“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

La dama del balcón

Después de que los españoles al mando de don Hernán Cortés lograron derrotar a los terribles aztecas o mexicas, vino lo que se conoció como La Conquista.

Que en realidad esta no se hubiera realizado sin la ayuda que los escasos soldados españoles recibieron de las tribus enemigas de los guerreros aztecas y que se encontraban bajo el dominio de las huestes del Emperador Moctezuma, como un derecho de guerra que le correspondía pagar al vencido.

Las tribus sometidas al dominio de los aztecas, vieron en la llegada de los españoles la solución a su problema que venían padeciendo por años, liberarse de una vez por todas del pago de tributos forzados y qué mejor que fueran esos extraños hombres con vestiduras de fierro y montados sobre extrañas bestias los que sometieran de una vez por todas a los hasta ahora invencibles guerreros.

Cuentan los historiadores que Hernán Cortés entró a la gran Tenochitlan rodeado de más de cinco mil indígenas de diferentes tribus que venían dispuestos a luchar por él, cuando en realidad lo único que buscaban era liberarse del tributo de guerra que, por ser pueblos vencidos en buena lid, tenían que pagar.

Después de que el escaso ejército que comandaba Hernán Cortés se declara vencedor de una batalla que en realidad no habían ganado ellos, sino las tribus que se le habían unido, se autollamaron conquistadores del todo el territorio de México.

Una vez que con miles de argucias tomaron el mando de las principales ciudades del centro de la república, vinieron las atrocidades que la historia aún no ha puesto en claro, sobre la voracidad de los llamados conquistadores por obtener todo el oro que se encontraba sobre el territorio.

Después de muchos años y de la presencia de enviados de la Corona española para frenar todos los desmanes, así como el desconocimiento de Hernán Cortés, se comisionaron a varios militares de alto rango para que al mando de expediciones salieran a “conquistar” o mejor dicho, a recuperar lo que restaba del territorio.

Fue así como una de esas expediciones al mando del Capitán don Francisco de Ibarra llega a nuestras tierras, las que bautizaron de inmediato como la provincia de la Nueva Vizcaya, dejando en este lugar a una docena de monjes que se dedicaron a evangelizar a los indígenas y construir el mayor número de iglesias posibles.

Pronto se conoció como reguero de pólvora en toda España de lo prodigioso y vasto de las tierras de la Nueva España, de sus recién nombradas provincias, en donde se cosechaba todo lo que se sembrara, del metal precioso que casi estaba a flor de piel.

Fue así como cientos de familias españolas decidieron realizar el viaje hacia las nuevas tierras conquistadas y emprender una nueva vida.

Se dice que, en la provincia de Granada en España, vivía una mujer muy rica, a la vez que muy bella, de nombre María Luisa Castro y Videla, esposa del capitán de caballería don Basilio de Torres y Sánchez de Soria que, por intrigas realizadas ante el rey, por gentes de mala alma, habían logrado que este fuera acusado de traición al emperador y sentenciado a morir en la horca.

La mujer de este cumplido y leal servidor del monarca español sabía que todas las calumnias que se habían tejido en torno de su esposo eran mentiras, todos sus esfuerzos por liberar de la muerte a su cónyuge fueron inútiles, la sentencia ya se había dictado y en un par de días se cumpliría.

Cuando doña María Luisa fue a visitar a su esposo por última vez en los calabozos del palacio este le hizo prometer que pasara lo que pasara se iría a vivir a una provincia de la Nueva España, este a su vez, le prometió muy solemnemente que pasara lo que pasara en los próximos días se reuniría con ella, una vez que estuviera debidamente instalada en el lugar que ella escogiera de la nueva patria española.

El capitán don Basilio de Torres y Sánchez de Soria fue ejecutado por órdenes del rey, sus restos fueron entregados a la afligida viuda, quien no quiso recibirlos y ordenó que fueran sepultados en algún lugar en donde ella jamás lo supiera.

Con esto no quería hacerse a la idea de que su esposo había muerto, tenía la seguridad de que su esposo se reuniría con ella en un tiempo no muy lejano como lo había prometido y sabía que cumpliría su palabra como siempre lo había hecho.

Ella también fiel a la promesa que le había hecho a su esposo, invirtió parte de la gran fortuna que su marido le había dejado para mandar construir una gran mansión en la capital de la provincia de la Nueva Vizcaya, que tenía ya algunos años de haber sido fundada por los frailes dominicos en el territorio de la Nueva España, y que por informes sabía que era el mejor lugar para vivir por lo generoso de sus tierras y de su clima.

Después de casi un año de que partieran los hombres de confianza que se encargarían de realizar la construcción de la gran mansión conforme a los requerimientos que ella misma les había hecho sobre todo el referente a un balcón que tuviera vista hacia el horizonte.

La mujer llegó a la capital de la Nueva Vizcaya en el más absoluto de los misterios, a pesar de que todos tenían curiosidad por conocer a la mujer que ocuparía la casa recién construida, que se encontraba en la esquina que formaban las calles de San Carlos y la divina providencia (hoy calle Constitución y 5 de Febrero, en donde se encuentra hoy La Plaza Fundadores).

Nadie supo a qué horas llegó o cómo lo hizo, el caso es que cuando se dieron cuenta doña María Luisa ya se encontraba instalada en su nueva casa, fueron muchos los matrimonios de nobles y autoridades de la Nueva Vizcaya que quisieron ponerse a sus órdenes, pero a todos les mandó decir que no podía recibir a nadie, pasaron los meses y nadie la conocía, jamás la habían visto, los únicos datos que se tenían de ella era por parte de los pocos sirvientes que trabajaban en la casa y que aseguraban que se trataba de una mujer muy joven y hermosa, a la que solo trataban en la oscuridad del cuarto, pero que nunca habían tratado de frente.

Lo único que se decía de ella era que se pasaba horas sentada frente al balcón de su recámara mirando hacia el horizonte, ya entrada la noche se acostaba en su cama y a la mañana siguiente se levantaba muy temprano para hacer lo mismo, sentarse frente al balcón y mirar fijamente al horizonte. Los habitantes de la antigua ciudad de Durango solo miraban la figura de la dama detrás de las cortinas del elevado balcón y empezaron a llamarla la mujer del balcón, jamás la vieron salir a la calle, ni tan siquiera hablar con alguien.

Una tarde del mes de julio, que muy pronto se oscureció por los negros nubarrones que se empezaron a formar en el cielo, acompañados de estruendosos relámpagos que por instantes iluminaban la nueva ciudad, una fuerte lluvia comenzó a caer que más que lluvia parecía un torrencial.

María Luisa, que se encontraba en el lugar de costumbre frente al balcón, de pronto pegó un fuerte grito que se escuchó en toda la casa:

  • Es él, es él, viene tal y como lo prometió; rápido que se prepare todo para recibirlo, que se abran las puertas.

Era la primera vez que los criados veían a la mujer salir de la recámara y dictar sus órdenes personalmente, en efecto se pudieron dar cuenta que se trataba de una mujer muy hermosa de un porte muy distinguido, desde el barandal del segundo piso que daba al primer patio, gritaba sus órdenes, algunos de los criados que ya se encontraban acostados tuvieron que levantarse a cumplir los requerimientos que la señora dictaba.

Cuando abrieron de par en par, el enorme portón del primer patio, debido a lo tupido de la lluvia, no se lograba divisar nada, pero después de unos momentos apareció un jinete montando a un furioso corcel negro, se trataba de un hombre algo maduro, pero de una personalidad avasalladora, portaba un elegante uniforme militar de la corte del rey de España, a galope lento cruzó la puerta principal de la casa que los criados mantenían abierta y una vez en el patio desmontó de su cabalgadura y sin siquiera mirar a los criados, menos hablar con ellos, se dirigió a grandes zancadas hasta la escalera principal para subir sus peldaños y encontrarse con su amada esposa que lo esperaba al final del pasillo.

Se fundieron en un amoroso abrazo y entraron a la recámara principal, los criados procedieron a cerrar las puertas y apagar las teas ardientes con que iluminaban la noche, uno de ellos trata de tomar las riendas del caballo que montaba el recién llegado para llevarlo a las caballerizas, pero fue imposible, parecía que estaba pegado al piso y optaron por dejarlo en ese lugar.

A la mañana siguiente ya se sabía por toda la ciudad la noticia de la llegada del misterioso caballero que portaba el uniforme de la guardia del rey, los criados se habían encargado de difundir todo lo que habían visto la noche anterior y sobre todo la forma tan cordial en que la mujer lo había recibido.

Algo misterioso había sucedido, por la mañana cuando se levantaron los criados no encontraron al furioso caballo negro en que había llegado el dueño de la casa y que no habían podido mover de su lugar, buscaron por todas partes y nadie pudo dar con él, estaban seguros que el amo no había salido puesto que el pasador de la puerta principal se encontraba en su lugar asegurado con el enorme candado y del cual únicamente Manuel, el encargado de la puerta, tenía llave.

Pasaron todo el día esperando que alguno de los esposos se levantara a dar las órdenes correspondientes, pero nada pasó, al día siguiente sucedió lo mismo y así fueron tres días hasta que se decidieron a tocar a la puerta, pero nade respondió a sus llamados, uno de ellos propuso ir por el cura de la iglesia de San Francisco que se encontraba cerca de la casa (donde es hoy el sagrario metropolitano) ya estando el cura presente procedieron a forzar la puerta y lo primero que encontraron fue a doña María Luisa, muerta, sentada frente al balcón como lo había hecho siempre; del misterioso caballero que había llegado la noche de la tormenta, jamás se supo nada.