“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

La palabra de Meade, última esperanza del PRI

A 15 días de la elección presidencial es la única garantía de que no hay mentira en las encuestas en donde él afirma que está en segundo lugar y que puede vencer a López Obrador

Por Juan Bustillos

Si, en alguna ocasión, José Antonio Meade necesitó de su honestidad para superar una prueba vital, hoy es la única arma con que cuenta para sostener la credibilidad de la versión de estar ya instalado en el segundo lugar de la competencia por la Presidencia y que el triunfo de Andrés Manuel López Obrador no es inevitable, como él lo afirma en cada momento, como lo dicen las casas encuestadoras más conspicuas y como lo cree un sensible porcentaje de la población, incluidos muchos priístas.

La palabra de Meade es la única garantía de que no hay mentira en las encuestas que él mismo sube a las redes sociales con la noticia de que a 3 domingos de las elecciones aún puede evitar que el PRI y el Presidente Peña Nieto entreguen el poder.

Más aún, sólo la percepción generalizada de que, en efecto, Meade es un hombre honesto, incapaz de echar mano de las prácticas a las que, en el pasado, recurría el PRI, puede dar credibilidad a un probable vuelco en la preferencia electoral el primer domingo de julio.

Cualquier resultado electoral contrario a la percepción de que el candidato de Morena será Presidente de México está basado en la premisa de que José Antonio Meade es incapaz de hacer, o tolerar, que hagan trampa por o para él.

Es decir, que su triunfo, de ocurrir, sería legal y creíble, razón por la cual no habría justificación para que el “Tigre” del que habla Andrés Manuel retoce por todo el país.

Escribo, exactamente, a 14 días de que los mexicanos decidamos el rumbo del país en un clima de incertidumbre generalizado gracias a la machacona propaganda en el sentido de la invencibilidad de uno de los candidatos a la Presidencia, del crecimiento sostenido, al cuarto para las 12, del que permaneció, por meses, en el sótano y del estancamiento del que inició la contienda en segundo lugar.

La percepción creada a partir de encuestas, cuchareadas o no, es en el sentido de que el país será gobernado por López Obrador; si es así será porque los mexicanos lo quieren, pero si los encuestadores fallan, como ocurrió en las dos elecciones presidenciales anteriores, en especial en la de 2006, será por la misma razón.

En cualquier caso, que sea por el bien del país, aunque suene a demagogia.

LAS ENCUESTAS DE MEADE

Lo cierto es que, en los últimos días, el equipo de campaña de José Antonio Meade se ha esforzado en convencer al electorado, mediante tuits, boletines de prensa, difusión de encuestas y envió de memes y videos a teléfonos celulares, de que el candidato priísta alcanzó y rebasó al panista Ricardo Anaya y que se encuentra a sólo 11 puntos de López Obrador.

Si sus números son de fiar, Meade se ha colocado en rango de competencia. Una diferencia de 11 puntos a estas alturas es más manejable que la arraigada en la opinión pública en el sentido de que la ventaja del candidato de Morena es insuperable, pues en algunos sondeos supera el 50 por ciento de las preferencias.

Los números de Meade no están avalados por encuestas como las de los periódicos Reforma, El Universal y el Financiero, o las de Roy Campos, que, sistemáticamente, lo colocan en tercer lugar, alejado de Anaya y a distancia, insalvable, de Andrés Manuel, sin embargo, el bombardeo de su equipo en los últimos días es tal que ha creado la percepción de que al menos el segundo lugar ya es suyo.

La manipulación de encuestas es lugar común en los procesos electorales mexicanos, en especial los presidenciales.

Andrés Manuel es el más experimentado. En las 2 ocasiones anteriores en que disputó la Presidencia las manejó a placer; incluso, en 2006 ignoró, olímpicamente, a su encuestadora privada, que le insistía en el avance de Felipe Calderón; de hecho, ocultó la información, a su disposición, que registraba su estancamiento, el crecimiento de su rival y el empate. Sin duda, se indignó al escuchar a Luis Carlos Ugalde anunciar el triunfo del panista, pero no tenía elementos para clamar sorpresa y alegar fraude, como lo hizo.

En cambio, su competidor de 2012, Enrique Peña Nieto, no se dejó engañar por la encuesta diaria del periódico Milenio que lo mantenía en los cuernos de la Luna.

A contracorriente, su encuestador privado le informaba, día a día, si perdía puntos y nunca le ocultó que, en ocasiones, Andrés Manuel se le acercaba peligrosamente; con anticipación supo que ganaría por menos de 7 puntos (a pesar de haber iniciado la contienda con diferencia de 20), y no por las cuentas alegres de los sondeos de la empresa contratada por el diario capitalino.

Por alguna razón que sólo se puede entender por el caos y algunos enfrentamientos internos que al día de hoy persisten en el equipo de campaña priísta, hubo tardanza en contrarrestar la percepción de que Meade estaba siendo arrasado por López Obrador y Anaya.

Aceptemos, sin conceder, que la parálisis no obedeciera a la falta de coordinación ni a los enfrentamientos, sino a que era verdad que López Obrador y Anaya estaban muy lejos de él, y como en el variopinto grupo que lo acompaña campea la honestidad no le pareció correcto entrar al juego de la manipulación de sondeos, práctica a la que, por otra parte, se presta la mayoría de las empresas dedicada a la materia.

El responsable de sondeos de opinión de Meade, Rolando Ocampo, trabajó al lado de uno de los más prestigiosos encuestadores y conoce el negocio; de hecho, al inicio de la campaña tuvo contacto con casi todos los propietarios de las casas encuestadoras.

Por esto sorprende que no activara a tiempo un dispositivo para que Meade no esté, ahora, bajo sospecha de manipular encuestas para convencer a la opinión pública de que ya aventaja a Anaya y que está cerca de Andrés Manuel.

CONVENCER A INDECISOS Y A PRIÍSTAS

Por honestidad, descuido, estrategia o por lo que sea, es hasta hoy que los colaboradores de Meade se afanan en explicar que periodistas, analistas políticos y casas encuestadoras no sabemos interpretar datos estadísticos, y tampoco nos fijamos en la metodología de las muestras realizadas, razón por la que vivimos con la percepción de que el triunfo de López Obrador es inevitable.

Conforme a esto, todos hemos sido engañados, y todos nos hemos dejado engañar, por encuestas como la de la Coparmex, en la que el 41.7 por ciento de los encuestados rechazó contestar y 27.8 por ciento no sabe por quién votará. Es decir, Andrés Manuel gana en un sondeo en el que sólo define su voto el 30.5 por ciento.

Y como esta encuesta, el resto.

Por su parte, Meade publicó el viernes, en su cuenta de Twitter, que, conforme a una “encuesta seria y robusta” difundida por @dparmooficial, va “recio a la victoria”, pues está  en segundo lugar, 3 puntos arriba de Anaya y a 11 de Andrés Manuel.

La información oficial de Meade sostiene que además de la encuesta realizada por el Consejo Mexicano de Negocios, las de Suasor, Pop Group, Numerus y Defoe, así como los trackings diarios de TResearch e Innova, lo colocan en segundo lugar.

Meade obtuvo la candidatura presidencial del PRI con base en su honestidad, a toda prueba, y ésta ha sido el eje de su discurso en su intentona de convencer a la sociedad de ser el único a quien puede confiar la conducción del país. Si esto es cierto, no hay razón para suponer la existencia de mentira en los números que lo colocan por arriba de Anaya y cerca de López Obrador.

Es decir, debemos creer en la palabra del candidato priísta porque es él quien difunde los números que lo han incorporado a la competencia.

El problema está en que le queda muy poco tiempo para convencer al electorado preocupado por la ventaja de López Obrador de que ya es competitivo y que, habiéndose adueñado del segundo lugar, el llamado voto útil debe ser para él.

Pero en 14 días tiene otra tarea más ardua aún que convencer a los indecisos.

La percepción de derrota que su equipo dejó crecer permeó en las bases priístas e incluso en los militantes más curtidos y serios, que aún los hay.

He escuchado a muchos lamentar lo que ocurre y preocuparse, en algunos casos, más por el posible arribo de Anaya que por el de Andrés Manuel.

Sé de otros que ya han tendido puentes no sólo para sobrevivir, sino para repetir lo que en anteriores derrotas hicieron personajes como Roberto Madrazo, Arturo Montiel, Manlio Fabio Beltrones y Enrique Peña Nieto. Es decir, aprovechar la falta de jefe en Los Pinos para construir su propio destino.

Así las cosas, Meade necesitará redoblar esfuerzos, empujar a su equipo, colocarlo a su nivel, contener a quienes ya planean el usufructo de la derrota y comprometer su palabra para que el país acepte que el milagro de su triunfo, si, como anuncia, ocurre, nada tuvo que ver con añejas prácticas priístas.

Si lo consigue habrá logrado el mayor de los milagros de su vida, que no son pocos.