“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Experto en aguas turbulentas

Trump abre el último camino a Meade. Es el único que puede enfrentar la tormenta (comercial) que se avecina, pero de eso primero debe convencerse él mismo

Por Juan Bustillos

Sin proponérselo, Donald Trump está influyendo en el proceso electoral mexicano.

Con la guerra comercial declarada el jueves, e iniciada en el primer minuto del viernes, creó las condiciones perfectas para que José Antonio Meade y su equipo, pero en especial el candidato, aproveche los pocos días que le quedan para convencer al país de que sólo él entiende bien a bien lo que ocurre y que es el único que podría navegar en la tormenta que se avecina.

Un alto porcentaje de quienes acudiremos a las urnas el primer domingo de julio tenemos grabadas, indelebles, las crisis económicas que otro porcentaje de ciudadanos, que también decidirá el rumbo el país, los jóvenes nacidos después de la Navidad de 1994, no tiene idea de lo que nos espera con las decisiones de Trump.

Sin embargo, siempre podrán preguntar a sus padres, madres y abuelos qué ocurrió en la entrega del poder de Luis Echeverría a José López Portillo, en la de éste a Miguel de la Madrid, y así hasta el llamado “error de diciembre”, cuya paternidad nadie reconoce.

Nada de esto tiene que ver con la retórica de la campaña presidencial ni con la estrategia de “Miedo o Meade” porque el panorama para el futuro inmediato no fue creado por los estrategas al servicio del candidato priista o de Ricardo Anaya, sino por las necesidades político-electorales del presidente norteamericano, que fabricaron una temporada de huracanes más peligrosa que la iniciada, el viernes, en el Océano Atlántico.

En los meses siguientes recordaremos el primer día de junio como el de la puesta en marcha de los impuestos norteamericanos a las exportaciones de aluminio y acero mexicanos, pero también como el día en que la voz sensata de Ildefonso Guajardo anunció que el Tratado de Libre Comercio deberá esperar mejores tiempos para ser firmado en los términos que lleguen a acordarse entre las necesidades de México y las terquedades de Trump, pero a estos dos incidentes, que pueden parar de cabeza a la economía mexicana, no obstante la firmeza alcanzada en los últimos sexenios, en especial el de Enrique Peña Nieto, se deben sumar otros factores por venir en los próximos días, que cimbrarán la estabilidad.

El panorama es desalentador porque puede alcanzar proporciones si no apocalípticas, sí de gravedad, a condición que los mexicanos nos equivocamos en julio.

No se trata de usar las condiciones económicas impuestas a México por Trump o por otros factores internacionales, como el populismo europeo, el incremento en el precio del petróleo o lo que está a la vuelta del calendario, la alza a las tasas de la FED, para hacer campaña a favor de uno u otro de los aspirantes a gobernar a México de 2018 a 2024.

Serán los votantes quienes decidirán si logran sacudirse las campañas de odio a lo establecido; si ven más allá de las ocurrencias de uno y otro candidato; si escuchan los llamados al amor y a la paz, y las promesas de perdón y conciliación con criminales; si optan por las constituciones morales, los discursos aprendidos de memoria y las sobreactuaciones ante las cámaras de televisión; si permanecen sometidos a la manipulación de encuestas en uno y otro bando, y a la saturación, irrazonable, de las redes sociales, etcétera.

CAPITÁN ENTRE HURACANES

Salta a la vista que de los aspirantes presidenciales, sólo uno entiende bien a bien lo que se cierne sobre el país y que podría capitanear el barco en aguas turbulentas. Sin embargo, ese único necesita algo más que conocimientos académicos y experiencia en los mayores niveles de la burocracia.

Meade debe entender que para convencer a los votantes de que las condiciones internacionales son el escenario ideal para alguien como él primero debe convencerse a sí mismo de ser el mexicano predestinado que puede navegar en estas aguas y conducirnos a buen puerto.

Debe hacerlo, como Andrés Manuel lo está de que este o cualquiera es su momento y que, en todo caso, le debemos la Presidencia; si él se mira al espejo y no descubre en su rostro al capitán que necesita al país no podrá convencer al electorado.

Las turbulencias que amenazan al país son el pretexto perfecto para que Meade nos muestre que posee algo más que su honestidad a prueba de todo y sus capacidades académicas y burocráticas sin comparación.

El momento requiere un líder a la altura de lo que viene, capaz de convencer al país con un lenguaje que todos entendamos, alejado de tecnicismos, muy de su gusto, pero también de términos populacheros como los que le hacen pronunciar sus estrategas mediáticos.

Alguien que sepa comunicar que para enfrentar lo que nos viene se requiere fortaleza nacional, sacrificio de todos, pero también seriedad y firmeza en el mando.

Llegó a Meade el punto de no retorno. Creyó que el segundo debate constituiría el relanzamiento de su candidatura, y lo fue en cierto sentido, pero a pesar de la ausencia de Margarita Zavala, de su mejoramiento personal y de las exageraciones de los demás, no levantó lo que quería, si bien hay información en el sentido de que se acercó o empieza a superar a Ricardo Anaya, pero, en todo caso, porque éste se ha estancado.

Meade dio señales de estar entendiendo que éste es su momento. Su primera reacción fue advertir a Trump que “con México no se juega” e hizo un apresurado esbozo de lo que viene: “Nos tocará vivir, los siguientes años, en medio de elementos que generan ruido y zozobra, que nos implican riesgos”, y a continuación utilizó la circunstancia para su causa:

“La esencia, el tema, de lo que esta elección se trata es de qué hacemos en México, en términos de enfrentar todos esos riesgos, y yo creo que hay que enfrentarlos con experiencia, con conocimiento y ofreciendo un espacio y certidumbre frente a todos los riesgos que estamos viendo fuera”.

No sé si a él, y a su equipo, esta reacción les parezca a la altura de las circunstancias, pero el candidato priista tendrá que hacer y decir algo más contundente en el siguiente debate para que los mexicanos comprendamos, a cabalidad, el futuro que nos espera y lleguemos a la conclusión de que entre los que compiten por la Presidencia sólo él tiene el tamaño que la historia exige.

Si no lo consigue habrá perdido la mejor oportunidad de la campaña, que, irónicamente, en alto porcentaje es obra de Trump.

Es buena la frase de que con México no se juega, pero, en cierto modo, sonó a balandronada hueca acuñada sólo para conseguir un buen espacio en los medios de comunicación, que continúan negándoselo.

Como primera reacción estuvo bien, pero para el día 12 habrá mayor claridad en el nuevo entorno comercial y, entonces, Meade deberá llegar al escenario convencido de ser el hombre de Estado que un país necesita cuando es amenazado.

Si desperdicia la oportunidad perderá toda posibilidad de suceder a Peña Nieto, con las consecuencias que cualquiera puede adivinar.

Que desperdicie la oportunidad histórica de alcanzar la Presidencia siendo candidato del partido en el que no milita, el de las mayores capacidades burocráticas y conocimientos académicos, pero además el más limpio, será un dolor que llevará en el alma por siempre, pero más doloroso le será vivir con el remordimiento de haber dejado al país en manos no capacitadas para conducir el barco en aguas turbulentas.

Ese escenario es lo más parecido al infierno, y no el dantesco, de sus lecturas infantiles y juveniles.