“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

El Cerro de Mercado

¿Has visto llegar la primavera?

Pues bien, la primavera nace en el pico más alto del Cerro de Mercado.

¿No lo crees? Pues te lo voy a contar y, al final, me dirás si tengo, o no, la razón.

Para empezar ¿sabías tú que dentro del Cerro de Mercado existe una gruta inmensa?

Si algún día puedes encontrar la puerta secreta que existe en uno de sus lados, te encontrarás con una larga escalinata hecha de un mármol muy fino, la que te conducirá hasta el mero centro del cerro, y descubrirás un palacio bellísimo.

El piso está hecho de plata.

Grandes losas del precioso metal lo cubren; las paredes son todas de oro macizo y por todas partes brilla la luz intensa producida por la multitud de las piedras preciosas que cuelgan del techo.

Del techo y las paredes prenden perlas, granates, diamantes, rubíes, que despiden luces blancas, azules, verdes, amarillas de gnomos que viven allí.

Pero lo más importante de todo esto es que en el interior del Cerro de Mercado habitan millares de gnomos que viven en armonía.

Pero para empezar ¿sabes lo que es un gnomo? Pues los gnomos son duendes, son los fabricantes y los guardianes de los metales y de las piedras preciosas que hay en el interior del cerro.

Son unos seres pequeñísimos, que apenas sí miden cincuenta centímetros de estatura, su piel es blanca, llevan una grande melena y poseen unos ojos pequeñísimos.

Portan un gran bigote y una barba descomunal; los gnomos son parientes de los enanos; como aquellos enanos que de niños conocimos por el cuento de Blanca Nieves, y se visten como ellos, con un gorro de color rojo, terminado en punta y con un vestido que parece de payaso de circo.

Pues bien, desde hace miles de años, el interior del Cerro de Mercado está invadido por estos seres diminutos y hasta cierto punto exóticos.

Pero lo que solo unos cuantos mortales saben es que estos seres tienen un encargo muy especial y muy delicado: consagrar su vida a cuidar, a alimentar y conservar la primavera.

Por cierto, se me había olvidado decirles que en el interior del castillo hay un gran salón de cristal; algo así como el aparador muy grande de una de esas tiendas modernas de las ciudades, y dentro de ese salón de cristal que les digo los enanos tienen guardadas a las que llegarán a ser las Primaveras.

Son unas niñas hermosas, blancas, como el marfil, sonrosadas, de cabello rubio y largo que les llega hasta la cintura, sus ojos son azules como el color del cielo.

Los gnomos las tienen guardadas en pequeñas cajas, envueltas en algodón para que no mueran de frío; y a todas horas las vigilan, las alimentan, las miman; porque si las dejan morir, ya no habrá Primavera, se acabaría el tiempo y se acabaría el mundo entero.

Cada año cuando el mes de Marzo toca a las puertas de las casas de los habitantes de esta ciudad, los gnomos celebran en el interior del palacio una asamblea general.

La junta es presidida por el enano más viejo de la comunidad, y en esa reunión se discute cuál de las primaveras encerradas en el salón de cristal está más hermosa, más robusta, mejor dotada para echarla al mundo.

Los enanos gritan, opinan, objetan, se enfurecen, patalean, dan volteretas, hacen berrinches.

Y finalmente por medio de una votación secreta, eligen a la Primavera que habrá de salir a recorrer el mundo.

El último día del crudo invierno es la gran fiesta dentro del castillo que se encuentra en el centro del Cerro de Mercado.

La gran fiesta consiste más que nada en despedir a la hermosa Primavera que habrá de abandonar la caja en donde estuvo guardada y salir a cumplir con el fin para que fue creada.

En el interior del Cerro de Mercado hay más luz que de costumbre, los gnomos gritan y cantan, brindan en diminutas copas, con néctares pétreos, por la niña que se va.

Colocan a la elegida sobre un gran trono, en medio del castillo de cristal; todos giran a su alrededor en danzas frenéticas; se dicen los cánticos más extraños, las frases y los gritos anodinos; el enano más viejo entrega a la Primavera, sonríe y se despide de todos.

Mientras tanto acá afuera, en lo que es la callada y tranquila ciudad colonial de Durango, pocas gentes se dan cuenta de lo que pasa; a las once con cuarenta y cinco minutos de la noche en punto, del 21 de marzo, una gran sombra atraviesa la ciudad y va a colocarse sobre el pico más alto del Cerro de Mercado, es la Primavera pasada, la Primavera vieja, que de esta manera está anunciando que dejó de hacer su recorrido prolongado por el mundo.

Viene de un largo viaje, inmenso, en el que tuvo que recorrer todos los pueblos del mundo, se nota enjuta y encorvada; sus vestidos parecen sucios y desgarrados; el cabello y su cara son largos, se aprecia sucia por los polvos de los caminos.

La vieja Primavera trae en sus manos lánguidas un bordón, una alforja vacía y un ramo de flores marchitas.

¡Es la Primavera vieja que ha regresado de su largo viaje!

Pero ¡oh, qué milagro! Cuando suena la última campanada de las doce de la noche en el viejo reloj de la Catedral frente a la Plaza de Armas, el Cerro de Mercado se ilumina con un resplandor vivísimo, como si hubieran encendido dentro de él una hoguera gigantesca.

Luego se levanta el peñasco enorme que cubre la entrada del castillo; del interior sale un resplandor más vivo todavía; se escuchan himnos extraños; se oye el eco de cánticos rarísimos.

De pronto surge la gran visión; llevada en peso por miles de enanos, aparece por encima de las rocas del pico más alto del Cerro de Mercado la nueva Primavera; radiante, coronada, bellísima; los gnomos la elevan muy alto, hasta perderse de vista en el último pico del cerro, y allá la abandonan para que inicie su gran caminata por el mundo.

En la ciudad de Durango las gentes bailan, brindan, gritan, se felicitan por la llegada de la Primavera; y no se dan cuenta de que, en la gruta que está dentro del Cerro de Mercado, los gnomos asisten conmovidos a los funerales de la vieja Primavera, que yace en el suelo, inmóvil para siempre.

Así me lo contaron y así se los cuento a ustedes.