“Solo para Iniciados”, por Juan Bustillos

Ricardo Anaya y el cuento del chango hablador

Le beneficia el síndrome Robespierre: Instaló la guillotina para deshacerse de sus enemigos, y de quienes se le oponían, solo para terminar colocando también el cuello bajo la navaja

Por Juan Bustillos

Es curioso cómo todo cambia apenas pasan las elecciones, sobre todo este clima cálido de amor, perdón y tersura que ha impuesto Andrés Manuel López Obrador.

Pareciera que quienes gritaban hasta de lo que se iban a morir sus contrincantes, o amenazaban con futuros carcelarios a quienes se les cruzaran en el camino, solo se fueron de la boca y que, en aras de mantener la armonía ejemplar con que iniciará la cuarta República, ya han olvidado sus bravatas.

Mientras Andrés Manuel y su equipo intentan adecuar las promesas de campaña a la realidad, José Antonio Meade se asolea en Acapulco y planea cómo seguir su vida. En tanto, de creer a Santiago Creel, Ricardo Anaya, el más vociferante en campaña, no buscará regresar a la dirigencia nacional del PAN; por lo pronto, se dedicará a la academia.

Es probable que Meade sea quien tendrá más fácil el tránsito a la normalidad. A su largo historial de logros académicos y burocráticos podrá añadir una candidatura presidencial, fallida y todo, pero con el beneficio adicional de que los analistas cargan la culpa de la derrota no a él, sino al gobierno y al PRI corruptos, aunque los priistas lo ven como víctima inocente de traición en las alturas.

Meade está llamado a la academia y, sin duda, alguien en la iniciativa privada, en México o el extranjero, estará pensando en utilizar su experiencia, amén de que, economista como es, seguramente no tendría empacho en servir en esta o administraciones siguientes.

López Obrador la tiene más difícil, no obstante el gigantesco bono democrático con que iniciará su gestión.

Su triunfo puede ser explicado de muchas maneras, menos en la supuesta traición en las alturas a cambio de un pacto de impunidad, como argumentaba Anaya; este elemento no explicaría, por sí solo, el rompimiento estruendoso de la marca histórica electoral.

Es probable que en vísperas de la elección, uno o dos meses antes, se tendieran puentes y se hablara de que el gobierno no metería las manos, como era su obligación, para pararlo por tercera ocasión, pero nada más.

¿O alguien está dispuesto a afirmar, y a probar, que el gobierno movió a millones de ciudadanos para votar a favor del candidato de Morena? En todo caso, ¿por qué, si podía hacerlo, no lo hizo a favor de Meade?

López Obrador cosechó lo sembrado, y mucho de ello tiene que ver con 18 años de campaña y su insistencia en combatir la corrupción, pero también en una larga lista de promesas de difícil cumplimiento.

Habrá que esperar para ver qué ocurre con la corrupción y las promesas; por lo pronto ya hay señales de que la realidad empieza a matizar el discurso.

En el caso de Anaya creo que no la tendrá difícil, pero haría mal en bajar la guardia o regresar al discurso beligerante de campaña.

Ya no tiene, para mantenerse al margen del caso Manuel Barreiro y la nave industrial queretana, el blindaje de la candidatura presidencial, como se lo reclamaba Meade en los debates, pero, para su fortuna, tampoco hay indicios de la menor intención de amargarle la vida, a pesar de las afirmaciones extraoficiales del gobierno en el sentido de la “solidez” del caso en su contra y de algunos familiares muy cercanos.

Para decirlo de alguna manera, quien ha leído un poco de historia sabe que le beneficia el síndrome Robespierre: Instaló la guillotina para deshacerse de sus enemigos, y de quienes se le oponían, sólo para terminar colocando también el cuello bajo la navaja.

Cuando se instala la guillotina ya no hay forma de desarmarla y nunca se sabe quién o quiénes seguirán en la fila.

En estos tiempos de dulzura apabullante parecen olvidadas sus amenazas de meter a la cárcel al Presidente Peña Nieto y a Meade.

Digamos que como todo mundo está de vacaciones, excepto López Obrador y su equipo, lo dicho en campaña, los documentos que prueban esto o lo otro, descansará en el archivo para ser usado solo en caso de necesidad.

Por ahora todo quedará como el cuento del changuito que después de vociferar y retar al león contestó cuando el felino lo encaró: “Aquí, leoncito, nada más de hocicón”.