“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Ser amigo de Peña Nieto, incorrección política

Si seguimos en esto y estamos vivos no falta mucho para que Enrique Peña Nieto vuelva a IMPACTO como amigo; entonces, como en el pasado, platicaremos sin cortapisas de todo, incluido su gobierno. De la misma manera que lo hemos hecho en los minutos disponibles del sexenio

Fui, he sido, soy amigo de Enrique Peña Nieto, y lo seré aún más después de que la banda tricolor deje de cruzar su pecho el primer día de diciembre de 2018.

No soy amigo del Presidente porque, como él dijo en septiembre de 2012, un Presidente no tiene amigos.

Alegarán que no es políticamente correcto decir estas cosas, pero vivimos tiempos de definición en los que, cuando poco o nada hay para heredar, se debe dejar por lo menos constancia de la marca familiar, lealtad y porque, en cualquier caso, ¿por qué un periodista no debe ser políticamente incorrecto?

Esto porque el domingo pasado, aprovechando el viaje, del ensayo del editor Foreign Affairs, Jonathan Tepperman (‘Cómo el Presidente de México podría haber rescatado a su país’), escribí sobre lo que llamé “El legado histórico de Peña Nieto”, el Pacto por México y la aprobación de las reformas estructurales.

Como de costumbre, me llovió duro y tupido en las redes sociales, pero un lector, Leonardo Ortiz Rincón, comentó su suposición de que mis letras tienen origen en que debo ser amigo de Peña Nieto.

Generoso, don Leonardo no fue más allá en su comentario, pero algunos amigos y conocidos me manifestaron su preocupación porque la columna dominical en IMPACTO, La Revista, pudiera dañar la imagen del semanario político más antiguo de México.

Acertó don Leonardo, pero no hay razón para la preocupación de los amigos.

Como ya enfaticé, no soy amigo del Presidente, como tampoco de la mayoría de sus colaboradores. Mis amigos, Emilio Chuayffet, Humberto Benítez Treviño, Alejandro Monte Rubido, Emilio Lozoya y David López, ya no están en su administración; sólo me queda Alfonso Navarrete. Con el resto apenas he cruzado palabra, no más que con el Mandatario. Todo se ha reducido a encuentros apresurados, al estilo de lo que Luis Donaldo Colosio llamaba “pisar base”, es decir, reuniones de rutina.

Sostengo que en periodismo no hay imparcialidad por más que nuestros campeones de la libertad de expresión lo proclamen; la realidad es que nadie, ni ellos son imparciales. Sostener lo contrario, es hipócrita.

La imparcialidad no existe ni siquiera en los poderosos medios de comunicación de Estados Unidos que en las últimas semanas han exhibido sin reservas su preferencia en la lucha por la sucesión de Barack Obama.

Entonces ¿por qué a quienes escriben en IMPACTO y a este reportero podrían exigirles ser imparciales?

En mi caso, no lo soy, no lo he sido en 42 años de ejercicio profesional en la Ciudad de México, al igual que ninguno de mis colegas lo es ni lo ha sido, pero la amistad con Peña Nieto no ha influido en lo que he escrito sobre su gobierno y sus colaboradores. Ni influirá.

Creo que la historia hará justicia a su legado y que cuando sacudamos el árbol y caigan las hojas secas y hayamos olvidado los nombres de sus colaboradores, a quienes le fallaron y quienes le siguen fallando y a quienes han estado o estuvieron a la altura de las circunstancias, sólo él estará en solitario en las páginas del gran libro para ser juzgado por sus logros innegables y errores inocultables.

Reconozco lo inusual de hablar en estos términos y que de nueva cuenta las redes sociales hoy harán lo suyo con el reportero, que algunos colegas sonreirán con conmiseración y que los amigos seguirán preocupados por un atentado más a la corrección política.

Pero, insisto, ¿qué importa si se está en paz con uno mismo?

Si seguimos en esto y estamos vivos no falta mucho para que Enrique Peña Nieto vuelva a IMPACTO como amigo; entonces, como en el pasado, platicaremos sin cortapisas de todo, incluido su gobierno. De la misma manera que lo hemos hecho en los minutos disponibles del sexenio.

Mientras tanto, él a seguir gobernando casi en soledad, y nosotros a lo nuestro arrojando al bote de la basura la corrección política, porque no hacerlo sería cobardía.