“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa S.

El hombre que hizo un pacto con el diablo

cuentoDespués de que fundada lo que vendría a conocerse como la capital de la Nueva Vizcaya, por el misionero Fray Bartolomé de las Casas, muchos años después, se empezó a planear y edificar la majestuosa ciudad capital con sus calle adoquinadas y sus amplias avenidas que por muchos años fue la envidia de otras entidades, obra que duró muchos años en donde participaron generaciones completas de artesanos y constructores que pasaron sus labores a sus hijos y estos a sus nietos.

Prácticamente la ciudad capital de la Nueva Vizcaya (hoy Durango) se edificó alrededor de lo que se consideraba su principal riqueza el Cerro del Mercado, que según los españoles estaban plenamente convencidos que se trataba de un Cerro de Oro, conforme fueron avanzando los trabajos, empezaron a surgir grandes edificaciones dando así pie a lo que más tarde sería la ciudad capital de la Nueva Vizcaya.

Las casas que se construyeron como viviendas para las primeras familias de españoles que vinieron a poblar esta nueva entidad fueron sin duda verdaderas mansiones.

Una de estas casas que fue construida frente a la Catedral (en donde hoy se encuentra un banco comercial) perteneció a un noble español llamado don Luis Antonio del Monte y Castelares, un hombre de fuerte carácter que personalmente estuvo dirigiendo la obra, cuidando todos los detalles que se hicieran conforme él los había ordenado.

Esta enorme finca tenía toda la particularidad de las mansiones edificadas en la provincia de Salamanca España, de donde era oriundo don Luis Antonio; de estilo plateresco del siglo XVI, sus muros de gruesa cantera traída de los yacimientos de Santa Gertrudis del Alto (hoy el Salto Pueblo Nuevo) en donde era transportada en caravanas de carretas jaladas por bueyes.

Sus puertas y ventanas estaban finamente ornamentadas con los más increíbles trabajos de herrería, tanto la fachada de la puerta principal como cada una de las ventanas tenía en sus frontispicios medallones con los escudos de armas del dueño de la mansión, así como relieves en los cuales sobresalían calaveras labradas en las ménsulas, las puertas de la más fina caoba, también tenían labradas varías calaveras como un detalle personal de don Luis Antonio.

Fue esta una de las primeras mansiones que fueron construidas en la capital de la Nueva Vizcaya, no se tiene conocimiento alguno que pudiera existir alguna otra casa que superara en lujo y majestuosidad a la construida por don Luis Antonio, ya que constaban de 45 cuartos debidamente amueblados, tres patios con sus respectivas fuentes en el centro y dos traspatios para uso de las caballerizas en donde estaban cuatro elegantes carrozas que utilizaban los dueños de la casa para sus paseos.

Este noble y rico español estaba casado con doña Martina del Bosque y Sotavento, de origen español que había seguido a su marido a la Nueva España en busca de fortuna, este matrimonio tenía una hija llamada Consuelo, la cual había heredado el carácter fuerte de su padre, además de que era altanera y pretensiosa.

Fueron algunos nobles españoles que pretendieron la mano de la hija de don Luis Antonio, pero fueron rechazados uno a uno, por la hermosa mujer, que consideraba estaban muy por debajo de sus pretensiones.

La enorme mansión era la admiración de todas las familias españolas que llegaban a la capital de la Nueva Vizcaya para instalarse, muchos pretendieron emular a don Antonio en el tipo de construcción pero en realidad ninguno de ellos logró edificar una casa de las características de esta.

Después de exactos seis años de haber terminado la construcción de su casa, don Luis Antonio falleció de una forma muy misteriosa, ya que según se dice estaba lleno de vida y gozaba de una cabal salud, era hombre de trabajo y de actividades diarias, no tenía ningún vicio, ni se le conocía mujer alguna fuera de su matrimonio, según cuenta la leyenda un misterioso personaje se presentó una noche de San Juan, en la puerta de la mansión llamando fuertemente a la puerta, cuando los criados salieron a preguntar qué era lo que se le ofrecía el misterioso individuo que llevaba el rostro tapado por una capa negra que prendía de su cuello, solo dijo:

  • Dile a tu amo que el Conde de la Concha está aquí, que salga de inmediato.

Cuenta la leyenda que cuando don Luis Antonio escuchó este nombre palideció y de inmediato salió a enfrentar al individuo, alejándose los dos de la casa para no regresar nunca jamás.

Como a los quince días lo trajeron hasta la mansión en una carreta jalada por dos caballos negros a paso lento, fue velado en la sala principal de la casa, su mujer y su hija permanecieron impávidas junto al féretro de color negro que contenía sus restos, en la Catedral Basílica Mayor fueron las honras fúnebres y más tarde fue enterrado a un costado del altar mayor de la misma Catedral, por considerar que se trataba de un noble español y tenía tal derecho.

A los pocos meses falleció doña Martina, se dijo en aquel entonces que había muerte del mal de la tristeza, por no poder soportar la soledad que le había dejado la desaparición de su marido, fue sepultada junto a su esposo en la Catedral, por lo tanto la enorme mansión, las tierras y ganado así como todos los peones que vivían en ella pasaron a manos de doña Consuelo que permanecía soltera.

Debido a que la capital de la Nueva Vizcaya estaba creciendo a pasos agigantados, y que nuevas familias de emigrantes españoles venían a instalarse y tomar posesión de las tierras, el virrey don Luis de Velazco mandó una guarnición de soldados para que garantizara la seguridad de los nobles españoles que temían que los indios de esta región se fueran a revelar por ser constantemente despojados de sus tierras.

Al mando de esta guarnición de soldados venía el joven teniente de caballería don Apolinar de la Sota y López, de gran porte y elegancia, había egresado de la escuela de caballería de Madrid, de donde fue comisionado a servir dentro del batallón de lanceros de la Nueva España.

Desde que llegó a la capital de la Nueva Vizcaya, fue asediado por las damitas de la localidad, pero él se mostraba imperturbable y dueño de una gran responsabilidad hacia sus deberes de militar. En una ocasión reunió en el salón principal del Ayuntamiento a todos los dueños de tierras y de ganado para darles a conocer su plan de defensa en contra de los indios rebeldes; fue ahí en donde vio por vez primera a la joven Consuelo, ya tenía informes que era la más rica de toda la Nueva Vizcaya, y que permanecía soltera sin ningún pretendiente que asediara sus pasos.

Hacia ella encaminó todas sus atenciones y galanteos, al grado de que en pocos días empezó un gran romance, ella se enamoró perdidamente del joven teniente de caballería, y no se había cumplido aún el año de que se conocieron cuando ya estaban contrayendo matrimonio en la Catedral.

Cuenta la leyenda que cuando el nuevo matrimonio se instaló en la mansión que había sido construida por el padre de Consuelo, esa misma noche se presentó de nuevo el misterioso personaje que se había llevado a don Luis Antonio, un año antes y sin que nadie se explicara cómo lo había hecho traspasó la puerta principal a pesar de que esta se encontraba cerrada y llegó hasta el comedor en donde cenaban los recién casados y palabras más palabras menos les dijo:

  • Vengo por ti, Consuelo, tu padre hizo un trato conmigo hace años en donde convenimos que si le daba poder y riqueza él me entregaría a su hija y no cumplió su palabra, por eso lo llevé a la región de las sombras, pero ahora que supe que te has casado con este caballero vengo a reclamar lo que es mío.

Doña Leonor que era la criada de confianza de la casa y la más vieja había escuchado todo la conversación y sin pensarlo dos veces tomó una botella que contenía agua bendita traída del Santuario de Lourdes y la arrojó sobre el misterioso personaje quien al sentir el agua se desintegró entre alaridos que parecían de un animal herido, desde entonces nunca se volvió a saber nada de este personaje.