“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

¿AMLO confía en el Ejército?

Lo importante no es la supervivencia o extinción del Estado Mayor, sino la seguridad del Presidente

Por Juan Bustillos

Espero que se trate solamente del rechazo a un grupo militar elitista que abusó de su posición privilegiada a lo largo de 6 décadas, y no de desconfianza a las Fuerzas Armadas, que desde el siglo pasado han demostrado institucionalidad a prueba de caudillos y momentos paradigmáticos.

Si lo último fuera el caso, el país no merecería las consecuencias de esa disyuntiva que en el papel parece revolucionaria, pero que en el piso firme se antoja disparatada.

Por su larga experiencia en los primeros niveles de gobierno al lado de Luis Donaldo Colosio (como secretario particular del titular de Desarrollo Social, líder nacional del PRI y candidato presidencial); de Esteban Moctezuma (como jefe de prensa del secretario de Gobernación) y de Vicente Fox (como su secretario particular en la Presidencia), Alfonso Durazo conoce y sufrió, como pocos, al Estado Mayor Presidencial y a las Fuerzas Armadas en el caso del subcomandante Marcos y la capucha que escondía su verdadero rostro.

Conozco más o menos, de primera mano, lo que ocurrió, durante la campaña de Colosio, entre el candidato y el EMP, y la renuencia de Luis Donaldo a tener cerca a quienes lo custodiaron con tanto celo que no pudieron evitar su ejecución, así como la develación del verdadero rostro de Marcos, pero no sé más allá, sólo de la renuencia del candidato presidencial a ser custodiado y de sus actitudes, en ocasiones inexplicables, ante sus custodios militares.

Es probable que de esta experiencia de Durazo, mayor que la de cualquier externo, como yo, y que marcó a quien en buena hora tendrá en sus manos la tarea de reducir los índices de inseguridad en el país, tenga origen, en mucho, la sensacional decisión de Andrés Manuel López Obrador de prescindir de ese grupo militar elitista que, al menos con ese nombre, cuida, desde tiempos de Miguel Alemán, del Presidente de la República, de su familia, de sus más cercanos colaboradores y de los visitantes distinguidos, entre muchas de sus funciones oficiales.

Las no oficiales pocos las conocen, pero ha estado al menos bajo sospecha desde octubre de 1968 (sospecha, debo insistir), de haber sido utilizado para reprimir el movimiento estudiantil, concretamente en Tlatelolco.

Por lo demás, es evidente que jefes, oficiales y tropa del EMP poseen secretos de aquellos a quienes cuidan y vigilan por órdenes superiores o per se. Esta condición les permitiría el privilegio de sucederse a sí mismos formando un círculo de comodidad y prosperidad que a nadie, sólo a los elegidos, permite ingresar.

Cierto o leyenda urbana todo lo anterior, el EMP estaría a pocos meses de desaparecer y sus más de 2 mil integrantes de ingresar a la fuerza militar regular de origen, sea el Ejército, la Marina o la Fuerza Aérea; también deberá reincorporarse a la Policía Federal medio centenar de personas y algunos civiles quedarán cesantes o serán integrados a otras dependencias.

Durazo ha dicho que la seguridad del presidente la podrá garantizar un “grupo privado”, si bien no abundó.

Pero no es suficiente la experiencia personal de Alfonso para una decisión tan drástica que tiene que ver con la seguridad nacional, pues en tanto no cambie el sistema presidencialista, la estabilidad y gobernabilidad del país giran en torno al bienestar del mandatario, de sus familiares y sus colaboradores más conspicuos.

Gabriel Regino, quien fue segundo al mando en la policía capitalina cuando Andrés Manuel fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México, parece tener un espectro más amplio:

El EMP, dijo al periódico El País, “es una subestructura que condiciona decisiones estratégicas en función de los intereses de la cúpula que lo dirige… nunca se ha puesto el foco en ellos, pero en las últimas décadas han ido aumentando su poder. No dependen de nadie y sólo responden al presidente. Hacen labores de inteligencia y contrainteligencia, y ha heredado su posición década tras década. Ellos influyen, incluso, en quien será el titular de la Secretaría de la Defensa Nacional”.

Regino, que recuerda que cuando López Obrador fue jefe de Gobierno sólo era custodiado por 4 mujeres entrenadas, conocidas como “Las Gacelas”, cree que la seguridad del nuevo presidente podría estar a cargo de la Policía Federal. Ocho o 12 Gacelas, podríamos decir, si de despropósitos se tratara.

Lo importante no es la supervivencia o extinción del Estado Mayor, sino la seguridad del presidente. Se antoja imposible que en menos de cinco meses que faltan para el relevo presidencial, un grupo “privado”, agentes de la Policía Federal, o más “Gacelas”, pudieran estar en condiciones de manejar lo que formalmente hacen los militares hasta hoy, eso sin contar los 4 mil guardias presidenciales que también participan en la seguridad del mandatario.

Tan importante como esto es el mensaje: ¿Hay confianza o no del nuevo grupo gobernante en las Fuerzas Armadas, a pesar del nuevo discurso de Andrés Manuel, diferente al belicoso de campaña?

¿Por qué alejar al Ejército, a la Marina y a la Fuerza Aérea del presidente?

El Estado Mayor puede ser disuelto y sus miembros privilegiados enviados a filas a pagar sus excesos, si los tuvieron, pero si en Palacio Nacional no confían en las Fuerzas Armadas para cuidar al mandatario, ¿cómo podría la sociedad aceptar que al menos en los próximos 3 años continúe patrullando las calles?

La pregunta vital es: ¿El nuevo gobierno confía o no en las Fuerzas Armadas?

La disolución del EMP es, a todas luces, sólo una chinampina más en el discurso electorero, pero, en la realidad, esa pregunta, que no principia ni termina en el discurso, se impone: ¿El nuevo presidente confía o no en los uniformados?

Si él no confía llegó el momento de que el resto de la población tampoco lo haga.

Si es así, ¿para qué lo sostenemos?