“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa S.

Se confesó en el lecho de muerte

Existe una leyenda en la ciudad de Durango, que según cuentan los que la conocieron sucedió hace muchos años, tantos que se perdieron las fechas de cuándo se presentaron.

Pero de lo que sí estamos seguros es que estos hechos sucedieron durante la Semana Santa, concretamente en un viernes santo o viernes de Dolores.

El caso es que vivió en esta ciudad capital un comerciante que había venido de España de la provincia de Alicante, este señor llegó a tierras mexicanas buscando hacer fortuna ya que no había logrado crear un capital en su lugar de origen.

Don Manuel Félix del Villar era su nombre de pila, que un buen día llegó a la ciudad de Durango y le gustó el clima, pero sobre todo el carácter bondadoso y sincero de sus habitantes.

Como provenía de una familia de comerciantes, tenía grandes cualidades para los negocios y con algunos ahorros que había logrado juntar decidió establecerse aquí instalando una tienda de abarrotes en la vieja casona que aún se localiza en la esquina que forman las calles de 5 de Febrero y Madero, en donde hoy en día se encuentra un banco.

 Se puede decir que esta fue la primera tienda de abarrotes a gran altura que existió en nuestra ciudad capital. Como don Manuel contaba con familiares en España de inmediato le empezaron a mandar productos elaborados en la Madre Patria que desde luego causaron una gran aceptación entre la población de este lugar.

Muy pronto apareció un gran letrero a las afueras de la vieja casona que con grandes letras decía: “Las Glorias de Alicante”, en donde se ofrecía entre otras cosas toda clase de embutidos, quesos de todos los estilos y formas, piernas de jamón serrano que colgaban de los estantes, chorizos, arroz para paella, garbanzos, latas de conservas y todo tipo de pescado, cajas de bacalao y hasta caviar traído de las partes más lejanas del plantea.

Pero posiblemente lo más atractivo de la tienda de abarrotes de don Manuel lo era sin duda la gran variedad de vinos que le llegaban de las mejores cosechas de uva de España, grandes barriles de fino roble eran descargados en el puerto de Veracruz , transportados por tierra hasta esta ciudad.

  Esta tienda tenía una particularidad muy especial, mantenía abiertas sus puertas los 365 días del año, no cerraba nunca, la mentalidad de don Manuel estaba echa para el trabajo y no permitía que el negocio dejara de producir dividendos por ningún motivo.

Esto desde luego a la gran mayoría de los habitantes de esta ciudad le parecía una buena medida, ya que cualquier día de la semana podrían realizar sus compras con la seguridad de que la tienda “Las glorias de Alicante” tenía sus puertas abiertas.

Pero no así para la gente de profundas creencias católicas y sobre todo a los curas y sacerdotes de la Iglesia, que les parecía un sacrilegio que don Manuel trabajara en días santos, sobre todo en los que se consideraban fechas de guardar como lo era la Semana Santa, en forma muy especial el Jueves Santo y con mayor razón el Viernes de Dolores, que eran los días en que se invitaba a reflexionar sobre la pasión y muerte del Salvador del mundo.

Pero a don Manuel eso lo tenía sin cuidado, en su vida no existía otra cosa que no fuera los negocios, hacer dinero, ese era su lema y por ningún motivo iba a dejar de hacerlo.

Muchas fueron las personas que se acercaron a don Manuel para hacerle ver el grave error en que estaba incurriendo por mantener abierto su negocio en días santos, pero el viejo comerciante siempre contestaba lo mismo.

  • Si yo no me meto en sus vidas, no tienen ustedes por qué meterse en la mía, además me gusta trabajar, no creo que esté cometiendo un delito.

Por supuesto, como era de esperarse, si don Manuel se pasaba todo el día despachando en la tienda, no tenía tiempo de  asistir a la Iglesia y por lo tanto era el único habitante de esta ciudad que no participaba en los actos con que se recordaba la muerte y resurrección de Jesucristo.

Con los años don Manuel vio acrecentar su fortuna hasta convertirse prácticamente en el hombre más acaudalado de la ciudad de Durango, solo y sin familia, el viejo comerciante había empezado a envejecer, nunca contrajo matrimonio y por lo tanto no tuvo descendientes, solamente contaba con un amigo, también español, que se vino a encontrar cuando llegó a esta ciudad y con el cual entabló una sincera amistad, por lo que solían reunirse la noche del domingo de cada semana cuando don Manuel cerraba por fin las puertas de su negocio.

En esas reuniones los dos amigos por lo regular disfrutaban de una botella de buen vino procedente de la mejor cosecha española, se puede decir que este era el único disfrute que tenía en su vida, ya que siempre fue muy reservado en lo que se refiere a los gastos para su persona, quienes lo conocían aseguraban que no gastaba absolutamente en nada, sus alimentos diarios consistían en algunas sobras que quedaban de la mercancía que despachaba y una que otra lata que estaba a punto de caducar, en pocas palabras don Manuel era un tipo muy tacaño.

Su amigo el español casi siempre le hacía ver el gran error en que estaba incurriendo.

  • No os parece don Manuel que debería disfrutar más de los placeres de la vida, por ejemplo una hermosa dama que os haga compañía en las noches de soledad que de seguro ha de pasar muy frecuentemente.
  • No, don Nicanor, las mujeres solo sirven para gastar el poco dinero que uno con tanto sacrificio gana, además de que siempre traen problemas.
  • Posiblemente tenéis razón don Manuel, mas, ¿a quién servirá el producto de tantos años de trabajo?, pues ni tan siquiera tenéis un descendiente.
  • No os preocupéis por eso, amigo mío, que solo he navegado por este mundo y os aseguro que siempre he salido avante de todos los problemas.

Noches después de esta conversación, el español acudió nuevamente a visitar a don Manuel, a la tienda de abarrotes que también le servía de casa, se sorprendió de gran manera que las puertas del negocio se encontraran cerradas, por lo que subió a su habitación, don Manuel atento y buen amigo como siempre lo recibió con el ofrecimiento de una copa de vino; el español notó sin embargo, la palidez en el semblante del viejo comerciante, su ánimo decaído y el temblor de sus manos al beber el vino, el amigo pretendió mantener una conversación normal, pero no le fue posible, se hallaba turbado, inquieto, el español no pudo esperar más y le cuestionó.

  • ¿Qué os pasa don Manuel? ¿Qué tenéis?

En ese mismo instante, don Manuel soltó la copa, encogió el cuerpo en el sillón en que se encontraba, su mano derecha se  crispaba sobre su vientre y la izquierda en sus sienes, en el trance de un dolor terrible que no le permitía hablar.

En cuanto aquel duro espasmo pasó un poco, el amigo llevó al comerciante hasta su lecho, con grandes trabajos pudo recostarlo, pues a pesar de que era muy flaco casi un esqueleto, pesaba como si se tratará de un hombre robusto, don Manuel se notaba muy débil, más de como lo encontró cuando llegó, hablaba con balbuceos, hasta que, empujado por el momento terrible, haciendo un esfuerzo pudo decirle.

  • Ay, amigo mío, mi fin está próximo, moriré sin remedio.

Angustiado al oír esta confesión el amigo le acomodó las almohadas, tomó su sombrero y antes de salir le dijo.

  • Aguardad, amigo mío, iré por un médico.
  • No -suplicó el enfermo- traedme mejor a un confesor.
  • Traeré a los dos, por eso no os preocupéis.

El fiel amigo regresó rápidamente con el cura y el médico, este lo revisó y a continuación entró el cura.

Entre tanto el médico se dirigió al amigo del enfermo con la expresión seria y el acento grave para comunicarle que su amigo agonizaba, el español consternado, quiso saber qué mal padecía.

  • Mal de viejo mi distinguido, del que nadie se escapa –contestó el galeno.

Unos momentos después el cura salió de la alcoba del moribundo.

  • Don Manuel está en paz con Dios, mas desea hablar con usted.
  • Voy en el acto padre.

Ante su amigo ya moribundo, el español aguardó en silencio a que este superara el espasmo que otra vez le estaba atacando: entonces don Manuel habló.

  • Amigo mío, voy a morir ya, mas deseo daros un encargo.
  • Decídmelo, lo cumpliré al pie de la letra.
  • Bien sabéis que no tengo familia cercana.
  • No la tenéis por desgracia.
  • Sí, por eso os pido que te hagáis cargo de todos mis bienes, y repartirlos entre todos los menesterosos.
  • ¿Tal deseáis, don Manuel? –preguntó un tanto asombrado el fiel amigo.
  • Sí, que mi fortuna sirva para aliviar enfermos, consolar viudas, ayudar a los necesitados, que sirva para socorrer a todos los pobres, para enjugar sus lágrimas; dad toda mi fortuna, amigo mío, hasta agotarla.
  • Cumpliré al pie de la letra tus deseos, amigo mío.
  • Aún hay otra cosa que quiero pedirte, amigo mío, el cura me ha impuesto como penitencia para poder absolverme de todos mis pecados, que cumpla con el deber de todo cristiano, de participar en el recordatorio de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, cosa que nunca hice por estar ocupado acrecentando mi fortuna. Tengo que regresar después de muerto cada Viernes Santo, a cumplir con esta obligación al menos durante los próximos diez años, solamente de esta manera poder tener el derecho a que mi alma encuentre el descanso eterno.
  • Y, ¿cuál será mi participación en esta penitencia que se te ha impuesto?
  • Que me acompañes a recorrer los siete templos como lo marca la tradición cristiana para recordar el suplicio que sufrió Nuestro Señor antes de morir en la cruz.
  • En vuestro lecho de muerte, juro cumplir con vuestros deseos, don Manuel.

Con estas palabras el amigo le confirmó solemnemente, tratando de dominar su abatimiento; el moribundo lo escuchó con su último aliento para dar la bienvenida a la muerte cuya sombra se alzaba a su lado.

 En los siguientes meses el amigo español se dedicó a cumplir con los últimos deseos de don Manuel y se entregó de lleno a repartir todos los bienes que en vida había acumulado el viejo comerciante, entre las familias más pobres de la ciudad, llevando al menos un poco de alegría y contentamiento entre todos aquellos que nada tiene y de todo carecen.

Rápidamente llegó un nuevo año y con él la celebración de la Semana Santa, los días de guardar y de recordar la pasión y muerte del Salvador del mundo estaban presentes, el viejo amigo acudió como lo había prometido hasta las puertas del panteón de Oriente, cuando el reloj de la capilla que se encuentra dentro del camposanto entonaba las doce campanadas de la medianoche del Viernes Santo, la reja de la puerta se abrió y apareció una figura cadavérica, la cual sin pronunciar palabra siguió a su fiel amigo hacia los siete templos que tenían que visitar, cumpliendo de esta manera con la penitencia que le había impuesto el cura que confesó a don Manuel en su lecho de muerte.

Cuentan las gentes que vieron a lo largo de diez años que no se podía distinguir quién de los dos era el muerto, pues ambos parecían haber salido de la tumba, que según se dice cumplieron al pie de la letra con esta penitencia hasta que el alma de don Manuel encontró el descanso eterno.

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