“El cuento del Ramadán”, por Salvador de la Rosa

El globo que nunca se elevó

Lo que conocemos hoy en día como la plazuela de Baca Ortiz, a principios de 1800, era totalmente diferente, se trataba solamente de una alameda en donde el ejército español acostumbraba ahorcar a los indios rebeldes.

A un costado de esta alameda corría un canal que llevaba las aguas que bajaban de la sierra, y que también servía a los habitantes del Durango Antiguo como canal de desechos, o sea que lo utilizaban para tirar todo tipo de desperdicios, porque habrá que recordar que en aquellos años no existía servicio de limpia como el que tenemos ahora.

Por lo tanto, este canal, que años después se conoció como la “acequia grande” y en la actualidad está entubada si no en su totalidad al menos sí en gran parte, pues bien, por esos años, se encontraba casi siempre rebosando de inmundicias, en algunas partes nacían a la manera silvestre grandes cañaverales.

Más al sur de la arboleda dividida solo por la acequia, estaba la iglesia de San Juan de Analco, se consideraba una parroquia humilde, en donde por lo regular acudían los enfermos pobres, con sus huesos al descubierto y sus ojos espantados, esta Iglesia contaba con un pequeño dispensario que proporcionaba algún alimento a estos desvalidos como único remedio a sus males.

Hacia el norte de la ciudad, detrás de la Iglesia de Santa Ana, se encontraban un remolino de callejones, de casuchas construidas con diferente tipo de material, puertas enanas, ventanas mal construidas con atolerías llenas de humo, con el envigado casi flotando en aguas pútridas; mujeres medio desnudas sobre el metate elaborando tortillas, muchachos en cueros vivos, gateando o arrastrándose; jaurías de perros hambrientos que mostraban las costillas como si se tratara de una coraza.

Era costumbre que todos los caseríos crecieran alrededor de las iglesias, como si buscaran una especie de protección divina a sus temores de ser despojados de sus viviendas, como en el caso de la iglesia de San Francisco, que se localizaba en donde hoy se encuentra el multifamiliar Francisco Zarco a un costado del mercado de Gómez Palacio, que hizo célebre aquel legendario bandido mejor conocido como Manuel González “El Marcado” que se especializaba en asaltar a sus víctimas que tenían la mala fortuna de caminar por esos rumbos, a los que despojaba de todas sus pertenencias.

Cerca de esta parroquia estaba la casa de Mercedes “La Pelirroja” que regenteaba una casa de mala nota en donde se daban cita noche tras noche lo más granado de los malvivientes de aquellos tiempos y que se decía era un perfecto escondite de los hijos sacrílegos y confidente de los amoríos de los reverendos padres que amparados en las sombras de la noche visitaban la casa de la “Pelirroja” y que así como entraban con la capa cubriéndoles el rostro de igual manera salían a altas horas de la noche.

La tranquilidad del Durango de aquellos años se veía interrumpida porque en sus angostas calles e intrincados callejones se presenta de pronto ya una pelea de gallos, o un juego de pítima o rayuela, o un grupo de escandalosos ebrios que se ponían a cantar a la luna en plena madrugada, o el roncar de un marrano dichoso, o el pastar de un caballo flaco y trasegado o de una vaca escuálida en una rinconada.

Los oficios del Durango Viejo eran muy especiales y variados, como por ejemplo la presencia del clásico zapatero remendón, con la espalda al viento, gran rosario que le colgaba del cuello, espeso mechón de cabellos colgando sobre la frente, su banquillo de tres patas, su mesa mugrosa con la herramienta y el trasto del engrudo, su perro pleitista y su inseparable jarro de pulque al lado.

O un tejedor echado de bruces sobre el telar, o un fabricante de sillas de tule sentado en el suelo con un formón apoyado en el dedo gordo del pie, construyendo esas sillas que eran casi seguro que fueran a parar a las casas de los amos en las haciendas de los alrededores.

Ya por aquellos tiempos empezaban a surgir las famosas casas de vecindad que durante muchos años fueron tan peculiares en Durango, con sus amplios patios, distinguidos ya con una higuera, ya con un granado y varios floripondios; sus arriates con mastuerzo, chícharo y albahaca; en los aires flotando en varios tendederos calzones y camisas desgarradas en su mayoría, en los suelos, petates desbaratados y demás; en la puerta un gallo, en el interior perro y gato, en el fondo una lamparilla ardiendo a la Virgen de los Remedios, mientras que en otros muros se encontraban nichos con la imagen de San Juan Bautista o San Antonio de Michelena, que a decir de la gente eran santos que le atinaban para hacer milagros.

Lo que en realidad sobresalía en el Durango de aquellos tiempos eran las grandes construcciones de las casas enormes en que estaban recluidas las monjas de las diferentes órdenes a las que habían profesado las mujeres que a solicitud de sus familiares eran llevadas a esos lugares como una muestra de fe.

Por aquellos tiempos absorbió la atención y hasta se puede decir que enloqueció a los durangueños el anuncio de que se presentaría un globo aerostático traído en barco desde Europa por el señor Henry Matthew Crouchley, un alemán que había instalado en Durango la primera ferretera que existió en esta ciudad, y que se encontraba en donde es hoy la llamada Plaza Fundadores. Durante varios días corrieron los rumores entre todos los habitantes de la ciudad sobre los prodigios que realizaban esta clase de aparatos, la mayoría de los hombres que pertenecían a la alta sociedad aseguraban que ya conocían estos maravillosos globos y que hasta se habían transportado en ellos, aunque la realidad fuera otra.

La gente se paseaba inquieta por enfrente de la ferretera del alemán, tratando de averiguar cuándo sería el día exacto en que sería lanzado el globo por los aires.

La madame Celia Costa y Solari, que era la única modista que existía en la ciudad, y que vestía a todas las damas esposas de los hacendados y a sus hijas que ya habían ingresado a la sociedad, con motivo de estos acontecimientos reformó su taller que se encontraba frente a la ferretera del alemán, y colocó sargas y encajes raros con los colores de la bandera de Alemania, así como vistosas telas de seda pura adornaban los mostradores que asemejaban un globo como el que se suponía surcaría los cielos de Durango.

En los alrededores de la Plaza de Armas frente a Catedral y al hotel Reichaleu, en que debía verificarse la ascensión, se improvisaron tiendas y jacalones para fondas, pulquerías y toda clase de vendimia.

En los edificios que rodeaban a la Plaza de Armas se veían amplísimas banderas con los colores de Alemania como una muestra de agradecimiento al dueño de la ferretera que había realizado la hazaña de traer desde su país un globo de las características del que se hablaba.

El día señalado pareciera que el Creador había escogido un espléndido día para tal acontecimiento, las improvisadas gradas que se habían mandado construir para este espectáculo que resultaba histórico, hormigueaban de gente que parecía precipitarse en cataratas los unos contra los otros por tener un mejor lugar para presenciar en todo su esplendor lo que estaba por ocurrir.

La exhibición se había programado para las once de la mañana; en el centro de la Plaza de Armas, y sobre una improvisada tarima estaba el hijo del dueño de la ferretera, que hasta ese día se supo sería el que realizaría la hazaña de conducir el globo por los aires, rubio, delgado y de mejillas encendidas, con un gorro de cuero que le cubría la cabeza, y unos lentes claros que tenía sobre la frente, usaba unas botas de piel hasta la rodilla y un pantalón de montar, una chamarra de cuero abrochada hasta el cuello.

Había en el suelo un hornillo que surtía de aire caliente al globo, que ya se levantaba más alto que las mismas torres de catedral, se trataba de un monstruoso globo encarnado que tambaleaba perezoso, recibiendo el gas, y que se bamboleaba preso en su red inmensa a impulso del viento.

En otra tarima vistosamente arreglada con listones de colores y sillas de terciopelo, estaban alejadas de la muchedumbre las damas de la alta sociedad, con sus tocados de pluma, sus perlas y brillantes en el cuello, sus vestidos de punto o de tela riquísimos.

En palcos especiales lucían vistosos uniformes los militares del ejército español, que se mezclaban con los fracs áridos color de pasa y verdes con botones dorados de los aristócratas de la localidad, hábitos y mantas, trajes talares de colegiales y trajes de payos, cortesanos con sus cueros bordados de oro y plata, sus chalecos blancos y sus calzones de paño riquísimos.

La asunción del globo no llegó a verificarse por más que se hicieron intentos, los responsables de este acontecimiento dieron orden de que nadie se moviera de sus lugares, lo que puso en alerta a la concurrencia; pero después de unas horas asomó su cara el fastidio, se hizo sentir el hambre, y el sitio fue atroz; los comerciantes como en todas las épocas aprovecharon la ocasión para hacer su “agosto”, valían una naranja un real y un real un cucurucho de cacahuetes.

Por fin el globo no subió, la gente se retiró bastante molesta, y el volador, el hijo de Henry Matthew Crouchley, después de bien silbado y de recibir sobre su globo cáscaras y toda clase de basura, tuvo que esconderse para no ser víctima de la ira del pueblo.

Así fue como me lo contaron y así es como se los cuento a ustedes.