“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

“LA HUELGA”

“Huelga, huelga, huelga”, se escuchó el grito de los trabajadores por todo el taller.

Los empleados de confianza y las secretarias no podían dar crédito a lo que estaban escuchando, nunca pensaron que pudieran llegar a ese momento.

La Agencia de Automóviles Ford había cambiado del local de 20 de Noviembre y Madero, frente al Arzobispado, al nuevo y flamante edificio que su dueño don Salvador Mendívil Bayona había construido en la avenida 20 de Noviembre y Libertad, se trataba del primer taller de servicio mecánico, exhibición y venta de automóviles de la prestigiada marca Ford, que abría sus puertas en Durango.

La plantilla del personal de taller estaba compuesta por aproximadamente unos 80 trabajadores, entre maestros, ayudantes, engrasadores, lavadores y enderezadores. Uno de los maestros mecánicos de más antigüedad dentro de la empresa lo era sin duda Carlos de la Rosa, a quien todos llamaban el “Jefe”.

Desde que llegaron a los nuevos talleres, se encontraron con que estos no cumplían con las mínimas normas de seguridad, no había extinguidores, salidas de emergencia, las instalaciones eléctricas eran completamente deficientes; pero sobre todo los sueldos continuaban siendo los mismos a pesar de que se había hecho una promesa por parte de la gerencia de que una vez instalados en el nuevo taller, se realizaría un buen incremento en el salario de todos los trabajadores.

Los empleados le pidieron al jefe De la Rosa que se constituyera en su representante y acudiera ante el contador Manuel Antuna para recordarle la promesa de la negociación en el sentido de que habría un aumento de sueldo, el jefe, pidió a la secretaria le permitiera hablar con el contador Antuna:

  • Mira Carlitos, hemos realizado muchos gastos con la construcción de este nuevo edificio, que de hecho es de ustedes, porque son ustedes los que pasan más tiempo del día en él, pero, en cuanto al aumento de salarios, diles a los muchachos que nos disculpen pero por lo pronto no va a ser posible.
  • Pero contador, ustedes lo prometieron, los muchachos tienen la ilusión de contar con un incremento en sus sueldos.
  • Carlitos, a ti no te puedo mentir, tengo instrucciones de don Salvador de despedir a todo aquel que no esté de acuerdo con lo que gana, hay muchos que quieren trabajar por menos de lo que les pagamos a ustedes, así que diles que las cosas son de esta manera y que nada más hay dos sopas.

El “Jefe” se reunió con los trabajadores y les comentó lo que había sucedido en su entrevista con el contador Antuna, se escucharon de inmediato voces de protesta y descontento, el más agresivo era Antonio González, a quien llamaban “El Zotaco”:

  • No, no vamos a dejarnos, nos quieren ver la cara, yo me encargo de quemar el taller, nos tienen peor que esclavos.
  • Tranquilo, Toño, no vamos a perder la calma, lo mejor es encontrar una solución.

En eso estaban cuando llegó Javier Salas, el jefe de taller y que por lo tanto estaba considerado como empleado de confianza, su posición siempre estaba del lado de la empresa, con determinación se dirigió a los empleados y les dijo:

  • Vamos, a trabajar, nos pagan por hacerlo, no por estar de sociales, tenemos muchos carros que entregar.
  • Méndigo barbero, ya se te hace que te dan un premio.
  • ¡Te escuché! lo que dijiste, Brígido, eso puede ser motivo de que te levante una acta de indisciplina y te pongo de patitas en la calle.
  • Újule, ya la traes conmigo, ni siquiera he abierto la boca.
  • Pues más te vale, Brígido, conmigo llévatela bien o ya sabes a lo que te atienes.

Al día siguiente Toño “El Zotaco” recibió la orden de que se presentara en las oficinas de la gerencia, pasada una media hora bajó de la oficina al taller:

  • ¿Qué pasó hermano, para qué te querían?
  • Pos, ¿para qué crees?, ya me dieron agua.
  • No le hagas, a poco.
  • Sí, mira, aquí está el oficio de baja y me dieron solamente 300 pesos de indemnización.
  • Qué poca madre.
  • Pero, lo que se me hace más raro es que sabían todo lo que estuvimos hablando.
  • Alguien nos está traicionando.
  • Mira, Efraín, coméntale al “Jefe” lo que está pasando a ver qué instrucciones nos da.

El maestro Carlos, al ser enterado de lo que estaba pasando, consideró que de ahí en adelante ya no se hablara de nada en el taller, que esa noche y todas las siguientes se reunirían en el Bar Ozeda. Esa noche ocuparon la mesa del fondo el “Jefe” Carlos, Brígido, Toño, Efraín, Miguel, Daniel “El Pibe”, y otros seis que no recuerdo su nombre.

Como siempre el mesero del lugar “Chava el joto” los atendió, quiso bromear como lo hacía en otras ocasiones, pero esta vez los muchachos lo rechazaron.

  • Ya “joto desgraciado” deja las bebidas y lárgate, no estamos de humor.
  • Sí, hoy no están de humor, pero qué tal cuando me piden fiado, entonces sí verdad.
  • ¡Que te largues, no entiendes!

Se planteó lo del asunto de Toño “El Zotaco” y la necesidad de llegar a una solución lo más pronto posible, de pronto Daniel “El Pibe” les dijo:

  • Compañeros, quiero decirles algo, ayer, cuando iba a mi casa en la bicicleta, vi a Roberto que estaba platicando afuera de la casa del licenciado Chava Mendívil, como que le estaba informando algo.
  • Ese es el méndigo traidor, ya me latía que por allí venía la cosa, dijo el “Jefe” Carlos.
  • Sí, siempre fue un lambiscón, yo no sé por qué hablamos delante de él.
  • “Jefe”, dijo Brígido, déjeme darle una buena “madrina”, ayer le presté 30 pesos, sirve de que me los cobro de una vez.
  • No, Brígido, no tiene caso, no es conveniente meternos en líos, por el momento le aplicaremos la ley del hielo. Mañana a esta misma hora nos volvemos a reunir para determinar cuál es la estrategia a seguir.

Continuaron reuniéndose en el Bar Ozeda, por tres o cuatro veces más, hasta que el “Jefe” Carlos tomó la decisión:

  • Muchachos, no hay de otra, estos desgraciados nunca nos van a hacer caso por la buena, tenemos que irnos a la huelga.
  • Ah, caray, “Jefe”, pero que tal si nos corren a todos.
  • En estos casos solamente existen dos caminos, o nos corren a todos o todos salimos beneficiados; por eso les digo, si no están dispuestos, ahí la dejamos y nos olvidamos del asunto.

Efraín, que era el más dispuesto de todos, se paró en esos momentos y les dijo a sus compañeros:

  • Bola de coyones, pues qué es lo que quieren, que les sigan tratando con la punta del pie, ayer fue el “Zotaco” tal vez mañana será uno de nosotros, yo también tengo necesidades, tengo una familia que mantener y por eso estoy dispuesto a ir a la huelga hasta sus últimas consecuencias.

Todos como uno solo manifestaron su determinación de ir a la huelga y estar dispuestos a afrontar todo lo que pudiera venir.

  • Bueno, dijo el “Jefe”, hay que avisarles a todos que la huelga será mañana jueves, nos plantaremos en la puerta y con cadenas cerraremos todas las entradas para que no entre ni salga ningún carro.
  • De acuerdo “Jefe”, dijo Vicente, yo sé que los demás jalan, para mañana todos estaremos unidos.

Al día siguiente, como a las 9:30 de la mañana, entró a las oficinas como tromba don Salvador Mendívil, llevaba el semblante descompuesto y a gritos llamó a sus más cercanos colaboradores, como lo era Manuel Antuna, el Lic. Salvador Mendívil y el ingeniero Roberto del mismo apellido:

  • ¿Qué demonios está pasando aquí?, ¿cómo es posible que en nuestra empresa los trabajadores declaren una huelga?
  • Don Salvador, yo solamente seguí las instrucciones de Chava, que me indicó que no habría aumentos por ningún motivo.
  • Y tú, Salvador, que eres el abogado de la agencia, ¿cómo consideras que se pueda solucionar este problema?
  • Pues bueno, lo más rápido sería llamar a las autoridades y solicitar que nos manden unos 30 policías, pero podría haber enfrentamientos y las cosas tomarían otro rumbo.
  • No, de ninguna manera, no puedo permitir un enfrentamiento de los trabajadores, ya bastantes problemas tengo para que se presente otro de mayores proporciones.
  • Pues, usted dirá don Salvador, de qué manera quiere que solucionemos el problema.
  • Ofréceles un aumento, creo que podemos llegar hasta un 40 por ciento, los muchachos tienen derecho, ya hace algunos años que no les aumentamos.

Momentos después se reunían en la oficina del contador Manuel Antuna el “Jefe” Carlos De la Rosa, Efraín, Vicente y Daniel “El Pibe”, con otro trato diferente al que había tenido en días anteriores Manuel Antuna se dirigió a los representantes de los trabajadores de la siguiente manera:

  • Ah, qué muchachos tan inquietos, ya pusieron a la agencia de cabeza.
  • Contador, dijo el “Jefe” Carlos, no teníamos otro camino, ustedes se negaron a todo razonamiento, además no estamos pidiendo otra cosa que no sea la promesa que ustedes nos hicieron de proporcionar un aumento de sueldo.
  • ¡Claro!, Carlitos, y seguimos en lo dicho, lo que pasa es que estábamos haciendo unos ajustes en los presupuestos para poder atender esta demanda que considero tan justa. Y ¿cómo cuánto pretenden que sea el aumento?
  • Mire contador, usted mejor que nadie sabe que en los últimos meses el trabajo ha aumentado un 60 por ciento, no pretendemos que el aumento sea en esa proporción, pero sí en un 50 por ciento.
  • Ah, qué Carlitos, tú siempre con tus bromas, lo que me pides es imposible, les ofrezco un 20 por ciento.
  • Contador, nosotros estamos dispuestos a seguir adelante, dejémoslo en un 40 por ciento.
  • Ni ustedes ni nosotros, vamos a dejarla en un 35 por ciento.

Aquella noche, el Bar Ozeda estaba lleno, no se podía ni caminar, los trabajadores de la Agencia Ford celebraban el aumento de sueldo que habían obtenido con su huelga, y la restitución de Toño “El Zotaco”, el gordo Brígido, con sus puntadas de siempre le dijo a Carlos:

  • “Jefe” estoy tan contento que hasta un beso le quiero dar a este desgraciado del “joto Chava”.

Este cuento lo dedicamos con todo respeto a los viejos trabajadores de la Agencia FORD, la mayoría de ellos ya fallecidos, pero que escribieron una página imborrable de compañerismo y lealtad al trabajo.

                    Salvador_delar@hotmail.com