“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

“JACQUET”

cuentoLlegó a Durango con el circo Atayde Hermanos, una mañana del primero de noviembre de 1950, lo anunciaban como el mejor de los payasos, su nombre resultaba difícil para pronunciar, pero su cara era inolvidable.

Se trataba del payaso de origen francés Jacquet. Un hombre con la mirada de un niño, no necesitaba hacer grandes cosas para que la gente se riera, había veces que solamente se paraba en el centro de la pista, con las manos en las bolsas del pantalón bombacho que usaba y eso era más que suficiente para que el público soltara la carcajada.

Detrás de la escasa pintura que usaba en el rostro y sin la ropa holgada y vieja que siempre usó como parte de su indumentaria, estaba un hombre triste y melancólico, que había perdido a toda su familia durante un bombardeo alemán en el pueblo en que vivía, durante  la segunda guerra mundial en los campos de Francia, en cuanto a él, una mina le estalló cerca y casi le destroza la pierna derecha, era esta la causa de su cojera al caminar.

Según contaba el propio Jacquet, fue enviado en un avión a España, pero esta se encontraba en plena guerra civil y no pudieron intervenirlo como se requería, fue puesto en otro avión que transportaba refugiados a México y fue de esta manera que llegó a nuestro país.

Estuvo internado en el Hospital Francés, de la capital mexicana, tres meses, después de los cuales salió cojeando y medio sordo. No tenía un solo centavo, no conocía a nadie y lo más crítico, no hablaba español, casi a señas se hacía entender, acudió a la Embajada Francesa en busca de apoyo, pero ni tan siquiera le permitieron la entrada, le dijeron que su país estaba en guerra y no podían brindarle ninguna ayuda.

Empezó a vagar por las calles de la gran ciudad convertido en un pordiosero, la misma necesidad lo llevó a pintarse la cara y actuar como payaso callejero, a hacer reír a los demás, su lugar favorito era la alameda central, donde actuaba todos los días y de está manera pudo costearse el cuarto de una vecindad y las tres comidas diarias.

En una ocasión en que se encontraba actuando frente al hemiciclo a Juárez pasó por casualidad el empresario don Andrés Atayde, que al estar esperando al chofer con su coche, se paró un momento frente al círculo en que trabajaba Jacquet y le llamó la atención la gran facilidad que tenía para hacer reír a la gente casi sin hablar.

Espero a que terminara su actuación y al pasar frente al empresario circense  pidiendo unas monedas, don Andrés le entregó su tarjeta diciéndole que le gustaría platicar con él.

A partir de ese día la suerte empezó a favorecerle a Jacquet, se convirtió en poco tiempo en la estrella del circo Atayde, les caía bien a la gente sobre todo a los niños, le dio un nuevo giro al espectáculo, sus intervenciones espontáneas en casi todos los números era algo nunca visto en circo alguno, lo mismo saltaba del trapecio que se metía en la jaula de los leones, pero lo más asombroso era cuando tocaba en el centro de la pista hasta diez instrumentos musicales, tenía facultades natas para tocar cualquier instrumento a pesar de que nuca aprendió música.

El Circo Atayde, dentro de su gira que realizaba por toda la República Mexicana cada año, incluía siempre una estancia de dos semanas en la ciudad capital de Durango, desde días antes aparecían por todas las esquinas de las calles de la ciudad los enormes carteles que anunciaban la llegada del Circo Atayde, carteles vistosos llenos de colorido que anunciaban entre otras cosas a “Bartón” el único hombre en el mundo que sostenía su cuerpo parado sobre un solo dedo; “Ráfaga Pálmer” el motociclista en el globo de la muerte; y desde luego al mejor payaso del mundo, el gran “Jacquet”.

Nosotros vivíamos frente al estadio de béisbol Durango, por la calle de Baca Ortiz, casi esquina con Madero, por lo tanto éramos los primeros en enterarnos de la llegada del circo, ya que este se instalaba invariablemente dentro del campo donde más tarde se construyó el Cine Alameda que también ya desapareció, empezaron a llegar los grandes camiones pintados de anaranjado y azul, los colores del Circo Atayde, con las grandes jaulas que llevaban dentro a los tigres de Bengala, los leones africanos, y como atracción especial un enorme hipopótamo que era algo nunca visto en esta ciudad.

En compañía de mis hermanos, nos acercamos a los camiones para ver a los animales de cerca, cuando de pronto vimos descender a un hombre que nos pareció como un gigante, era simpático y llevaba en la boca una paleta de dulce; y un sombrero como el que usan los magos, mi hermano Carlos que era el mayor y por lo tanto un especie de guía de todos nosotros dijo con asombro:

  • Miren, ese es “Jacquet”.

Todos volteamos asombrados a ver la figura de ese hombre, la verdad es que en lo que a mí correspondía, no sabía ni quien era “Jacquet”, ni de qué se trataba, lo único que recuerdo es que me pareció un hombre muy simpático.

El payaso al escuchar su nombre nos saludó levantando su mano derecha agitándola frente a nosotros y regalándonos una bella sonrisa.

Carlos mi hermano se acercó a saludarlo, cosa que no hicimos nosotros por temor a ser rechazados, sin embargo “Jacquet” se mostró muy amable con mi hermano, con un mal español le preguntó que dónde podría comer algo típico de este lugar.

Carlos que tenía una gran facilidad de palabra le empezó a describir algunos lugares donde vendían comida, quedando de acuerdo en que lo llevara a la menudería de Genaro por el barrio de Tierra Blanca.

“Jacquet” y mi hermano Carlos caminaron hacia el lugar que se encontraba a un par de cuadras de allí, como si se tratara de dos viejos amigos, nosotros los seguíamos a prudente distancia sin hablar, sorprendidos de que fuera caminado con el famoso payaso del circo, después supimos que quedó encantado con el menudo que preparaba Genaro.

Desde ese día Carlos mi hermano se convirtió en el gran amigo de “Jacquet”, lo llevó a conocer la ciudad y las partes más interesantes, pero lo que más le agradó al cómico francés fue sin duda la Banda de Música del Gobierno del Estado, de la cual era el director mi padre, en una ocasión durante la acostumbrada serenata de los jueves en el kiosco de la Plaza de Armas Carlos lo invitó a subir a la parte en que tocaba la banda, lo presentó con mi padre y de inmediato se acopló al conjunto, en una de las interpretaciones solicitó permiso para accionar cada uno de los instrumentos musicales que formaban parte del conjunto, sorprendiendo a todos por la facilidad que demostró al manejar en forma magistral tanto los metales, maderas y cuerdas.

Por aquel tiempo era integrante de la banda de música don Manuel Cortés, un destacado concertista que tenía una hermosa hija llamada Aurora, la cual acostumbraba llevarle un pequeño refrigerio a su padre durante los jueves de serenata, en esa ocasión no fue la excepción, llegó Aurora a visitar a don Manuel con esa belleza tan singular que de inmediato despertó la admiración de “Jacquet” que sin poderse contener le preguntó a Carlos quien era esa mujer tan bella:

  • Carlitos, quien es esa belleza que acaba de llegar.
  • Es la hija de don Manuel Cortés, un gran músico de esta localidad.
  • Preséntame con ella, por favor.

Carlos llamó a Aurora y le presentó a “Jacquet”, de inmediato se percibió que los dos habían sentido la misma rara sensación de afinidad, se entablaron en una larga plática, que cada vez los hacía sentirse más a gusto, se dieron cuenta que coincidían casi en todo, Aurora había viajado mucho, sobre todo en Francia, lugar al que conocía casi como su patria, allí centraron la plática.

El Circo Atayde estaba por concluir su temporada en esta ciudad y por lo tanto la partida de “Jacquet” era inevitable, el cual se encontraba profundamente enamorado de Aurora, no podía abandonar de buenas a primeras el circo como ella se lo pedía; ni tampoco ella podía seguirlo como el cómico francés se lo solicitaba, acordaron que ella lo esperaría mientras arreglaba su situación con el circo. El día de la partida Aurora acudió a despedirlo, el espectáculo circense continuaría su viaje a la ciudad de Chihuahua, donde ya estaba programado, los dos enamorados se juraron amor eterno, él le dijo que volvería para casarse con ella, Aurora le prometió que lo esperaría.

El Circo Atayde continuó su gira hacía el norte, llegó a Ciudad Juárez, en donde ya tenía programado una estancia de dos semanas, en la función de estreno a “Jacquet” se le notó un tanto triste y melancólico, don Andrés Atayde se había negado a la cancelación del contrato que le había solicitado el payaso; en la función de esa tarde, como era ya una rutina, “Jacquet” subiría a las alturas acompañando a los Hermanos Esqueda, a los que llamaban “Las Aguilas Humanas”, en este acto el cómico francés tomaba el trapecio y salía disparado por el aíre, donde daba tres giros y caía en las manos del trapecista receptor, se había hecho muchas veces, no podía presentarse el menor error, por eso en los últimos meses trabajaban sin red protectora, para hacerlo más interesante al público.

“Jacquet” agarró el trapecio, tomó bastante altura, tal vez más de la necesaria, se soltó y empezó a girar, nadie se explica qué fue lo que pasó pero el payaso llegó unas milésimas de segundo tarde al encuentro con el receptor, lo suficiente para desplomarse al suelo, gritos del público y de las gentes del circo se escucharon por toda la carpa, en el mero centro de la pista como si hubiera sido colocado a propósito, yacía “Jacquet”, muerto.

En la estación de ferrocarriles de la ciudad de Durango, una mujer vestida de negro acude todas las tardes a esperar el tren que le traiga de regreso a su amado.

Algunos aseguran que todavía en estos días se ve a la misma mujer vestida de negro caminando por los andenes de la vieja estación a pesar de que ya hace años que no pasa un tren por esta ciudad.

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