“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Correcto hablar de Peña Nieto

Su obra, su legado, está ahí y permanecerá resistiendo la propaganda política en contra, el cobro de facturas y las venganzas de personas y grupos afectados por lo revolucionario del andamiaje jurídico que hereda

Por Juan Bustillos

No faltará quien me advierta de la supuesta incorrección política de hablar, hoy, del ciudadano Enrique Peña Nieto, en especial porque, por decisión propia y convicción democrática, se hizo de lado para no interferir (o que digan que interfiere) en el proceso electoral.

Sobrará quien me diga que es políticamente incorrecto, peligroso, pues, hablar del Presidente cuando el tigre y el diablo amenazan con irrumpir el lunes próximo si el PRI o el PAN, y sus respectivos aliados, cometen fraude electoral al candidato presidencial de Morena, la única manera, como dice Andrés Manuel López Obrador, de que José Antonio Meade o Ricardo Anaya podrían derrotarlo.

Pero ¿cuál sería el momento correcto para hablar de Peña Nieto? ¿Una vez que se conozcan los resultados electorales? ¿24 horas antes de que se despoje de la banda presidencial para entregarla a quien el voto ciudadano decida? ¿O 6 años después del próximo primer día de diciembre, al concluir su sexenio sabático?

No se trata de hacer crónica, por ahora, de un mandato al que aún faltan cinco meses para concluir ni adelantarse a los historiadores que suelen esperar el paso del tiempo por aquello de la perspectiva.

Si me tomo esta licencia es sólo porque se me antoja, siento la necesidad y me creo con derecho. No sería yo si no lo hiciera. Y que me perdonen mis escasos lectores, y sin importar que me hagan cera y pabilo quienes consumen su tiempo comentando con adjetivos de todo tipo lo que escribo, sean robots o seres humanos.

No recuerdo cuándo fue que platicamos por primera ocasión sobre su aspiración presidencial, pero fui quien tocó el tema. Ser Presidente, quizás, había pasado por su mente, pero no concedía importancia al tema; lo desechaba con un ademán; apenas había cumplido 6 meses como gobernador y eran otras cosas lo que le apuraban, en especial la suerte del Estado de México en un contexto político adverso.

No obstante, pocos meses después del triunfo de Felipe Calderón sobre López Obrador estaba enfrascado en la misión de recuperar para el PRI la Presidencia perdida ante Vicente Fox, que, por entonces, parecía un sueño imposible, como ahora parece que lo es retenerla.

Perderá el tiempo quien busque aquí revelaciones de aquella época que no poseo porque me mantuve, y me mantuvieron, al margen de la lucha por la recuperación del poder. Sería inútil mentir y adornarme; la vi desde lejos, como la mayoría de mis colegas. Me concreté a relatar lo que observaba; sólo fui un cronista más.

Aclarado esto, no se equivocará quien diga que hoy escribí como un ejercicio de nostalgia anticipada; cosas de la edad, comentarán con sorna, y tal vez acierten.

En realidad ocurre que, fiel a mi naturaleza, no puedo dejar para después lo que creo debo hacer público hoy. Decir que soy amigo orgulloso de aquel ciudadano Enrique Peña Nieto al que encontré a la mitad de su carrera política y que no me equivoqué cuando le vi madera de Presidente.

Su obra, su legado, está ahí y permanecerá resistiendo la propaganda política en contra, el cobro de facturas y las venganzas de personas y grupos afectados por lo revolucionario del andamiaje jurídico que hereda.

Ya habrá tiempo de escribir sobre su gobierno si el diablo no se me aparece a la vuelta de la esquina.

Pero si me topo con el demonio no habrá problema; Doña Clemen me enseñó que basta con hacer con los dedos la señal de la cruz para mantenerlo a distancia.

Con el tigre tampoco hay por qué preocuparse; no me gusta ver los felinos en cautiverio y los circos tienen prohibido usar animales para atraer a su clientela; además, cuando me interno en el bosque a trotar o a caminar descubro que sigo siendo neandertal.

Para concluir este ejercicio de nostalgia sólo decir que, a mis ojos, Peña Nieto ha sido un gran Presidente que pasará, con éxito, el examen de la historia y que la balanza arrojará un gran saldo a su favor; no ocurrirá con algunos de sus colaboradores, a quienes, sin merecerlo, aún hoy cuida como el gran amigo que es y de cuya generosidad abusaron.

Pero esas, al igual que otras historias, pueden esperar para después, una vez que los electores decidan hacia dónde nos dirigimos. Por lo pronto, ¿por qué no decir que, aún ganando Meade, se le extrañará?

Quienes se sientan obligados a guardar la corrección política que lo hagan, pero mientras tenga mi espacio y la ley proteja el derecho amenazado a decir lo que nos venga en gana lo haré, como hoy.