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“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Muñoz Ledo empuja a AMLO a hacer el ridículo

Por Juan Bustillos

 

El presidente López Obrador debe poner especial atención a Porfirio Muñoz Ledo porque en una de estas lo mete en un lío mayúsculo.

Después de décadas de conocerlo, debería saber que siempre hay algo oculto atrás de sus palabras o actos, como cuando desde la “más intensa cercanía” confirmó que el presidente experimentó una “transfiguración” y se mostró “como un personaje místico, un cruzado, un iluminado”, y lo definió como el hijo laico de Dios.

Más o menos como en 1969 que en un discurso justificó a Gustavo Díaz Ordaz por aplastar el movimiento estudiantil de 1968: “Con la más estricta objetividad podemos afirmar que los conflictos sociales que tuvieron lugar en México y que llegaron a poner en peligro la paz pública no dejaron como saldo el más mínimo incremento de poder o de influencia en favor de quienes se oponen a la transformación acelerada y a la autonomía del país…

“En ejercicio de ese mandato, el Poder Ejecutivo tomó sus decisiones y la responsabilidad que asume, es —al mismo tiempo— la reafirmación de la soberanía externa del Estado y de la supremacía del poder público en el interior del país”.

Al colocar a López Obrador contra las cuerdas del ring exigiéndole castigo a Carlos Salinas por delitos que no especifica, en realidad exhibe su desprecio a quienes alcanzaron el puesto que según las profecías del maestro Mario de la Cueva era el destino del más amado de sus discípulos.

Se trata de una rabieta histórica y vergonzosa que ofrece el falso deseo de Porfirio a López Obrador de cobrar a Salinas la derrota que le asestó en 1994 cuando ejerció de titiritero de Cuauhtémoc Cárdenas, a quien despectivamente llamaba “el hijo del Tata” porque ante sus ojos no tenía mayor mérito que ser vástago del general Lázaro Cárdenas.

En entrevista con Azucena Uresti, de Milenio, Muñoz Ledo emplazó al presidente López Obrador a castigar a Salinas, porque si no lo hace, dijo, constituirá “un fracaso histórico”.

Se explicó: “no puedes jugar con fuego, no puedes amenazar y luego retractarte… si el gobierno no lo hace, si la Fiscalía (General de la República) no va a fondo, entonces esto puede ser una derrota histórica para el gobierno de México”.

El diputado Muñoz Ledo no precisó por qué delitos el mandatario y el fiscal deben “castigar” al ex presidente Salinas, pero con seguridad no se refiere a los que supuestamente pudo haber cometido en su sexenio porque durante su encargo ni traicionó a la patria ni fue acusado de delitos graves del orden común.

Salinas es culpable, sí, de ser uno de los muchos que han frenado las ambiciones de Porfirio que, en el ocaso de su vida, se considera el iniciador de lo que ahora llaman la Cuarta Transformación, cuando en realidad lo único que pretendía era la embajada en París después del borrachazo en Nueva York que le costó la representación de México en la ONU.

Pareciera que Muñoz Ledo quiere cobrar a Salinas la derrota de Cuauhtémoc, que le impidió a él llegar a la Presidencia pues su plan maestro era heredarla en 1994 e instaurar su muy personal versión de la que ahora llaman Cuarta Transformación.

En realidad, el gran problema de conciencia que agobia a Porfirio es, cuando se encuentre a De la Cueva –a quien recuerda deleitándose con la lectura de los recortes periodísticos que daban cuenta de la ascendente carrera política de su amado discípulo, celosamente guardados en el baúl que descansaba al final de su cama— cómo explicarle que la meta la alcanzaran un puñado de mediocres, como Miguel de la Madrid y subsecuentes hasta llegar a López Obrador que, con su política migratoria, convirtió a México en auténtico patio trasero de Estados Unidos.

Al emplazar a López Obrador a castigar a Salinas y a otros ex presidentes, en el fondo quiere desquitarse del líder de la 4T por no permitirle concluir su carrera de manera estelar.

Lo que exuda Porfirio es su dolor por saber que terminará su carrera como un diputado más sin tiempo para, si no conducir al país, dotarlo al menos de una nueva Constitución que contenga su pensamiento genial y no el limitado y lineal de López Obrador y cercanos.

Su rencor no es contra De la Madrid o Salinas, sino contra AMLO y a quien considera su posible sucesor, Marcelo Ebrard.

Tampoco perdona a la vida que le jugara la mala pasada de que transcurrieran 30 años para colocarlo cerca de la Presidencia. Y es que, con 87 a cuestas, ya no puede aspirar a nada, excepto a que el último de quienes le arrebataron la posibilidad de ser presidente haga el ridículo para que inevitablemente lo comparen con él.

Por eso su exigencia perentoria de que López Obrador meta a la cárcel a Salinas so pena de protagonizar un “fracaso histórico”.

Apena ver al genio de la política mexicana, a quien se afanaba a acarrear a los intelectuales orgánicos del momento tras de Luis Echeverría, haciendo rabietas a esta edad.

 

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