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Hondureños y salvadoreños en pueblos fronterizos claman por ayuda estatal

Germán Reyes

Nahuaterique (Honduras), 13 jul (EFE).- Hondureños y salvadoreños que habitan en pueblos fronterizos de sus países que estuvieron en litigio durante muchos años, claman por ayuda gubernamental para salir de la pobreza en la que han siempre han vivido.

Nahuaterique es uno de los seis territorios que estuvieron en disputa durante el centenario contencioso limítrofe y migratorio entre Honduras y El Salvador, distribuidos en unos 400 kilómetros cuadrados, de los que dos terceras partes le fueron reconocidos a los hondureños.

En esta región de Honduras, que los salvadoreños reclamaban como suya antes del fallo de 1992 de la Corte Internacional de Justicia, viven muchas familias de los dos países a las que se les concedió, entre otros beneficios, la doble nacionalidad.

La Corte Internacional de Justicia, con su fallo, puso fin al contencioso entre los dos países centroamericanos, que en julio de 1969 libraron una guerra de cien horas que les distanció durante once años, hasta que en 1980 suscribieron un Tratado General de Paz, con la mediación del jurista y expresidente peruano José Bustamante y Rivero.

En la comunidad de El Zancudo, jurisdicción de Nahuaterique, departamento hondureño de La Paz, las familias de los dos países viven en armonía y en su mayoría se dedican a actividades agrícolas de subsistencia.

Circulan el dólar estadounidense como moneda de El Salvador, y un devaluado lempira, de Honduras, que actualmente se cotiza a casi 25 por un billete verde.

De la pobreza de El Zancudo, otrora territorio salvadoreño, ha sido testigo Benancia Gutiérrez, quien nació en esta comunidad hace 76 años y se enorgullece de ser salvadoreña.

Benancia sonríe al recordar momentos en que hondureños y salvadoreños discutían por cuestiones de territorio y nacionalidad, incluso a su esposo ya fallecido, quien fue soldado y peleó contra Honduras en la guerra de 1969.

El conflicto bélico pareciera que pasó al olvido en El Zancudo, donde Benancia dijo que “nosotros siempre somos los mismos”.

“Fui casada, hijos tuve como diez, he vivido trabajando, los crié a ellos, yo salía a hacer tareas, a limpiar milpas”, señaló Benancia quien de su marido indicó además que trabajó la agricultura pero “le gustaba tomar”, tanto, que “murió bolo” (borracho).

Para sobrevivir en El Zancudo, Benancia relató que hay días que se dedica a lavar ropa ajena y otros a buscar moras para vender.

Cuando la guerra, se fue “para el centro de El Salvador”, pero después de varios años volvió con su familia, aunque los hondureños pretendían impedirlo con “tapadas por esas montañas”.

“Después de eso fue la guerrilla, pero ahí si era más triste, porque entonces a nosotros nos ponían a hacer tareas, a moler (maíz), y si uno no hacía lo que ellos decían, el otro día no amanecía uno”, acotó.

Varios puntos de la frontera común entre Honduras y El Salvador fueron santuario de la otrora guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que de 1980 a 1992 combatió en el vecino país.

Benancia, quien tiene familiares hondureños, expresó que si tuviera que pedirle algo a los Gobiernos de Honduras y El Salvador, sería trabajo para los habitantes de El Zancudo.

“Aquí necesitamos trabajo, proyectos de trabajo, porque eso es lo que no hay para la gente”, recalcó.

De su vida lamenta no saber leer y escribir, porque sus padres no la llevaron a la escuela, relata con una sonrisa esta mujer cuyo rostro deja al descubierto lo duro que le ha tratado la vida.

Benancia es una de los miles de ciudadanos hondureños y salvadoreños unidos por nexos familiares.

Natural de El Zancudo también es José María Lazo, salvadoreño de 54 años, un líder comunal, casado, con seis hijos, que también se dedica a la agricultura de subsistencia -maíz y fríjoles- y la venta de algunas frutas o cualquier otra cosa que pueda.

Lazo no recuerda nada de la guerra entre Honduras y El Salvador porque en 1969 tenía cuatro años, pero dice que en medio de la pobreza se siente orgullo de tener la “doble nacionalidad” y aboga por mejores condiciones de vida para su tierra común.

En El Zancudo, Lazo, quien no conoció a su padre y solo cursó hasta el primer grado de educación, es presidente de la Unidad de Salud, además vicepresidente del Centro Básico de Educación y del de preparatoria para el primer grado.

De la relación entre hondureños y salvadoreños en El Zancudo y Nahuaterique en general, dijo que “es buena” y que se entienden “como seres humanos”, lo que no pudieron hacer en 1969 los entonces presidentes de El Salvador, Fidel Sánchez Hernández, y Oswaldo López Arellano, de Honduras, ambos militares, ya fallecidos, para evitar la guerra.

Lazo también sueña con que El Zancudo cuente con un centro de educación hasta el nivel de secundaria y programas sociales que incluyan buenas carreteras para desarrollar esta fértil región de montañas, aire fresco y gente sencilla que invita a volver. EFE