El escribano que desafía paso del tiempo en la mexicana Plaza Santo Domingo

Isabel Reviejo

México, 9 nov (EFE).- Todo lo que Rommel Jaimes sabe se lo debe a la máquina de escribir. Lleva más de medio siglo en la Plaza de Santo Domingo de la capital mexicana poniendo sobre papel las palabras de otros, una actividad cargada de romanticismo que resiste en una sociedad que, asegura, ha perdido el gusto por las letras.

“Antes a la gente le gustaba escribir; ahora es difícil que quieran escribir algo. Están pegados al teléfono o a la computadora”, comenta a Efe este escribano de 63 años.

Todos los días, Rommel se desplaza desde su casa en San Juan Teotihuacan (Estado de México) hasta Santo Domingo, donde ocupa el mismo escritorio en el que trabajaba su padre.

Sobre la mesa descansa su mayor tesoro, una máquina de escribir automática marca IBM que, defiende, es “la mejor para este trabajo”, aunque reconoce que cada vez es más difícil encontrar los cartuchos, que consigue a través de conocidos.

Rommel asegura ser el escribano más veterano de Santo Domingo, a pocos metros del Zócalo capitalino. El lugar se convirtió, hace siglos, en el punto de encuentro al que acudían miles de personas para conseguir sus escritos.

Antes los frailes dominicos se encargaban de esta tarea, en el convento de la Orden de Santo Domingo, del que ahora solo queda la iglesia. Posteriormente, fueron los escribanos -a los que también se conoce como “evangelistas”- lo que continuaron la tradición en el siglo XIX.

Rommel recuerda cómo, en sus inicios, las personas que no sabían escribir hacían largas filas para hacer encargos a los escribanos, resguardados por los soportales de la plaza.

Él llegó a Santo Domingo a los seis años, para ayudar a su padre con los recados. A los once ya escribía a máquina, con dos dedos.

“Venía una muchacha que le iba a mandar (un mensaje) a alguien, o el joven que iba a mandarle a su esposa una carta, unas flores… era de otra manera la vida”, apunta el escribano.

Entre las destrezas que ha adquirido a lo largo de los años está la de escribir cartas de amor, un encargo que le piden cada vez menos -la última la realizó hace unos tres años- y que cobra a cien pesos (cinco dólares).

“Yo le pregunto qué quiere decir, cómo lo quiere decir, y yo lo pongo en palabras”, asevera. Hacerlo sin que el destinatario sospeche de la autoría, argumenta, es fácil, porque pregunta aspectos íntimos como qué nombres cariñosos utiliza quien hace el encargo con su pareja y “qué tanto amor le tiene”.

Sin embargo, “los jóvenes son diferentes ahora” y “ya perdieron el romanticismo”: “Yo estoy educado al estilo antiguo, y ahora la gente piensa diferente”.

En ello han tenido un fuerte impacto las nuevas tecnologías, las cuales no son de por sí malas, siempre que se usen “con medida” y no se convierta en “vicio”, apunta.

Bajo los concurridos soportales de Santo Domingo se amontonan los puestos que venden sellos, postales y otros artículos de papelería, así como los locales de imprenta.

“De la máquina ya quedamos pocos, como cinco o seis; la mayoría se dedica a la imprenta. Y mucha gente no sabe escribir, nada más tienen el escritorio para tener clientes”, subraya.

Aunque en el mundo de hoy su oficio podría parecer anacrónico, el escribano relata que hace multitud de encargos, como contratos, oficios, transcripciones, cartas y correcciones de estilo.

El trabajo “hay que irlo adaptando, hasta cierto punto”, porque hay cosas que se han dejado de hacer por las computadoras. Por ejemplo, las facturas, a las que antes dedicaba horas pero que ahora son digitales.

A su escritorio todavía se acercan un puñado de clientes “de toda la vida” y su actividad la complementa con la de su hijo, a cargo de una imprenta.

Todo lo que escribe lo hace de forma “sencilla”, y además, con “pocas palabras”. “Porque la gente es floja (perezosa) para leer, y más los funcionarios”, bromea.

Entre los encargos más extraños que ha recibido, menciona el caso de un periodista de la fuente policiaca que le dictó una columna cargada de “malas palabras”, lo que en su momento le impactó.

También reconoce haber escrito algunos anónimos con mensajes amenazadores. “No estoy aquí para cambiar el mundo”, apunta con una cierta resignación.

Y no solo conoce al dedillo los secretos del oficio, sino también los de todas las materias con las que ha trabajado en sus escritos. Incluso asegura que puede hacer tesis por encargo, partiendo desde cero.

La máquina de escribir “es la mejor escuela que he tenido”, sentencia Rommel. EFE