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“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

La addenda, el do ut des de la nueva Reforma Educativa

Lo único a destacar es que después de los despropósitos de días anteriores, en los que se pretendía abrogar, decretar o gobernar con memorándums, la Cuarta Transformación salió del atolladero consultando la ley

Por Juan Bustillos

El Presidente López Obrador y el coordinador de los diputados morenos, Mario Delgado, podrán presumir, en la mañanera, haber cantado las golondrinas a la Reforma Educativa de Enrique Peña Nieto. Al menos en la Cámara Baja.

Para quitarme las ínfulas de culterano, mi entrañable compañero de secundaria, filólogo y experto en limosnas eclesiales Cliserio Bertoldo Mora Mora me aclara que en la aprobación, a darse esta madrugada, de la “bien llamada” reforma educativa de Andrés Manuel López Obrador, que suplirá a la “mal llamada” de Enrique Peña Nieto, no debo preguntarme cuál fue el “quid pro quo”, sino el “do ut des”.

Clis tiene razón.

En los inexplicables misterios del por qué la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación decidió no sitiar la Cámara Baja para evitar la lectura, debate y aprobación del dictamen de la Reforma Educativa de López Obrador, y amenazó con esperar a que la minuta llegue al Senado de la República para, en dado caso, entrar en acción, la única respuesta posible puede estar en el “do ut des”, que en español, según el maestro Wikipedia, significa “doy para que des”.

¿Qué dieron y recibieron unos y otros?

El secreto quizás esté en la presencia, en las negociaciones del martes, de quien propuso el plural addenda (y aquí recurro nuevamente a Cliserio para evitar que hoy me diga que addéndum es la forma singular para hablar de la incorporación de sólo una cosa) que contempla las demandas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.

Es decir, la muerte del Instituto Nacional de Evaluación Educativa, que será suplido por el Sistema  de Carrera para los Docentes, que equivale a quitar lo “punitivo” de la “mal llamada” reforma de Peña Nieto, de tal suerte que los profesores podrán ser evaluados para mejorar, pero no como obligación para ingresar, crecer y mantenerse en el sistema educativo.

También se reconoce la autonomía universitaria, que, conforme a la explicación oficial, en la iniciativa de la “bien llamada” desapareció por un error de dedo de una secretaria o un software que la borró, así como el extravío, en las intrincadas calles de la Ciudad de México, de la fe de erratas prometida que nunca llegó a la Cámara Baja.

No es cosa menor que se reconozca la existencia de la autonomía porque, conforme a los diputados, su desaparición no tuvo que ver con los posibles errores enunciados en el párrafo anterior, sino en la intención de la Cuarta Transformación de que, ya sin autonomía, las puertas de las universidades se abrieran a quien necesite un título, tenga o no la preparación necesaria.

Como escribo en momentos en que el debate está en su apogeo no digo más para que los diputados no me enmienden la plana esta madrugada, como lo hace mi corrector de latinajos, el señor Mora Mora, de todo mi cariño.

Lo único a destacar es que después de los despropósitos de días anteriores, en los que se pretendía abrogar, decretar o gobernar con memorándums, la Cuarta Transformación salió del atolladero consultando la ley, que, sin duda, es el fundamento de la justicia, y no al contrario.

Ya el tiempo dirá si la minuta de la Cámara de Diputados pasa sin problema en el Senado o será necesaria una Quinta Transformación para convencer a los profesores de que, en justicia, si ellos someten a los estudiantes de cualquier nivel a evaluaciones para ingresar, crecer y mantenerse en el sistema educativo, a fin de que, al concluir los estudios, puedan presumir un título que les permita gestionar la cédula profesional, ¿por qué ellos no deben seguir el mismo proceso?

Hacerlo sería justo y legal.

Pero ese es el debate que viene.

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