El doctor de muñecas Julio Roldán restaura recuerdos y cariño en Buenos Aires


Buenos Aires, 16 sep (EFE).- En un pequeño, pero mágico, local de Buenos Aires, unas 400 muñecas antiguas se agolpan entre decenas de extremidades, ojos y melenas que pertenecieron a otras algún día. Allí, el doctor Julio Roldán se encarga de restaurarlas y devolver a sus dueños los recuerdos, la ilusión y el cariño que simbolizan.

Con una cabeza de plástico en la mano y una bata que todavía luce un borroso “Dr. Roldán” escrito a rotulador tres décadas atrás, recibe, siempre sonriente, a todo aquel que necesite una “cura” o, simplemente, saber más acerca del original oficio al que se dedica desde hace medio siglo.

“Recupero afectos”, resume este orfebre -como él mismo se define- de 70 años, en una entrevista con Efe en la que es la única clínica de muñecas que queda en la ciudad.

“Te pueden regalar un Rolls-Royce, te pueden regalar un anillo de oro y siempre lo que va a salir a la luz es el afecto de la muñeca” porque el vínculo familiar que generan es “único” y todas ellas esconden historias “hermosas, tristes, alegres”, y, además, siempre “verídicas”, insiste.

Roldán trabaja en un pequeño escritorio, que, cuando hace buen tiempo, saca al patio para poder “operar” bajo la luz del sol a sus pacientes, todos ellos diferentes entre sí porque, como bien dice su médico, en todo el taller “no hay dos iguales”.

Allí tiene ahora a Pedrito, un muñeco japonés de celuloide de 80 años que ha arreglado con productos fabricados por él mismo y que muestra orgulloso e inevitablemente emocionado después de tantas semanas junto a él.

En ocasiones, resulta abrumadora la cantidad de recuerdos que se amontonan en tan pocos metros cuadrados, ya no solo por los que vienen impregnados en las propias muñecas, que observan al visitante desde todos los rincones del local, sino por los que ha ido acumulando el doctor durante casi una vida dedicado a esto.

Cuenta como si hubiese sido ayer cómo fue arreglar su primera muñeca, aquella ‘Rayito de Sol’ de los años 60 a la que se le había estropeado el disco y hablaba “muy gangoso”, o la más antigua que recibió: una autómata japonesa de 140 años que no podía moverse bien.

También se acuerda perfectamente de la que más le costó: una ‘Carolina’ que había dejado de hablar y caminar y que, por muchas veces que lo intentase, sólo lograba que funcionara desmontada.

“A la semana ya me tenía alterado, abrí la puerta y la tiré casi a la vereda (acera) de enfrente. Por supuesto, se hizo 20 pedazos. ¿Sabés lo que fue después armar todo eso de vuelta?”, relata antes de admitir que, aunque no lo repitió jamás, eso sí: el golpe hizo que volviese a andar “como nunca”.

Todas estas experiencias le sirvieron para aprender de una original profesión que inició cuando era niño y vivía en una casa de barro y paja en Villa Tulumba, un pueblo de la central provincia de Córdoba.

Allí, él y sus once hermanos fabricaban muñecos de adobe junto a su padre, una labor en la que, ya entonces, destacaba.

En estos 50 años, ha cambiado mucho su público. Desde niñas y niños pequeños, pasando por coleccionistas, hasta quienes se acercan ahora, en su mayoría bisabuelas, abuelos, madres y padres de Argentina, pero también de Chile, Brasil, Italia o España.

A veces llegan solos para recuperar uno de estos recuerdos en forma de muñeco y a veces con alguien de la mano para transmitirle su amor por estos mágicos e históricos juguetes.

Incluso vienen a verle productores que buscan muñecas antiguas para utilizarlas en películas, programas o series de televisión. Porque si hay un lugar para encontrar la que buscas, esa es la clínica de Roldán.

Pese a que es consciente de que están en peligro de extinción, no le da miedo: “seguramente están perdiendo el valor que tenían antes por todos los adelantos tecnológicos, pero también hay algo que no vamos a perder nunca, que son las familias que quieren que las nenas o los nietos, los hijos, los bisnietos sigan jugando con muñecas”.

“Soy hincha de lo que hago”, insiste el artesano, quien admite que aunque le encantaría que su oficio continuase “por toda la vida”, es difícil porque no se puede aprender en una universidad, sino que “se hereda o se mama de chico (pequeño)”.

Al preguntarle a qué otra cosa cree que podría haberse dedicado, ni lo duda: “si yo naciera de vuelta, quiero mi misma familia, mis once hermanos, nacer en el campo, vivir en el campo y tener esto”.

“No sé cuántos podrán decir que trabajan en lo que aman, no hay muchos” y, en su caso, lo tiene claro: “era esto”. EFE