupe, tomaré en cuenta eso a la hora de venderlo, y en lo que se refiere a la misa mañana mismo inicio las gestiones para que sea celebrada el día que usted menciona.

El dueño del bazar decía esto mientras codiciosamente examinaba los finos bordados en oro del terno con la ayuda de una lupa; levantó la vista para ver a la misteriosa mujer de negro y ya no había nadie, no le dio importancia, solamente pensó en sus adentros “a qué hora salió que no me di cuenta”.

Al día siguiente apareció sobre el aparador del bazar el hermoso traje de luces grana y oro, que despertaba la admiración de cuantos pasaban por el negoció, en la parte de abajo había una tarjeta que tenía escrita una cantidad, $10,000.

Durante todo el día entró gente al bazar preguntando por el terno, algunos porque en realidad les interesaba y otros solamente por curiosidad, la mayoría pedía una rebaja en el precio, pero el viejo judío no cedía un solo peso.

Al día siguiente por la mañana se presentó el novillero duranguense Javier Arroyo “Arroyito”, que era uno de los novilleros más exitosos del momento, triunfador de las más importantes plazas de toros de la República.

  • Don Max, me interesa mucho ese terno de luces, aunque el precio se me hace exagerado, considero que el trabajo de bordado lo vale, no tengo esa cantidad, pero tengo firmadas varias novilladas que considero que en cuatro meses le pago, solamente le pido que me espere, le puedo firmar documentos.
  • Yo te espero, muchacho, no te preocupes, pero el traje no sale de aquí hasta que lo pagues.
  • Pero, don Max, le puedo traer la firma de un aval que tiene propiedades.
  • Nada, nada, ve a torear y cuando reúnas el dinero vienes.

Al tercer día se paro frente a la puerta del bazar un elegante carro negro del que bajó un individuo que vestía con bastante elegancia, seguido por dos personas que al parecer eran sus ayudantes; se desprendió del sombrero, se quitó el par de guantes de piel, los colocó sobre el mostrador y se presentó:

  • Buenas tardes, soy el matador de toros Rafael Domínguez “Cocherito”, el próximo domingo toreo en esta ciudad y me gustaría partir plaza con ese terno que tiene usted en el aparador.
  • Bienvenido, maestro, es un placer recibirlo en este modesto negocio, en efecto el terno es nuevo con un trabajo impresionante de bordado en oro, me fue vendido casi en la cantidad que pido por él.
  • He decidido que ese terno forme parte de mi colección y estoy dispuesto a pagar la cantidad que pide.

El matador Rafael Domínguez, hizo una seña a las personas que lo acompañaban, los cuales sacaron de unas bolas de lona varias fajas de billetes de cien pesos, que los acomodaron sobre el mostrador.

  • Puede usted contar, son exactamente diez mil pesos.
  • Claro, habrá que contarlos, no piense que es desconfianza, pero negocios son negocios.

Una vez que el torero español salió del bazar con el terno de luces en las manos, don Max, con una sonrisa en los labios, empezó a meter en la caja fuerte las fajas de billetes de cien pesos, acomodándolos cuidadosamente uno por uno.

Esa misma noche el comerciante judío se acostó más temprano que de costumbre, se colocó las manos entrelazadas detrás de la nuca y suspirando pensó: “Este fue un día maravilloso, las cosas no podían haber salido mejor, ojalá y todos los días fueran iguales”, y se quedó profundamente dormido.

Habían terminado de sonar las doce campanadas en el reloj de Catedral, cuando don Max fue despertado por fuertes toquidos en la puerta, trató de continuar durmiendo pero fue más fuerte su codicia, pensando que podría tratarse de otro jugoso negocio se dirigió hacia la entrada del bazar, y se encontró de nuevo con la mujer de negro que tres días antes le había entregado el traje de torero, sin esperar a que la invitara a pasar se introdujo en el negocio.

  • Max, no cumpliste con tus promesas.

Se sorprendió que lo llamara por su nombre.

  • Bueno, no me he desentendido de lo que prometí, lo que pasa es que he estado muy ocupado en estos tres días.
  • No cumpliste con la celebración de la misa cantada que tenía que realizarse hoy en Catedral por el descansó del alma del torero Francisco “Curro” De la Cruz, que hace exactamente un año fue muerto por cornada de toro.
  • Pero lo puedo hacer mañana, un día después nada tiene que ver.
  • También faltaste a tu promesa de no vender el terno a un torero; por si no lo sabes, el traje de luces con el que un torero es prendido y muerto jamás debe volver a usarse.
  • La persona que lo compró no sabía que fuera torero, no puedo conocer la identidad de todos los que se presentan en mi tienda.
  • No mientas, Max, te pedí un favor y accediste a cumplirlo; permíteme presentarme -levantando el velo negro que cubría su cara apareció la faz de una calavera- soy la muerte de los toreros, yo me encargo de levantarlos cuando caen mortalmente heridos en la arena, todos los matadores y novilleros me conocen, muchos me piden en la puerta de cuadrillas que los deje realizar una buena faena, pero saben que nuestro encuentro será inevitable, algunas veces me son arrebatados de las manos y logran salvarse, pero en el caso de “Curro” el dueño del terno que vendiste, se fue conmigo, antes de entregarlo al Creador me pidió que interviniera con un mortal para que se celebrara una misa en su honor en el primer aniversario de su fallecimiento, ya que era profundamente católico, pero tu ambición pudo más que tu palabra de honor, su alma seguirá vagando hasta que se cumpla su deseo de celebrar una misa en un aniversario de su muerte.

Al día siguiente los primeros clientes que acudían al bazar encontraron sobre el piso el cuerpo del judío tirado con el vientre perforado por un objeto grueso y contundente, las primeras investigaciones indicaron que todo hacia entender que se trataba de una herida producida por cuerno de toro, pero eso era imposible.

Lo más extraño que encontraron los investigadores fue que don Max se encontraba vestido con un terno de torero en color grana y oro.

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