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“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Maléfica Buenrostro o el temor a decir no

A diferencia de lo que le resultaba natural en su pasado neoliberal, ahora es incapaz de disentir en temas relevantes

Por Juan Bustillos

Cuando, paradójicamente, la aprobación al gobierno del Presidente López Obrador está en su máxima expresión (80 por ciento, según una encuestadora), pero, paralelamente, se suceden las renuncias en su gabinete (dos en cuatro días), en cualquier momento podría darse la tercera si la oficial mayor de la Secretaría de Hacienda, Raquel Buenrostro, no logra superar la presión a que la han sometido quienes la acusan de ser la mala del gobierno.

Por sus directrices económicas, Doña Raquel fue señalada, la semana pasada, como la causa de la renuncia de Germán Martínez a la dirección del IMSS.

Y más allá de sus amistades en Aeroméxico y la capacidad de Josefa González-Blanco Ortiz Mena de parar aviones que ya se disponen a despegar, ahora se sabe que Buenrostro  también podría ser responsable de su dimisión a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales porque siempre la trajo atorada. “No me dan dinero”, dicen que se quejaba la hija de Patrocinio González Garrido.

Y la única que no da dinero en el gobierno de López Obrador es Raquel Buenrostro.

Quienes fueron sus compañeros y jefes en Pemex en el sexenio pasado, y conocen de sus capacidades y limitaciones, están de acuerdo en que debió costarle la vida echar la culpa de lo que ocurre en el Instituto Mexicano del Seguro Social a la mala planeación de la administración anterior porque no se refería a Mikel Arroyo, sino a José Antonio González Anaya, quien fue su director en la empresa petrolera.

Quienes la conocen coinciden en que su problema actual es que nada de lo que dice y hace es sin autorización de su jefe, el Presidente López Obrador, al que por alguna razón no se atreve a decirle no o a sugerirle otras opciones, pero además le resulta imposible consultarlo después de las 17 horas.

El diagnóstico sobre su paso anterior a la Cuarta Transformación por la administración pública es que es bastante capaz, pero a diferencia de lo que le resultaba natural en su pasado neoliberal, ahora es incapaz de disentir en temas relevantes, razón por la cual se ha convertido en la Maléfica del sexenio al cumplir, a rajatabla, la vieja máxima priista, más bien la de Luis Echeverría, de que la economía se maneja desde Los Pinos, perdón, desde Palacio.

Sus viejos conocidos aseguran que en el pecado llevará la penitencia y terminará siendo el chivo expiatorio del excesivo control del Presidente en las decisiones económicas.

Hay quienes recuerdan su lucidez discutiendo el futuro de Pemex Cogeneración, una empresa que, bajo el modelo de economía del Estado, pretendía generar energía eléctrica y vender sus excedentes en el mercado.

Cuando en las últimas administraciones priistas de Pemex estaban en proceso de cerrar esa empresa, ella argüía, al contrario de su posición actual, que ya no son tiempos para modelos económicos de ese tipo.

Igual recuerdan en Pemex su pasión arrolladora cuando se discutía el modelo de asociación con privados, y en particular el arrendamiento de pipas para la empresa petrolera; por eso no entienden que ahora fuese ella quien saliera a defender que Pemex las comprara y se encargue de todo, incluido el mantenimiento.

Indudablemente, la Cuarta Transformación transformó a quien negaba que los modelos de economía de Estado sean exitosos.

¿Qué le pasó?

O el Presidente la sometió a un curso intensivo de economía transformadora y le lavó el cerebro, o perdió la capacidad de decir no cuando en la época neoliberal no temía rebatir a sus jefes.

Con el tiempo, ya conocida como la Maléfica del sexenio, será tarde para que se justifique con aquel cartón histórico sobre Emilio Rabasa en el que Abel Quezada, parodiando a Raúl “El Ratón” Macías, le hizo decir: “Todo se lo debo a mi manager”.

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