Ludmila Alexéyeva, la nonagenaria conciencia de Rusia

Agencia EFE

Ignacio Ortega

Moscú, 8 dic (EFE).- La activista rusa Ludmila Alexéyeva, que murió hoy a los 91 años de edad, es considerada una de las fundadoras del movimiento de defensa de los derechos humanos en la Unión Soviética, motivo por el que fue una eterna candidata al premio Nobel de la Paz.

“Un imperio no puede ser democrático. Para ello, primero hay que dejar de ser un imperio”, señaló Alexéyeva a Efe en una entrevista.

Alexéyeva era desde 1996 presidenta del Grupo Helsinki de Moscú, fundado en 1976 para velar por el cumplimiento de las Actas de Helsinki, lo que la convierte en la organización de derechos humanos más antigua de Rusia y una de las más antiguas del bloque comunista.

Tanto la fallecida activista, como su organización fueron víctimas de la persecución por parte del KGB, que encarceló a varios de sus miembros, obligó al comité a cesar sus actividades entre 1982 y 1989 y empujó a Alexéyeva a exiliarse en Estados Unidos.

Alexéyeva fue siempre muy crítica con las crecientes tendencias autoritarias del presidente ruso, Vladímir Putin, especialmente desde que éste retornara al Kremlin en 2012, aprobara una ley contra el derecho de reunión y aplastara las mayores protestas antigubernamentales en 20 años.

Pese a nacer en Crimea en 1927, Alexéyeva se opuso a la anexión rusa de la península entonces ucraniana (2014), lo que le valió la acusación de defender los intereses de Estados Unidos, de donde provenían los antepasados de su marido.

Ese “síndrome imperial” es lo que empujó a Rusia “a participar activamente en lo que ocurre en Ucrania (…), una pieza clave del imperio ruso y del rompecabezas de la URSS”, señaló.

Alexéyeva se involucró en actividades de derechos humanos a finales de los años 50 tras terminar sus estudios de historia al ofrecer asistencia legal a los presos políticos, a los que visitaba en los GULAG.

Pese a ser expulsada del Partido Comunista de la Unión Soviética en abril de 1968, expresó públicamente su oposición a la invasión soviética de Checoslovaquia, que puso fin en agosto de ese año a la Primavera de Praga.

Entonces, igual que ahora, expresó su desacuerdo con la imperialista doctrina de “soberanía limitada” aplicada por Moscú en relación con los países que conforman su patio trasero, en aquel tiempo los miembros del Pacto de Varsovia.

Eso le valió varias advertencias por parte del KGB, que le acusó de actividades antisoviéticas y amenazó con detenerle, por lo que en 1977 emigró a EEUU, donde publicó un libro sobre la historia de la disidencia en la URSS y recibió la ciudadanía en 1982.

Regresó a Rusia en 1993, dos años después de la caída de la Unión Soviética, y desde entonces se convirtió en una de las activistas más respetadas del país.

Se opuso a la primera guerra de Chechenia (1994-96), conflicto que considera el mayor error del primer presidente ruso democráticamente elegido, Boris Yeltsin; y también a la guerra de Irak (2003).

Aunque ya en 2004 creó junto a Garry Kaspárov el Congreso Civil Ruso con el lema “Por la democracia y contra la dictadura”, no se involucró activamente en política hasta 2009 al sumarse a la Estrategia-31 ante la negativa de las autoridades a autorizar las manifestaciones opositoras.

Esa iniciativa consistía en la defensa del artículo 31 de la Constitución rusa que defiende el derecho a la reunión y sus firmantes y correligionarios no dudaron en desafiar a la policía y manifestarse en el centro de la capital rusa cada 31 de mes.

Pese a su avanzada edad y aunque fue detenida una vez el 31 de diciembre de 2009, Alexéyeva acudió a la plaza Triumfálnaya a protestar en varias ocasiones, lo que impidió que los efectivos antidisturbios reprimieran violentamente esos actos de desobediencia civil.

Abandonó el Consejo de Derechos Humanos adscrito al Kremlin poco después de que Putin regresara al Kremlin tras cuatro años en el cargo de primer ministro.

Alexéyeva calificó de ilegal la ley aprobada por Putin en la que todas las organizaciones no gubernamentales financiadas desde el exterior debían ser catalogadas como “agente extranjero”.

Al contrario que organizaciones como Memorial, Golos o el Centro Levada, Alexéyeva renunció finalmente a las becas extranjeras, tras reconocer que EEUU financiaba casi todas las actividades del Comité Helsinki de Moscú.

En 2015 regresó al consejo de derechos humanos a petición expresa de Putin, aduciendo que es necesario entablar un diálogo con las autoridades.

“Putin no es una persona fácil y es difícil predecir cómo va a actuar. Pero se puede trabajar con él, aunque discrepemos en muchas cosas. Es capaz de escuchar. La vida es corta. No puedo esperar a que la oposición al Kremlin gane las elecciones”, dijo.

Alexéyeva ha sido visitada con regularidad por todos los dirigentes estadounidenses que han viajado a Rusia en las últimas dos décadas, desde Clinton a Bush y Obama.

En los últimos meses, debido a su frágil estado de salud, se había alejado de la actividad pública, aunque según sus colaboradores más cercanos, siguió trabajando hasta el final.

Además de ser candidata en varias ocasiones a los premios Nobel, Alexéyeva recibió el Premio Sájarov del Parlamento Europeo y el Olof Palme, entre otros galardones. EFE