“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Unidad hipócrita

Asombra la facilidad, y hasta el entusiasmo, con que el priismo en la cumbre asumió la derrota humillante… Una parte hasta denunciando “conspiración cupular”

 

Por Juan Bustillos

A don Francisco Galindo Ochoa, que no vivió para ver la debacle de su partido. Imagino las palabras con que habría saludado la derrota

Mientras los millones de militantes priistas que se mantuvieron leales y no emigraron, abiertamente o en el secreto de la casilla electoral, a Morena siguen ayunos de explicaciones creíbles del por qué su partido parece estar en vías de extinción y, a cambio, se tragan como verdaderas las referentes a que la derrota histórica fue producto de un complot en la cumbre, la cúpula partidista persiste en aferrarse a las viejas reglas manteniendo una unidad hipócrita que sólo existirá hasta el primer día de diciembre, cuando ya no tenga jefe en Los Pinos.

Después vendrá una lucha abierta por la recolección de escombros, la consabida y penosa repartición de culpas (hasta ahora bajo control), y el manejo momentáneo de las prerrogativas del INE; todo, hasta la siguiente elección, que podría traer consigo el riesgo de pérdida del registro y el final, final, como dicen los clásicos.

Parece despectivo, pero no hay mejor símil: El priismo deambula sin rumbo, como perro sin dueño, víctima del shock. Sin causa y sin guía, y, hasta donde todo indica, sin futuro. Todo porque sus mejores hombres fueron triturados por las luchas internas en el grupo gobernante y porque aquellos a quienes se intentó fabricar para el futuro no dieron el estirón.

Los militantes abandonados escuchan, a lo lejos, vagas promesas de que su partido será oposición responsable cuando ya no es lo primero, y no será lo segundo, porque nadie lo tomará en cuenta por sus números ridículos en el Congreso y su casi inexistencia en el territorio nacional.

Los dirigentes que aún quedan repiten el discurso vacuo de unidad con la única novedad de que ahora lo hacen obligados y sin convicción, pues se saben observados por su jefatura. En el colmo del ridículo prometen escuchar, ahora sí, a la sociedad y encabezar sus demandas.

Por fortuna, cuando hablan de unidad en las reuniones a las que ya no quisieran asistir no agitan la matraca ruidosa que siempre los acompañó.

CUANDO LA LUNA DE MIEL TERMINE

Asombra la facilidad, y hasta el entusiasmo, con que el priismo en la cumbre asumió la derrota humillante; pareciera no tener conciencia de lo que perdió, y difícilmente recuperará, y de las causas por las que fue arrollado, así como de las consecuencias de entregar la conducción del país sin siquiera meter las manos.

Tiene explicación: Lo impresionante de la diferencia entre el primer y tercer lugar de la contienda presidencial no exigirá al triunfador golpes espectaculares de timón (persecuciones, por ejemplo) para legitimar su mandato, por lo menos al inicio del sexenio.

Sin embargo, quienes hoy respiran tranquilos no asumen que la luna de miel podría terminar en cuanto la realidad, que suele ser terca, haga añicos algunas de las promesas que, aunadas a 18 años de admirable persistencia en campaña y del discurso legítimo, machacante e impactante, contra la corrupción que tiene su peor rostro en el veracruzano Javier Duarte, provocó el milagro de que millones de mexicanos acudieran a las urnas a votar en números históricos.

Algunas de las promesas ya son motivo de revisión.

Olga Sánchez Cordero ha sepultado la irresponsabilidad de suponer que Andrés Manuel López Obrador podrá ejercer su gobierno sin protección a su persona cuando lo que se protege no es al individuo, sino a la Presidencia, en torno a la cual, la ocupe quien sea, gira la gobernabilidad y la estabilidad del país.

Los gasolinazos cotidianos que lastiman la economía continuarán, según aceptó Carlos Urzúa, el próximo secretario de Hacienda. Serán mensuales o anuales, y por las causas que se quiera, por cierto, las mismas que les dieron origen, pero los habrá.

Alfonso Durazo, a quien tocará una de las más ingratas tareas de la siguiente administración, bajar los índices lacerantes de inseguridad, ha reconocido que necesita al menos 3 años para capacitar a las policías y regresar a los militares a sus cuarteles.

En otras palabras, nada ocurre de inmediato por milagro o por voluntad, por buena que sea.

Ha pasado sólo una semana del triunfo de Andrés Manuel y faltan por lo menos 4 meses y 3 semanas para el inicio de la nueva administración. El candidato arrollador y sus cercanos saben, porque gobernaron la capital de la República, que, como reconoció el entonces presidente Felipe Calderón, estar en la oposición es vivir en el cielo, mientras gobernar es habitar en el infierno. Imposible cumplir con todo, y desde el primer día, como se prometió.

Son tantas las expectativas creadas por el discurso de campaña que, por razones económicas, no será fácil satisfacer a quienes acudieron, por millones, a las urnas a refrendar, con su voto, el pacto de recibir lo prometido apenas inicie el próximo gobierno.

Como antiguo priista, Andrés Manuel debe recordar la leyenda urbana que colocaba al presidente saliente entregando 3 sobres a su sucesor con la encomienda de abrir el primero al empezar a tener problemas, el segundo a la mitad del mandato y el tercero faltando un año para entregar la banda tricolor.

Cuando las exigencias empiecen por el retraso del cumplimiento de algunas de las promesas más sentidas, las que tienen que ver con el dinero, abrirá el primer sobre que le dé Enrique Peña Nieto y leerá: “Échame la culpa”.

Entonces, quizás se convierta en mera anécdota el memorable momento de su encuentro en Palacio Nacional, que a algunos nos hizo pensar en la probabilidad que de tanto acompañar a Delfina Gómez en su campaña por la gubernatura por el Estado de México, López Obrador se contagió de la formalidad mexiquense.

LA CONSPIRACIÓN VENDE

Imposible predecir qué será, entonces, de los cúpulos priistas que después de la derrota asistieron, obligados, a reuniones convocadas por René Juárez Cisneros, el único sin responsabilidad en lo que ocurrió, para dar la impresión de que aún hay partido.

Para entonces, quizás algunos aún no habrán desertado; otros buscarán cerrar filas en torno al nuevo Príncipe porque de manera milagrosa “descubrieron” que durante seis años vivieron engañados en el error; los más estarán, en retiro, en sus casas solariegas, en espera de ser olvidados, y los menos viajarán al extranjero con la esperanza de no ser arrastrados por las últimas aguas del tsunami.

En la mayoría de quienes están a la vista no hay madera de líder y no tienen edad o condiciones para encabezar marchas históricas de refundación o construcción de un nuevo andamiaje partidista que quizás lleve 2 o 3 sexenios de trabajo infatigable; están cansados, desprestigiados o muchos llegaron hasta donde están solo por amiguismo, porque la corte sexenal los encumbró. Son escasos los que podrían iniciar una empresa que se antoja titánica. Sobran los dedos de la mano para enumerarlos.

Pero mientras esto ocurre, el priismo debe afrontar, sin cosméticos, el momento que vive, el peor de su historia.

En principio debe superar las leyendas urbanas de que su partido fue arrojado del poder por segunda ocasión a causa de una conspiración cupular, como si esta fuera suficiente para explicar que más de 30 millones de mexicanos votaran por López Obrador.

La venta de la conspiración es más exitosa que la de la realidad, de lo contrario, no se explicaría el fenómeno editorial de Dan Brown.

Aceptar que José Antonio Meade fue víctima de un acuerdo entre Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador para lograr impunidad, como lo propaló con ahínco, para blindarse, el panista Ricardo Anaya, supondría tragarnos la píldora de que todo empezó el 12 de junio de 2016, cuando Enrique Ochoa Reza sucedió a Manlio Fabio Beltrones en la presidencia del PRI.

Ochoa Reza llegó al liderazgo priista después de perder Beltrones 7 gubernaturas, en mucho, por los pleitos entre las figuras más conspicuas del gabinete, Luis Videgaray y Miguel Osorio Chong, y por el razonamiento equivocado de que no habría problema con los nuevos gobernadores que arrebataron bastiones al PRI, pues algunos, ex priistas, y otros que no lo fueron, “son amigos”.

Videgaray y Osorio disputaron, desde la campaña de Peña Nieto, el derecho a sucederlo y son responsables, en alto grado, de lo que ahora ocurre. En política sólo se comete un error; los demás son mera consecuencia, pero ya habrá tiempo de tocar el tema.

 

Por lo pronto, resulta absurdo afirmar que imponer a Ochoa Reza como líder priista, a José Antonio Meade como candidato y a Aurelio Nuño como coordinador de la campaña fue parte de una estrategia para entregar el poder a quien, a cambio, se comprometía a no perseguir.

Aceptar explicaciones tan simplistas resulta ofensivo para quien consiguió más de 30 millones de votos invirtiendo 18 años de su vida en recorrer el país pueblo por pueblo y ofreciendo un catálogo impresionante de promesas, algunas de difícil, sino de imposible, cumplimiento.

Y ofensivo también para Peña Nieto, que nunca incluyó en sus planes pasar a la historia con el calificativo de demócrata por perder al poder.

Pero el tema es el futuro del PRI.

Resulta indicativa la inexistencia, en la cúpula, de ambiente de funeral, y que mientras se suceden las reuniones protocolarias para pronunciar discursos insulsos, las figuras que aún le quedan estén ausentes.

Por momentos pareciera que se impuso la resignación y que, en efecto, asistimos a los últimos estertores de un partido por largo tiempo hegemónico que después de perder el poder fue capaz de recuperarlo para luego perderlo nuevamente, quizás para siempre, sin meter las manos y sin emitir reclamos ni quejidos.

Como diría el señor Galindo Ochoa, asombra lo bien portados que son los priistas.