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Jameneí, el guía espiritual que maneja los entresijos del poder en Irán

Marina Villén

Teherán, 4 jun (EFE).- El líder supremo iraní, Ali Jameneí, ha influido de forma determinante en la trayectoria política y religiosa de la República Islámica durante sus 30 años en el poder, sin titubear ante las corrientes más reformistas.

Caracterizado por su turbante negro y su frondosa barba blanca, Jameneí ha sabido mantener el equilibrio entre las distintas facciones para que ninguna acapare demasiado poder desde que fue nombrado sucesor del ayatolá Ruholá Jomeiní el 4 junio de 1989.

Siempre ha hostigado también a los “enemigos” de la nación, principalmente Estados Unidos, país con el que ha descartado volver a negociar pese al repunte de la tensión en el golfo Pérsico y la crisis económica causada por las sanciones estadounidenses.

“La única opción de la nación iraní será la resistencia frente a EEUU y, en esa confrontación, EEUU se verá obligado a retirarse”, aseveró el mes pasado.

Nació el 16 de julio de 1939 en la ciudad santa de Mashad en el seno de una familia de religiosos chiíes que le enseñaron a llevar una vida sencilla y humilde, según recoge su biografía oficial.

“Mi padre, aunque era una figura religiosa muy conocida, era un poco asceta. Tuvimos una vida dura… a veces, para la cena, no teníamos nada más que pan con algunas pasas”, contó el ayatolá.

Siguiendo con la tradición familiar cursó estudios en el seminario teológico de Mashad, en la ciudad santa de Nayaf (Irak) y en la escuela religiosa de la urbe de Qom.

En Qom, estudió bajo la dirección de Jomeiní, fundador de la República Islámica, del que se siente, de acuerdo a sus palabras, “un discípulo en las áreas de ideas políticas y revolucionarias y jurisprudencia islámica”.

Se unió en 1962 a las filas del movimiento islámico revolucionario encabezado por Jomeiní, participando un año después en un levantamiento contra el sha Mohamad Reza Pahlaví.

Estas actividades y su proselitismo en las universidades de Mashad y Teherán, en ocasiones en la clandestinidad, le pusieron en el punto de mira de la policía del sha, la Savak, que lo detuvo en seis ocasiones y lo torturó.

Tras su último encarcelamiento, fue condenado al exilio, del que regresó a fines de 1978 para participar en la revolución contra el sha y en la fundación del Partido de la República Islámica (PRI).

Miembro del Consejo de la Revolución, viceministro de Defensa, supervisor del Cuerpo de los Guardianes de la Revolución, responsable del Consejo Superior de Defensa y líder de la plegaria semanal de los viernes en Teherán, fueron algunos de los cargos que ostentó en los albores del nuevo régimen, cuando fue víctima también de un atentado.

En octubre de 1981, después de que el anterior presidente fuera asesinado, se presentó a las elecciones presidenciales como candidato del PRI y resultó elegido con más del 96 %.

Tras renovar el cargo cuatro años después, ocupó la presidencia hasta junio de 1989, cuando tras la muerte de Jomeiní fue nombrado líder supremo de Irán.

Este nombramiento no estuvo exento de polémica, ya que no cumplía con el grado de “marya” (fuente de emulación) y ni siquiera era ayatolá, pero así lo decidió Jomeiní debido a su disconformidad con los otros candidatos.

Se le consideraba de tendencia moderada y partidario de acabar con el aislamiento internacional de Irán, pero con la llegada a la presidencia en 1997 del reformista Mohamad Jatamí intentó poner freno al programa de cambios, sufriendo en esa época acoso de la prensa y los intelectuales liberales.

También intervino para frenar las manifestaciones del Movimiento Verde contra la controvertida reelección en 2009 de Mahmud Ahmadineyad, siguiendo a día de hoy los líderes de la llamada “sedición”, Mir Hosein Musaví y Mehdi Karrubí, bajo arresto domiciliario.

Con el triunfo en 2013 del presidente moderado, Hasan Rohaní, aceptó la firma del acuerdo nuclear entre Irán y seis grandes potencias, que limita las capacidades atómicas de Teherán a cambio del levantamiento de las sanciones.

No obstante, mantuvo sus duras críticas contra EEUU, así como contra un acercamiento excesivo a Occidente, recomendando al Gobierno no fiarse de Europa una vez que Washington abandonó en 2018 el pacto nuclear.

Preocupado siempre por la fidelidad del pueblo con la teocracia iraní y por la “negativa” influencia de Occidente, publicó este año, coincidiendo con el 40º aniversario del derrocamiento del sha, sus ideas para la llamada segunda fase de la Revolución Islámica. EFE

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