Me falta ser un poco más mentiroso, dice el narrador mexicano Juan Cedillo

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Gustavo Borges

México, 16 oct (EFE).- Para el narrador mexicano Juan Cedillo, autor de la novela de la espía alemana Hilda Krüger, la literatura basada en hechos históricos es más rica si uno inventa datos sin falsear la verdad y es lo que busca hacer como escritor.

“Me falta ser un poco más mentiroso, todavía me apego mucho a la verdad por mi formación de periodista y solo llegaré a la madurez cuando inserte diálogos y juegue con la ficción sin dejar de ser fiel a la realidad”, explicó a Efe el autor originario de Monterrey.

Luego de haber publicado tres libros documentales, Cedillo debutó como autor de ficción con “Hilda Krüger, vida y obra de una espía nazi en México”, un libro de 178 páginas que cuenta la vida de la bella alemana, quien se aprovechó de un romance con el político Miguel Alemán antes de que fuera presidente de México para espiar.

Es una de las historias más extravagantes en México que comienza cuando el despreciable Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hilter, cumple la autoritaria orden de su esposa Magna, por un acto de celos, de expulsar a Hilda de Alemania.

“El hombre era poderoso, pero seguía órdenes de una superior”, dice y ríe al aceptar que Goebbels, tan invulnerable desde lejos, cumplías los requisitos para ser considerado “mandilón”, que en México significa aún más de lo que dicta la Academia de la Lengua, hombre de poco espíritu y cobarde.

La historia es real, Cedillo la sacó de un libro sobre las mujeres de los nazis, pero la recrea con elegancia para iniciar una novela con datos reales, pero combinada con historias mínimas como la de una melancólica y ya mayor Hilda Krüger le pide permiso al vigilante de un edificio en México para que le permita caminar por los pasillos del sitio donde alguna vez vivió.

Sin embargo, la clave de la trama está en la relación de la rubia de 1,65 metros de estatura y formas esculturales con Miguel Alemán, secretario de Gobernación de Manuel Águila Camacho, presidente de México de 1940 a 1946, de la cual se aprovecha la infiltrada para pasar datos a Hitler.

Con libertad, Hilda deambula por México y hace su trabajo como parte de una red de espionaje con centros en varios países de América Latina.

“Empleé 20 años de investigaciones, desde que Estados Unidos desclasificó documentos secretos relacionados con la II Guerra Mundial. Yo estaba en Washington, me gasté una pequeña fortuna para copiar los relacionados con México y de ahí salieron las historias del reportaje ‘Los nazis en México’ y ahora mi primera novela”.

Aunque no usa casi diálogos, Cedillo hilvana de manera exacta las historias de Krüger y le da un sentido humano a una mujer obsesionada con servir a su país y con imitar a la irlandesa Eliza Lynch, quien llegó a ser primera dama de Paraguay.

“Encontré a tres personas cercanas a Hilda en su paso por México que me contaron vivencias, vi sus películas, seguí sus rastros en publicaciones de la época y luego hice ficción sin violar la realidad”, revela.

Cedillo es colaborador en México de la revista Proceso y de la Agencia Efe, pero tuvieron que pasar 30 años para que pudiera sufrir el sentimiento de pérdida que experimentan los escritores cuando se despiden de sus personajes, algo exclusivo de novelistas o cuentistas.

“Hilda y yo caminamos de la mano durante varios meses, supe todo de ella y no me apena confesar que lloré su muerte en la novela”, dice con la pasión que solo tienen los recién convertidos, como le sucede con él en estos días con la literatura de ficción.

Después de este trabajo, el autor buscará irse a Alemania para investigar sobre los nazis que se escaparon de la justicia y vivieron escondidos en México y luego de eso confía en poder inventar un personaje y a partir de un primer párrafo hacer una novela totalmente inventada.

“Para entonces quizás sea un mejor mentiroso”, dice al referirse al arte de escribir ficción con la seguridad de quien renunció a un buen salario en el periodismo mexicano por el placer infantil de irse cada mañana de 10 a 12 del día a un café de Monterrey donde escribe, siempre con música de Schubert o de Mozart. EFE