“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Fidel Castro, mi profesor y “El Güero Rosillo”

Si bien el líder de la Revolución cubana fue el último gigante del siglo XX, hubo otros que también se le equiparan

La muerte de Fidel Castro me llevó a recordar a 2 de mis personajes favoritos.

El profesor Raúl Hernández Meza, que, según me contaba de manera mentirosa, dejó de cantar con el coro de los niños de Morelia porque su gusto por los helados afectó su voz; mentía; simplemente, era ronco.  A él debo, sin duda, mi vocación de reportero.

Y a Jorge Martínez Rosillo, el sinaloense   conocido como “El Güero Rosillo”, héroe y villano, según quien lo haya gozado o sufrido, pero inagotable personaje, cuyo fantasma sigue exigiendo un novelista a la altura de su verdad cotidiana o de su mítica historia.

Aurelio Nuño debió conocer al profesor Hernández Meza; le habría aprendido enormidades.

Don Raúl encontró casi en ruinas la escuela primaria “Soledad Orozco de Ávila Camacho” en Francisco Sarabia, Veracruz, entre Martínez de la Torre y Misantla, cerca del ingenio “Libertad”, ya desaparecido. Tenía apenas tercer año de primaria, pero él consiguió que llegara a contar con el sexto; para ello no dudó en reunir a niños de tercero y cuarto en un salón, y de quinto y sexto en otro. Cuando los de sexto viajábamos a Libertad para concluir la primaria visitó a nuestros padres y rogó que nos la jugáramos con él, que regresáramos a Sarabia y que, a cambio, él conseguiría nuestros certificados si pasábamos los exámenes.

No había forma de negarle nada; así de respeto le guardábamos. Nuestros padres y sus alumnos lo seguimos en su aventura porque, a pesar que se echaba sus tragos y se enamoraba hasta de las escobas con faldas, en especial de las profesoras recién egresadas de La Normal, lo respetábamos como a nadie.

Este inolvidable profesor de vez en vez nos reunía a sus alumnos para señalar el cielo y decirnos que lo que viajaba en el infinito no era la Estrella de Belén, sino el Sputnik enviado por los rusos, un satélite con el que la antigua URSS había vencido a Estados Unidos en la conquista del espacio. También nos hablaba de un gigante con barba, Fidel Castro, que luchaba en la Sierra Maestra por la liberación de Cuba.

Don Raúl no era comunista ni nada que se le pareciera; sólo era un profesor decidido a que sus alumnos no crecieran con los ojos cerrados. Su carrera concluyó con el reconocimiento de los estudios de la “Soledad Orozco de Ávila Camacho”; después se nos perdió y sus alumnos agarramos, cada cual, nuestro camino.

El sábado 26, Manuel Aguilera me llamó para alertarme sobre un escrito que enviaría a IMPACTO en ocasión de la muerte del líder de la revolución cubana.

Manuel tuvo el privilegio de conocer a fondo a uno de los pocos mexicanos ligados a la revolución castrista; por él y por su inefable compañero, mi gran amigo, mi hermano, Ricardo Castillo Peralta, supe de Jorge “El Güero” Rosillo, conocido por un argentino llamado Ernesto Guevara, por Fidel y Raúl Castro, y Camilo Cienfuegos, como “El mexicano”.

En su artículo para IMPACTO, Aguilera (que, por si alguien lo ha olvidado, fue jefe de Departamento del Distrito Federal, director del ISSSTE, director de Tabamex, presidente del Colegio Nacional de Economistas y Secretario Técnico del Consejo Político Nacional del PRI) habló de Rosillo.

Aguilera recuerda que de Guatemala “salió huyendo un simpatizante del recién creado Partido Comunista Guatemalteco de nombre Ernesto Guevara que fue conducido a la Ciudad de México por Jorge M. Rosillo, un joven poblano profeso de la orden de los Carmelitas Descalzos, quien recientemente había desertado del Convento de Tulancingo”.

No dice que Rosillo huyó del convento después de ver colgado, suicidado, a uno de sus hermanos monjes. El chiste es que “en una casa de la Colonia Tabacalera del centro de la Ciudad de México fueron presentados los hermanos Fidel y Raúl Castro con el joven médico Ernesto Guevara, ‘El Che’, por Jorge Rosillo. Refugio de conspiradores, bajo la inspiración de Machado, en ese domicilio se planeó la expedición, en el yate Granma, que partió del puerto de Tuxpan el 2 de diciembre de 1956. Según me contó Jorge Rosillo, la compra de las armas en el mercado norteamericano se realizó con dineros proporcionados por el derrocado presidente cubano Carlos Prío –residente, en esos años, en Miami- y fueron introducidas a México por el cuñado del General Lázaro Cárdenas”.

Gracias a Aguilera y a Castillo Peralta afiancé una amistad inalterable con Rosillo. El gobernador de Tabasco, Arturo Núñez, recordará que, cuando Subsecretario de Gobernación, me quiso convencer de que Manuel Camacho había ordenado a Jorge, vía memorándums, la entrega de uniformes, botas y armas al ejército del subcomandante Marcos. Me negué a publicar la absurda historia aduciendo que “El Güero” era mi amigo y que las revoluciones no se hacen con memorándums.

Recuerdo a Rosillo en IMPACTO, con el parche que le cubría el ojo afectado por el cáncer, bailando, en cada ocasión que el trío preguntaba “¿de dónde son los cantantes?, una línea del Son de la Loma que Celia Cruz entonaba como nadie: “Mamá, yo quiero saber de dónde son los cantantes”.

Con el whisky en la mano, Jorge hacía dueto con Carlos “El Capitán” Ruiz, el inolvidable amigo que la muerte me robó. Se fueron uno tras del otro, como los bandidos que eran.

Hay tanto que contar de ambos, pero hoy sólo un poco de Rosillo, aunque me lo reclame mi otro hermano, Javier Coello.

Dice la leyenda que después de abandonar el convento, en su personaje de joven comunista, “El Güero” fue comisionado para viajar a Guatemala y escoltar a México a un joven llamado Ernesto Guevara, a quien, con el tiempo, el mundo conocería como “El Che” y cuyo rostro rivalizaría con el de Jesucristo en las playeras de los jóvenes rebeldes. Lo cierto fue que “El mexicano” mató al jefe de la policía de Fulgencio Batista cuando los castristas tomaron La Habana.

Rosillo fue un personaje para la izquierda mexicana. Gracias a él, Carlos Salinas y Cuauhtémoc Cárdenas se reunieron, hasta en 2 ocasiones, en casa de Manuel Aguilera a negociar después de la elección de 1988.

Hay mucho más que contar, pero el espacio es un dictador y Roberto Cruz también, pero la muerte de Fidel y el artículo de Aguilera me llevaron al pasado. Imposible olvidar al profesor Hernández Meza platicando a sus alumnos del barbudo que luchaba contra Batista en la Sierra Maestra, y ¿cómo olvidar  a “El mexicano” que trajo a “El Che” Guevara  a nuestro país bailando con el capitán Ruiz  el Son de la Loma en Impacto?

Sí, Fidel fue el último gigante del siglo XX, pero hubo otros  tan grandes, como el profesor Hernández Meza, más allá de sus tragos y sus enamoramientos consuetudinarios, y como  “El Güero Rosillo”, no obstante sus travesuras, como robarse a la que sería la madre de sus hijos en plena fiesta del gobernador de Chiapas para luego caer con ella, desnudos en la cama, en una calle de la Colonia Del Valle en el temblor de 1985.